Operario de cámara · Filmmaker · Fotografía · Cine · Ensayos

  • LA FUENTE

    LA FUENTE

    Todo empezó con un trasteo.

    Mi vecina y su esposo se pensionaron y decidieron irse a vivir a Villa de Leyva.

    Yo ayudé a cargar cajas, mover muebles y resolver esa clase de problemas que aparecen cuando una vida completa tiene que caber dentro de un camión.

    Al final, como suele ocurrir en todo trasteo, apareció una pila de objetos huérfanos.

    Cosas que nadie quería llevar.

    Cosas demasiado buenas para botar.

    Cosas demasiado inútiles para empacar.

    Entre ellas estaba la fuente.

    No hubo ceremonia.

    No hubo discurso.

    Simplemente apareció acompañada por la frase más peligrosa del idioma español:

    “Llévesela.”

    Y me la llevé.

    Luego hizo lo que hacen muchos objetos heredados por accidente.

    Nada.

    Pasó meses enteros en el garaje acumulando polvo mientras yo acumulaba excusas para no revisarla.

    No parecía urgente.

    No parecía interesante.

    No parecía siquiera funcionar.

    Hasta que llegó el 9 de septiembre de 2026.

    Sin ninguna razón especial.

    Un día cualquiera.

    De esos días en que uno mira un objeto olvidado y decide que ya es hora de averiguar qué demonios es.

    La bajé.

    La desmonté.

    La limpié.

    Le quité años de sarro acumulado.

    Descubrí una pequeña bomba escondida bajo depósitos minerales que parecían formaciones geológicas.

    La conecté.

    La luz encendió.

    El agua subió.

    La esfera comenzó a brillar.

    Y entonces ocurrió el fenómeno más extraño de todos.

    La fuente dejó de ser un estorbo.

    Se convirtió en una presencia.

    Una pequeña esfera iluminada suspendida dentro de una estructura negra, dejando correr agua con una paciencia que el resto del mundo parece haber perdido.

    Ahora está sobre la mesa de noche.

    No porque la necesitara.

    No porque la hubiera buscado.

    Ni porque estuviera de moda.

    Está ahí porque a veces los objetos llegan a la vida por accidente y terminan quedándose por mérito propio.

    Mi vecina probablemente ya está disfrutando su jubilación en Villa de Leyva.

    La fuente, en cambio, sigue aquí.

    Sobreviviendo a su primer hogar.

    Sobreviviendo a un trasteo.

    Sobreviviendo a meses de abandono en un garaje.

    Y sobreviviendo a una capa criminal de sarro.

    Esta noche vuelve a hacer lo mismo que ha hecho durante años.

    Mover agua en círculos.

    Que, pensándolo bien, es una actividad mucho más noble que la de buena parte de la humanidad en internet.

    9 de septiembre de 2026.

    El día en que una fuente olvidada dejó de ser un estorbo y volvió a funcionar.


    Fuente de Mesa Moderna F90/68
    Maruflas, Medellín, Colombia
    Año estimado de fabricación: 2010–2015

    Restaurada y puesta nuevamente en funcionamiento
    9 de septiembre de 2026

    @elmandelacamara
    Terco restaurador
    Operario de cámara cansado
    Ocho millones de habilidades encima y todavía recogiendo cosas ajenas para arreglarlas
    Modelo obsoleto, aún funcional.

  • El cuadro sin nombre

    El cuadro sin nombre

    Hace unos días desempolvé un cuadro que llevaba conmigo más de quince años. O tal vez veinte. No lo sé. El tiempo tiene la mala costumbre de borrar las fechas y dejar solamente las historias.

    No es un cuadro cualquiera. Es un pentáptico, una obra compuesta por cinco paneles que juntos construyen una única imagen. Realizado aparentemente en acrílico sobre madera o MDF, presenta una figura femenina fragmentada en secciones que solo cobran sentido cuando vuelven a reunirse. Los contornos negros, los tonos rosados y violetas, y el trazo expresionista le dan una fuerza que sigue intacta después de tantos años.

    Lo curioso es que no recuerdo el nombre de la artista.

    Y eso es casi un delito.

    La grabé cuando apenas estaba empezando a hacer mis primeros trabajos como camarógrafo. Era una pintora conocida en ciertos círculos de Bogotá. Joven. Talentosa. Trabajadora hasta el cansancio. Recuerdo haberla visto pintar. Recuerdo la obra. Recuerdo el estudio. Recuerdo incluso el ambiente de aquella época. Pero el nombre desapareció.

    Como desaparecen tantas cosas.

    El cuadro terminó años después en mis manos. El estudio donde trabajábamos ya no existe. Era Casa Quevedo, en la calle 85, un lugar por donde pasaban fotógrafos, artistas, estilistas, productores y toda clase de personajes creativos de una Bogotá que hoy parece pertenecer a otra vida.

    Un día, mientras hacía aseo entre muebles olvidados y objetos sin dueño, mi jefe de entonces, Germán, señaló el pentáptico y dijo:

    —Lléveselo. Eso es valioso.

    También me dijo quién lo había pintado.

    Y yo, con la brillante visión estratégica de mis veintitantos años, consideré aquella información tan importante que la envié directamente al mismo lugar donde hoy viven cientos de contraseñas, teléfonos y nombres olvidados.

    Al vacío.

    La obra viajó conmigo durante años. Pasó por depósitos, rincones y paredes. Sobrevivió mudanzas, polvo y abandono. Mientras tanto, el estudio desapareció, la ciudad cambió y muchas personas tomaron caminos distintos.

    El cuadro permaneció.

    Hace poco decidí rescatarlo. Lo limpié, le adapté unas cuerdas para colgarlo y volvió a ocupar un lugar visible. Al observarlo con detenimiento descubrí detalles que había olvidado: la fuerza de los trazos, las capas de pintura, la fragmentación deliberada de la figura y esa mezcla de sensualidad y vulnerabilidad que atraviesa toda la composición.

    Y entonces entendí algo extraño.

    Tal vez el valor de una obra no siempre está en la firma.

    Porque la firma se perdió.

    Pero la historia sigue ahí.

    Cada panel conserva algo de aquella época en la que yo apenas aprendía a sostener una cámara. De los días en que un estudio creativo reunía artistas, fotógrafos, estilistas y soñadores bajo un mismo techo. De una Bogotá menos digital, más caótica y quizá más humana.

    No sé cuánto vale el cuadro.

    No sé dónde estará hoy la artista.

    No sé si sigue pintando.

    Lo único que sé es que este pentáptico estuvo a punto de convertirse en un objeto más destinado al olvido. Sin embargo sobrevivió. Sobrevivió al cierre del estudio, al paso de los años y a mi propia mala memoria.

    Perdí el nombre de la autora.

    Pero conservé la obra.

    Y después de tanto tiempo, tal vez esa sea su verdadera firma. No la que quedó escrita en una esquina, sino la historia que logró atravesar intacta mientras todo lo demás desaparecía.

    Hay recuerdos que se borran. Este hijueputa cuadro no quiso colaborar.

    @elmandelacamara

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  • El algoritmo no exige nada

    El algoritmo no exige nada

    Hay una mentira moderna que la gente repite con la misma fe con la que antes repetía horóscopos, sermones o discursos políticos:

    “El algoritmo me obliga.”

    No.

    El algoritmo no obliga a nadie.

    No entra a tu casa. No te apunta con un arma. No te despierta a las tres de la mañana para recordarte que debes publicar una historia mostrando tu desayuno, tu opinión política o la foto número quinientas de tu gimnasio.

    Lo que existe es algo mucho más incómodo de admitir:

    La necesidad de atención.

    Durante años las redes sociales convencieron a millones de personas de que existir y ser visto eran la misma cosa. Que si nadie reaccionaba, comentaba o compartía, entonces algo estaba mal.

    Así nació una generación de personas que ya no vive experiencias: las documenta.

    Ya no piensa: reacciona.

    Ya no conversa: publica.

    Ya no observa el mundo: observa estadísticas.

    Y cuando la ansiedad aparece, cuando el cansancio llega, cuando la mente se siente saturada de noticias, peleas, tendencias, indignaciones y escándalos diarios, aparece la excusa perfecta:

    “Es culpa del algoritmo.”

    Pero no.

    El algoritmo no es el autor de ese agotamiento.

    Es apenas un espejo que refleja comportamientos humanos que existían mucho antes de internet: la necesidad de pertenecer, de ser reconocido, de tener razón y de sentirse importante.

    Por eso resulta curioso ver a tantas personas anunciar públicamente que van a desconectarse.

    Publican cuatro historias explicando que necesitan alejarse de las redes.

    Es decir, convierten su salida de las redes en contenido para las redes.

    La desconexión también termina siendo parte del espectáculo.

    Y quizás ahí está la verdadera trampa.

    No en los algoritmos.

    No en Instagram.

    No en X.

    No en TikTok.

    Sino en haber entregado nuestra capacidad de decidir.

    Porque nadie está obligado a publicar todos los días.

    Nadie está obligado a opinar sobre cada noticia.

    Nadie está obligado a participar en cada pelea política.

    Nadie está obligado a consumir diez horas diarias de ruido digital.

    La mayoría simplemente eligió hacerlo durante tanto tiempo que terminó creyendo que ya no tenía elección.

    Mientras tanto, las plataformas siguen funcionando exactamente igual.

    Los políticos siguen manipulando.

    Los medios siguen exagerando.

    Las granjas de bots siguen fabricando conversaciones artificiales.

    Y millones de usuarios siguen confundiendo una tendencia con la realidad.

    Porque la verdad más incómoda de internet es que las redes sociales no representan necesariamente lo que piensa la gente.

    Representan lo que grita más duro.

    Representan lo que genera más reacción.

    Representan lo que produce más clics.

    Representan lo que más dinero mueve.

    Nada más.

    Por eso cada vez que alguien afirma que “todo el mundo está hablando de esto”, vale la pena hacerse una pregunta sencilla:

    ¿Todo el mundo?

    ¿O simplemente los mismos miles de perfiles atrapados dentro de la misma pantalla?

    Quizás la realidad sigue estando donde siempre estuvo.

    En la calle.

    En una conversación sin cámaras.

    En un libro.

    En una caminata.

    En el silencio.

    Porque fuera de internet existe una verdad que los algoritmos jamás podrán alterar:

    La vida continúa aunque nadie la publique.

    @elmandelacamara

    Escrito lejos del ruido.
    Sin Facebook. Sin X. Sin LinkedIn. Sin TikTok.

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  • La Tierra no vota

    La Tierra no vota

    Cada cierto tiempo la naturaleza nos obliga a recordar una verdad incómoda: somos mucho menos importantes de lo que creemos.

    Un temblor sacude una ciudad. Un terremoto destruye carreteras. Una inundación arrastra barrios enteros. Un incendio convierte en cenizas lo que tomó décadas construir.

    Y, sin embargo, seguimos comportándonos como si nuestras etiquetas políticas fueran más importantes que nuestra condición humana.

    La Tierra no distingue entre izquierdas y derechas.

    No perdona conservadores. No castiga progresistas.

    No pregunta por quién votaste en las últimas elecciones ni revisa tu historial de publicaciones en redes sociales.

    Cuando tiembla, tiembla para todos.

    El concreto cae con la misma indiferencia sobre creyentes y ateos, ricos y pobres, liberales y conservadores. La naturaleza no reconoce las fronteras ideológicas que hemos levantado para separarnos unos de otros.

    Mientras una parte del país intenta entender los daños de un sismo, no faltan quienes convierten cualquier tragedia en una oportunidad para defender a un político, atacar a otro o repetir consignas partidistas.

    Como si la realidad tuviera obligación de obedecer nuestras preferencias.

    Pero la realidad es más brutal.

    Un terremoto no negocia.

    Una inundación no debate.

    Un huracán no participa en campañas electorales.

    La naturaleza simplemente ocurre.

    Quizás por eso los desastres nos resultan tan incómodos: porque nos recuerdan que, debajo de las banderas, los partidos, las ideologías y las consignas, seguimos siendo una especie vulnerable viviendo sobre una roca que gira alrededor de una estrella.

    Una roca que, de vez en cuando, se mueve.

    Y cuando lo hace, deja al descubierto algo que muchos prefieren ignorar:

    compartimos mucho más de lo que nos separa.

    Tal vez el problema nunca fue la izquierda o la derecha.

    Tal vez el problema sea haber olvidado que, antes que militantes, seguidores o fanáticos, somos seres humanos.

    Y la Tierra, afortunadamente, sigue sin votar.

    Mientras ustedes siguen divididos entre izquierdas, derechas y otras pollas en vinagre, la Tierra les recuerda que debajo de los pies todos pisan el mismo suelo. 😏🫰🏽

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  • El mensaje que no era político

    El mensaje que no era político

    Hace unos días le escribí a un amigo.

    O a alguien que todavía considero amigo, aunque la vida moderna parezca empeñada en convertir a todo el mundo en adversario.

    No le escribí para hablar de política.

    Ya hay suficiente gente haciendo eso gratis.

    Le escribí porque me di cuenta de algo incómodo.

    Extrañaba más los rodajes que las discusiones.

    Extrañaba más los proyectos que los discursos.

    Extrañaba más las risas que tener la razón.

    Porque al final de los años no recordé quién defendía a quién.

    Recordé los trasteos imposibles bajo la lluvia.

    Los cafés.

    Los cigarrillos.

    Las jornadas eternas.

    Las cámaras.

    Los favores.

    Los momentos en que alguien apareció cuando hacía falta.

    Y eso vale más que cualquier campaña.

    La política cambia cada cuatro años.

    Los algoritmos cada seis meses.

    Las indignaciones cada semana.

    Pero las personas que estuvieron cuando había que cargar cajas, empujar proyectos o resolver problemas reales son más difíciles de reemplazar.

    Por eso le escribí.

    No para convencerlo.

    No para cambiarlo.

    No para pedirle nada.

    Solo para recordarle que antes de ser consumidores de opiniones fuimos amigos.

    Y porque a mis cuarenta y dos años ya estoy demasiado viejo para seguir cambiando personas por discusiones.

    @elmandelacamara

    Obsoleto. Observador. Operario de cámara.

    Todavía creyendo más en los proyectos que en los discursos. 📹☕💀

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  • El país que aplaude a sus amos

    El país que aplaude a sus amos

    No les voy a mentir:

    Me sabe a mierda la política sudamericana. Cada cuatro años veo el mismo espectáculo: multitudes celebrando o insultando políticos como si fueran salvadores o demonios, mientras la vida cotidiana de la mayoría sigue igual de difícil.

    Obreros, empleados, independientes, desempleados, todos discutiendo entre ellos por personas que rara vez conocen sus problemas reales. Mientras tanto, los nuevos ocupantes de los cargos llegan, se acomodan en oficinas con aire acondicionado, hablan de cambio, prometen futuro y empiezan a disfrutar de privilegios que la mayoría de quienes los eligieron jamás tendrá.

    Lo que más me sorprende no es la existencia de políticos ambiciosos. Eso ha pasado siempre. Lo que me sorprende es la fe casi religiosa que todavía despiertan. Como si un nombre distinto en una papeleta fuera a transformar por arte de magia décadas de corrupción, burocracia, desigualdad e incompetencia.

    Y así continúa la función: unos aplauden, otros abuchean, todos pelean. Cambian los rostros, cambian los partidos, cambian los discursos. El ciudadano común sigue madrugando, trabajando, pagando cuentas y esperando que esta vez sí llegue el milagro.

    El político cambia.

    El circo permanece.

    @elmandelacamara

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  • LOS POBRES DE LOS PODEROSOS

    LOS POBRES DE LOS PODEROSOS

    Qué alivio.

    Por un momento pensé que los congresistas tendrían que aprender a vivir con menos.

    Qué angustia imaginar a un político ajustando el presupuesto de su casa, mientras millones de trabajadores llevan décadas ajustando el suyo.

    Pero no.

    El privilegio fue protegido.

    La tragedia nacional fue evitada.

    Ahora los pobres pueden volver a hacer lo que mejor saben hacer: defender los privilegios de quienes jamás compartirán su mesa.

    Aplauden con el bolsillo vacío y votan con la esperanza llena.

    El poder no necesita que lo amen.
    Le basta con que lo justifiquen.

    @elmandelacamara

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  • El siguiente acto del circo

    El siguiente acto del circo

    Acabará la presidencia de Petro y el circo simplemente cambiará de maestro de ceremonias.

    Entrará el siguiente zángano al poder y la misma plaga de redes gratuitas y salario apretado que pasó cuatro años criticando empezará a aplaudir… mientras la otra mitad hará exactamente lo contrario.

    No porque hayan cambiado los hechos, sino porque cambió el dueño de la camiseta. Política de hinchadas, opiniones de WhatsApp y memoria de cuatro años.

    @elmandelacamara

    La función continúa. Mientras la plaga mira el escenario, yo observo al público.

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  • Ahora entiendo por qué tantos odian a Argentina.

    Ahora entiendo por qué tantos odian a Argentina.

    🇦🇷

    🏆🏆🏆 Copas del Mundo.

    🏆🏆🏆🏆🏆🏆🏆🏆🏆🏆🏆🏆🏆🏆🏆🏆 Copas América.

    🏆 Finalissima.

    Mientras tanto, 🇨🇴 sigue hablando más de los escándalos de sus dirigentes, las peleas políticas y las teorías de conspiración que de los títulos de su selección.

    Y la página más oscura de esa historia del fútbol colombiano no fue una derrota, sino el asesinato de Andrés Escobar Saldarriaga, días después del autogol en el Mundial de 1994. Una época en la que el narcotráfico también contaminó el fútbol colombiano.

    Cuando no puedes discutir el palmarés…

    …empiezas a discutir a la FIFA, al VAR, a Infantino, a los Illuminati y hasta la forma de la Tierra.

    @elmandelacamara

    Operario de cámara. Testigo de la zoociedad.

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  • A quien corresponda

    A quien corresponda

    Solo espero que el político al que convertiste en ídolo, casi en un mesías, sea quien mañana te ayude a trastear y a mover tus maricadas de un apartamento a otro, porque decidiste ahorrarte lo que cobra una empresa de mudanzas.

    Ojalá también sea ese político quien te consiga proyectos que te paguen mucho mejor que la empresa donde tanto alardeabas estar bien. Todavía me acuerdo de cuando te jalé a trabajar y me contaste que allá te pagaban apenas 120.000 pesos el día como asistente multitarea y, para rematar, te hacían descuentos.

    Y, ya que tanto defiendes a los políticos mientras te agarras con obreros que están en la misma situación que vos, ojalá esa lealtad te convierta en multimillonario. Porque, hasta donde veo, a los únicos que les cambia la vida es a ellos.

    @elmandelacamara

    Recuerdo todo. A veces quisiera no tener tan buena memoria. Qué puta cagada.

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  • La gran rueda

    La gran rueda

    No nos volvimos más libres.

    Nos volvimos más fáciles de domesticar.

    Antes bastaban relojes para controlar el tiempo. Hoy llevamos en el bolsillo máquinas capaces de medir cada paso, cada palabra, cada fotografía, cada segundo de atención y cada instante de aburrimiento.

    Y todavía creemos que las usamos nosotros.

    La mentira más elegante del siglo XXI no es la inteligencia artificial.

    Es la gamificación.

    Todo tiene una barra de progreso.

    Todo tiene un nivel.

    Todo tiene una insignia.

    Todo tiene una racha.

    Todo tiene un contador.

    Ya no aprendemos idiomas.

    Mantenemos llamas virtuales.

    Ya no hacemos ejercicio.

    Cerramos anillos.

    Ya no compartimos fotografías.

    Perseguimos alcance.

    Ya no escribimos.

    Alimentamos algoritmos.

    Ya no conversamos.

    Respondemos notificaciones.

    Todo parece un juego.

    Nada parece una cárcel.

    Ese fue el verdadero genio del diseño moderno.

    Las prisiones dejaron de parecer prisiones.

    Ahora parecen aplicaciones bonitas, coloridas y llenas de recompensas.

    No hace falta obligarte.

    Te convencerán de volver mañana.

    Y tú volverás creyendo que fue decisión tuya.

    Las redes sociales descubrieron que un “me gusta” vale más que una conversación.

    Las aplicaciones de idiomas descubrieron que una racha pesa más que el conocimiento.

    Las plataformas de video descubrieron que el siguiente video importa más que el anterior.

    Las empresas descubrieron que un gráfico motiva más que un aumento de sueldo.

    Los gobiernos descubrieron que un ciudadano entretenido hace menos preguntas.

    Todo el mundo aprendió la misma lección:

    No vendas resultados.

    Vende indicadores.

    La tragedia es que terminamos confundiendo una cosa con la otra.

    Una persona presume mil días de Duolingo.

    Perfecto.

    ¿Puede sostener una conversación de diez minutos?

    Otra presume leer cien libros al año.

    Perfecto.

    ¿Cuántos le cambiaron la forma de pensar?

    Otra presume diez mil seguidores.

    Perfecto.

    ¿Cuántos aparecerían si necesitara ayuda para mudarse de casa?

    Vivimos enamorados del marcador.

    Olvidamos mirar el partido.

    Y lo peor es que defendemos nuestra rueda.

    Si alguien elimina Instagram, lo llaman exagerado.

    Si rompe una racha de mil días, le dicen que desperdició el esfuerzo.

    Si apaga las notificaciones, preguntan qué le pasó.

    Como si la normalidad consistiera en estar permanentemente disponible para una máquina.

    Nos enseñaron a sentir culpa por detenernos.

    Ansiedad por desconectarnos.

    Vacío por no producir datos.

    La economía ya no necesita solamente trabajadores.

    Necesita usuarios.

    No necesita ciudadanos.

    Necesita consumidores de atención.

    Cada clic alimenta una base de datos.

    Cada segundo mirando una pantalla alimenta un modelo.

    Cada desplazamiento del dedo tiene valor económico.

    Nos convencieron de que el producto era gratuito.

    Hasta que descubrimos que el producto éramos nosotros.

    Por eso ya casi nadie soporta el silencio.

    Cinco minutos esperando una fila parecen insoportables.

    Diez minutos sin revisar el celular producen inquietud.

    Una tarde sin publicar parece una oportunidad perdida.

    El aburrimiento, ese lugar donde antes nacían las ideas, fue reemplazado por una notificación.

    Y mientras celebramos nuestras estadísticas personales, alguien celebra las estadísticas reales.

    Las de nuestro tiempo.

    Las de nuestra atención.

    Las de nuestros hábitos.

    Las de nuestra dependencia.

    No estoy diciendo que abandonemos la tecnología.

    Sería absurdo.

    La tecnología es una herramienta extraordinaria.

    Lo peligroso comienza cuando la herramienta empieza a diseñar nuestro comportamiento mejor de lo que nosotros diseñamos el suyo.

    Ese día dejamos de usar el sistema.

    El sistema empezó a usarnos.

    La libertad no consiste en romper todas las ruedas.

    Consiste en reconocer cuándo una rueda nos está haciendo avanzar…

    …y cuándo solo nos mantiene corriendo para que alguien más cuente nuestros pasos.

    @elmandelacamara

    Operario de cámara. Observador de la zoociedad. Porque no toda barra de progreso conduce a algún lugar.

    Imagen creada con inteligencia artificial.

    Las ideas, la crítica, la mala leche y las consecuencias… son problema de ElMandelaCámara.

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  • Cuando “influencer” dejó de ser un elogio

    Cuando “influencer” dejó de ser un elogio

    Para mí, todo se fue a la mierda el día en que la plaga adicta al scroll infinito empezó a llamar “influencer” a su ídolo de turno: un infla-cuentas con seguidores comprados, bailes, culos y publicidad disfrazada de personalidad.

    Para mí, esa palabra perdió cualquier prestigio hace años.

    Para el resto de la chusma digital, en cambio, parece ser un título de admiración.

    @elmandelacamara
    Operario de cámara. Observador. Obsoleto. Cansado. Fuera del rebaño.

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  • La evolución de la Zoociedad

    Hoy quisimos salir a almorzar a un restaurante casero. La comida estaba muy buena. De esas que todavía saben a cocina de verdad y no a una receta industrial.

    Pero terminé mirando más a las personas que al plato.

    Eso siempre me pasa.

    No salgo únicamente a comer. Salgo a observar. A fotografiar desconocidos. A intentar entender esta cosa que llamamos sociedad y que, hace tiempo, decidí llamar Zoociedad.

    En una mesa había una señora mayor. Almorzaba mientras hablaba con alguien. Su mesa estaba vacía.

    No estaba completamente sola.

    Pero la escena me dejó pensando.

    No en ella.

    En mí.

    Porque yo también almuerzo solo muchas veces. También entro a un café con mi cámara, me siento en silencio y observo cómo transcurre la vida de personas cuyos nombres jamás conoceré.

    La diferencia es que todavía no llego a la vejez.

    Y entonces apareció una pregunta incómoda.

    ¿Cuándo fue la última vez que le dijiste a un desconocido: “¿Puedo sentarme con usted y acompañarlo mientras almorzamos?”

    La pregunta incomoda.

    Suena extraña.

    Hasta peligrosa.

    La Zoociedad nos enseñó que un desconocido es un posible ladrón, un estafador, alguien con malas intenciones o, simplemente, una persona a la que no debemos dirigirle la palabra.

    Compartimos ascensores sin saludarnos.

    Esperamos en la misma fila sin cruzar una mirada.

    Viajamos hombro con hombro mirando una pantalla.

    Almorzamos separados por un metro de distancia y por kilómetros de silencio.

    Mientras observaba a aquella señora pensé, por un instante, en acercarme.

    Preguntarle si podía sentarme.

    Conversar un rato.

    Compartir el almuerzo con alguien a quien probablemente nunca volvería a ver.

    No lo hice.

    Me ganó la costumbre.

    Esa norma invisible que nadie escribió, pero que todos obedecemos.

    La de no invadir.

    La de no hablar.

    La de no acercarse.

    No sé si aquella señora necesitaba compañía.

    No sé si habría aceptado.

    No sé absolutamente nada de su vida.

    Quizá estaba feliz hablando con alguien.

    Quizá esperaba a un familiar.

    Quizá simplemente disfrutaba ese momento.

    No tengo derecho a escribir su historia.

    Pero sí puedo escribir la mía.

    Y la mía dice que tuve miedo de hacer una pregunta tan sencilla como humana.

    Entonces pensé en eso que llamamos evolución.

    Nos enseñaron que evolucionar era construir ciudades, inventar internet, crear inteligencia artificial, fabricar teléfonos capaces de hacer millones de operaciones por segundo.

    Todo parece avanzar.

    Menos nosotros.

    Construimos algoritmos capaces de anticipar qué compraremos mañana, pero seguimos sin entender qué siente quien está sentado a un metro de distancia.

    Podemos hablar por videollamada con alguien al otro lado del planeta mientras ignoramos a quien comparte el mismo restaurante.

    Nunca habíamos estado tan conectados.

    Nunca habíamos estado tan encapsulados.

    Antes la evolución consistía en aprender a convivir.

    Hoy parece consistir en optimizar.

    Optimizar el tiempo.

    Optimizar la productividad.

    Optimizar el cuerpo.

    Optimizar el contenido.

    Optimizar la atención.

    Todo debe ser eficiente.

    Incluso las relaciones.

    Si alguien deja de entretenernos, deslizamos el dedo.

    Si una conversación tarda demasiado, desbloqueamos el celular.

    Si una persona envejece, muchas veces deja de existir para la mirada de los demás.

    La Zoociedad no siempre es cruel.

    Muchas veces solo es indiferente.

    Y la indiferencia tiene una capacidad extraordinaria: convierte lo extraordinario en rutina.

    Una señora almorzando con una mesa vacía.

    Un vigilante que nadie saluda.

    Un barrendero limpiando la basura ajena.

    Un vendedor ambulante caminando kilómetros.

    Un domiciliario comiendo de pie entre un pedido y otro.

    Los vemos todos los días.

    Precisamente por eso dejamos de verlos.

    Quizá la evolución nunca consistió en crear máquinas más inteligentes.

    Quizá consistía en no olvidar cómo acercarse a otro ser humano.

    Porque resulta curioso que una especie capaz de enviar sondas al espacio considere extraño sentarse a compartir una mesa con un desconocido.

    Tal vez esa sea la verdadera paradoja de la Zoociedad.

    Somos expertos en conectar dispositivos.

    Pero cada vez nos cuesta más conectar personas.

    Salí de ese restaurante pensando que la fotografía no había sido de aquella señora.

    La fotografía había sido para mí.

    Fue un espejo.

    Un recordatorio de que la soledad no empieza con las canas.

    Empieza el día en que dejamos de hablar con quien no conocemos.

    Empieza cuando la prudencia se convierte en indiferencia.

    Empieza cuando creemos que cada mesa debe ser una isla.

    Quizá por eso sigo saliendo con una cámara a mirar desconocidos.

    No busco la fotografía perfecta.

    Busco preguntas.

    Busco esos instantes que nadie publica porque no generan likes, pero que dicen más sobre nosotros que cualquier tendencia del día.

    Vivimos rodeados de smartphones, Smart TV, relojes inteligentes, asistentes de hogar, neveras inteligentes, aspiradoras inteligentes y quién sabe cuántas smartpollas en vinagre más.

    Todo parece ser inteligente.

    Las casas.

    Los carros.

    Los electrodomésticos.

    Los algoritmos.

    Las máquinas.

    Menos nosotros cuando se trata de hacer algo tan simple como mirar a otro ser humano y decirle:

    ”¿Le puedo acompañar el almuerzo?”

    Será que soy un modelo obsoleto.

    Uno de esos humanos versión antigua.

    Cansado.

    Fuera de serie.

    Convencido de que compartir una mesa todavía vale más que compartir un enlace.

    Quizá algún día sea yo quien esté sentado allí.

    Almorzando solo.

    Hablando con alguien.

    O simplemente mirando por la ventana.

    Y quizá otro desconocido, con una cámara en las manos, imagine mi historia desde la mesa de enfrente.

    Probablemente se equivoque.

    Como probablemente también me equivoqué yo.

    Porque una fotografía nunca alcanza para explicar una vida.

    Pero sí puede recordarnos una pregunta que casi nadie se atreve a hacer:

    ¿Puedo sentarme con usted y acompañarlo mientras almorzamos?

    Quizá la evolución de una sociedad no se mida por la velocidad de sus procesadores ni por la inteligencia de sus algoritmos.

    Quizá se mida por la naturalidad con la que un desconocido puede compartir una mesa sin que eso parezca un acto extraordinario.

    Porque el verdadero progreso no será el día en que inventemos un asistente más inteligente.

    Será el día en que dejemos de necesitar un dispositivo para recordar que, antes que usuarios, consumidores o perfiles, seguimos siendo personas.

    @elmandelacamara
    Operario de cámara. Observador de la Zoociedad. Cansado, obsoleto y fuera del rebaño.

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  • La fábrica de la violencia

    La fábrica de la violencia

    La violencia no se improvisa. Se fabrica durante décadas.

    Nuestros delincuentes, nuestros narcotraficantes, nuestros guerrilleros y nuestros paramilitares no nacieron en Suiza ni en Canadá. Nacieron aquí, en el mismo país donde durante generaciones millones de personas crecieron sin educación de calidad, sin oportunidades, sin empleo digno y con un Estado que, demasiadas veces, llegó tarde o nunca llegó.

    Eso no significa justificar sus crímenes. Cada persona responde por sus actos y debe asumir las consecuencias de ellos. Pero ignorar las condiciones que alimentan la violencia es condenarnos a repetirla una y otra vez.

    Lo más indignante es que quienes han dirigido este país, en muchos casos, no crecieron entre el hambre ni la desesperación. Nacieron con privilegios, educación, contactos y poder. Y aun así, demasiados terminaron saqueando lo público, administrando la desigualdad o gobernando pensando primero en sus propios intereses.

    La gente no es bruta. O bueno… no toda. La gente sabe que buena parte de nuestros males tienen responsables con nombre y apellido: décadas de corrupción, clientelismo, impunidad y políticos que han convertido el Estado en un botín. Cambian los discursos, cambian los partidos, cambian los colores, pero el libreto suele ser exactamente el mismo.

    No hay políticos de conducta intachable por el simple hecho de pertenecer a un bando u otro. Todos deberían responder con el mismo rigor por sus decisiones y por los daños que causan cuando gobiernan mal. Sin embargo, siempre aparecen imbéciles que los aplauden desde la clase obrera, defendiendo a quienes jamás compartirán sus privilegios ni cargarán con las consecuencias de sus errores.

    Mientras la política siga concentrada en conservar el poder y no en construir prosperidad, educación, empleo, justicia e instituciones que funcionen para todos, la paz seguirá siendo un eslogan de campaña y no una realidad.

    La paz no se decreta. Se construye cuando un niño tiene más oportunidades que excusas para empuñar un arma; cuando estudiar resulta más fácil que delinquir; cuando trabajar dignamente vale más que entrar a una organización criminal; cuando la justicia deja de ser un privilegio y se convierte en una garantía para todos.

    Porque la violencia no aparece por generación espontánea. Se fabrica. Se alimenta del abandono, de la desigualdad, de la corrupción, de la indiferencia y de una clase dirigente que durante décadas prefirió administrar el problema antes que resolverlo.

    Hasta que no entendamos eso, seguiremos reemplazando a los protagonistas de la violencia, pero nunca desmontaremos la fábrica que los produce.

    @elmandelacamara

    Imagen creada con IA. El resto es responsabilidad de Elmandelacámara: operario de cámara, obsoleto, cansado y defectuoso de fábrica por pensar fuera del rebaño.

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  • ZOQUETES CON WI-FI

    ZOQUETES CON WI-FI

    Había una vez una especie que logró conectarse al conocimiento de toda la humanidad.

    Podían leer a Orwell.
    Podían ver a Kubrick.
    Podían aprender física, filosofía, fotografía o astronomía.

    Pero eligieron pelear en internet.

    Pasaban horas defendiendo políticos.
    Horas odiando políticos.
    Horas discutiendo con desconocidos.

    Gratis.

    Si alguien pensaba igual, era brillante.

    Si alguien pensaba distinto, era basura.

    La pantalla les enseñó a odiar.
    El algoritmo les enseñó a repetir.
    Y ellos confundieron eso con pensar.

    Mientras tanto, el mundo real seguía adelante.

    La gente trabajaba.
    Amaba.
    Creaba.
    Leía.
    Filmaba.
    Vivía.

    Pero los zoquetes con Wi-Fi tenían asuntos más importantes.

    Debían salvar el país desde los comentarios.

    Debían derrotar al enemigo desde el celular.

    Debían cambiar el mundo compartiendo capturas de pantalla.

    Y así pasaron los años.

    Envejecieron.

    Cambiaron de político.
    Cambiaron de partido.
    Cambiaron de red social.

    Pero nunca dejaron de ser lo mismo:

    Un montón de zoquetes con Wi-Fi creyendo que el algoritmo era una revolución.

    @elmandelacamara

    Operario de cámara. Cansado. Obsoleto. Observador de una zoociedad que aprendió a deslizar el dedo, pero olvidó pensar.

    Imagen de portada generada con IA. La idea, la mala leche y el desencanto son humanos.

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  • Hablábamos español y él respondía en política

    No escribo esto porque Jaimito sea un hijueputa.

    Tampoco porque yo sea una víctima.

    Lo escribo porque después de cuarenta y dos años viendo gente, uno empieza a notar patrones.

    Y algunos patrones cansan.

    Conocí a Jaimito hace años.

    Trabajamos juntos.

    Compartimos proyectos.

    Favores.

    Trasteos.

    Conversaciones.

    Tiempo.

    Lo ayudé cuando pude.

    Me ayudó cuando pudo.

    Como cualquier amistad normal entre dos obreros del audiovisual intentando sobrevivir en un país donde la estabilidad laboral parece una leyenda urbana.

    El problema nunca fue la amistad.

    El problema fue que con el tiempo descubrí que hablábamos idiomas distintos.

    Yo hablaba español.

    Él respondía en política.

    Yo hablaba de una mesa hecha con una señal de PARE.

    Terminábamos hablando de presidentes.

    Yo hablaba de trabajo.

    Terminábamos hablando de gobiernos.

    Yo hablaba de clientes.

    Terminábamos hablando de reformas.

    Yo hablaba de personas.

    Terminábamos hablando de ideologías.

    Y así durante años.

    Al principio uno debate.

    Después escucha.

    Luego sonríe.

    Finalmente se cansa.

    No porque el otro piense distinto.

    Porque cualquier conversación termina secuestrada por la misma obsesión.

    Llegó un momento en que ya no importaba el tema.

    Todo desembocaba en política.

    Todo tenía un culpable.

    Todo tenía una explicación ideológica.

    Todo tenía un enemigo.

    Y yo cada vez estaba más lejos de esa película.

    La plandemia me dejó muchas cosas.

    Una de ellas fue una profunda desconfianza hacia las certezas absolutas.

    Vi expertos equivocarse.

    Vi gobiernos equivocarse.

    Vi periodistas equivocarse.

    Vi conspiranoicos equivocarse.

    Vi gente inteligente actuar como idiota.

    Y vi idiotas convencidos de ser genios.

    Después de sobrevivir a todo eso me quedó muy poco entusiasmo para volver a meterme en trincheras políticas.

    Mientras otros discutían candidatos, yo estaba intentando pagar facturas.

    Mientras otros discutían reformas, yo estaba operando cámara.

    Mientras otros discutían revoluciones, yo estaba digitalizando VHS.

    Mientras otros discutían el futuro del país, yo estaba intentando sobrevivir el presente.

    Y aquí aparece otro fenómeno.

    La distancia entre el relato y la realidad.

    Durante años escuché historias.

    Planes.

    Negocios.

    Contactos.

    Oportunidades.

    Viajes.

    Promesas.

    Emprendimientos.

    Canadá.

    México.

    La ONU.

    Fortunas futuras.

    Y con el tiempo aprendí algo maravilloso:

    La realidad siempre llega a cobrar.

    Jaimito estudió administración de algo.

    Ya ni me acuerdo exactamente de qué era la vaina.

    Lo que sí recuerdo perfectamente era la promesa.

    En aquella época parecía que estaba a semanas de convertirse en el Bill Gates de las EPS.

    Iba a dejar el audiovisual.

    Iba a forrarse.

    Iba a despegar.

    Años después seguíamos sobreviviendo en el mismo planeta.

    Luego llegaron los negocios.

    El café.

    El bar.

    Las oportunidades.

    Los emprendimientos.

    Las ideas brillantes.

    Los proyectos espectaculares.

    Siempre había algo a punto de ocurrir.

    Siempre.

    Y después aparecía una pequeña dificultad llamada realidad.

    Mi favorita sigue siendo la época de los viajes.

    Diciembre de 2021.

    Escuché que uno se iba para Canadá.

    Escuché que otro se iba para México.

    La forma en que lo contaban hacía pensar que ya tenían las maletas listas y el pasabordo en la mano.

    Estamos varios años después.

    Sigo esperando.

    Mi mamá incluso propuso una teoría más razonable.

    Que de pronto México era un barrio de Funza.

    Canadá todavía no aparece en el mapa.

    Después llegó la ONU.

    Durante una grabación en plena plandemia parecía que algunos estaban a dos llamadas de convertirse en diplomáticos internacionales.

    Años después una funcionaria me llamó para trabajar.

    Ni siquiera sabía quién era.

    No tenía guardado el contacto.

    No tenía estrategia.

    No tenía networking.

    Solo sonó el teléfono.

    Necesitaban camarógrafo.

    Acepté.

    Trabajé.

    Cobré.

    Fin de la historia.

    Cuando lo conté, apareció otra vez el relato.

    — Yo tengo a las de la ONU.

    Claro.

    Cómo no.

    El problema es que para entonces ya vivía conmigo una criatura especial.

    El mono de los platillos.

    🐒🥁🥁🥁

    No siempre estuvo ahí.

    Fue entrenado.

    Pacientemente.

    Con años de exposición a promesas, contactos, discursos, ideologías, negocios milagrosos y relatos extraordinarios.

    Al principio discutía.

    Después analizaba.

    Ahora simplemente escucha.

    Y toca.

    Cada vez que alguien anuncia una revolución personal.

    Cada vez que alguien está a punto de volverse millonario.

    Cada vez que alguien conoce a medio planeta.

    Cada vez que alguien va a cambiar su vida para siempre.

    El mono toca.

    Y espera.

    Espera seis meses.

    Un año.

    Dos años.

    Y luego revisa los resultados.

    No por maldad.

    Por método científico.

    Porque la realidad suele hablar más bajito que las promesas.

    Con el tiempo descubrí algo incómodo.

    La mayoría de las personas no miente.

    La mayoría exagera.

    Se cuentan una versión optimista de sí mismas.

    Y luego terminan creyéndola.

    Por eso dejé de discutir.

    No necesito demostrar que alguien está equivocado.

    El tiempo hace ese trabajo gratis.

    También descubrí otra cosa.

    Jamás he visto a un político pagarme una factura.

    Jamás he visto a un político cargarme una cámara.

    Jamás he visto a un político rescatarme un proyecto.

    Jamás he visto a un político digitalizarme un VHS.

    Los que han hecho eso han sido personas normales.

    Clase obrera.

    Gente que madruga.

    Gente que trabaja.

    Gente que también llega cansada a la casa.

    Por eso siempre me pareció absurdo que personas que viven prácticamente la misma vida terminaran convertidas en enemigos por defender políticos que jamás los llamarían por teléfono.

    Nunca entendí esa necesidad.

    Y mientras más años pasan, menos la entiendo.

    Jamás pondría un presidente por encima de una amistad.

    Jamás pondría una campaña por encima de una persona.

    Jamás.

    Porque después de las elecciones la vida sigue.

    Las facturas siguen.

    Los trabajos siguen.

    Los problemas siguen.

    Y la clase obrera sigue siendo clase obrera.

    Lo más curioso es que muchos de los que me trataban como exagerado terminaron haciendo cosas parecidas a las mías.

    Cerrar redes.

    Reducir ruido.

    Alejarse de discusiones inútiles.

    Buscar tranquilidad.

    No porque yo tuviera razón.

    Porque el agotamiento eventualmente alcanza a todo el mundo.

    Y quizá ahí está el centro de esta historia.

    No me cansé de Jaimito.

    Me cansé del ruido.

    Me cansé de las campañas eternas.

    Me cansé de las promesas recicladas.

    Me cansé de los relatos imposibles.

    Me cansé de los vendehumos.

    Me cansé de los algoritmos.

    Me cansé de la competencia imaginaria.

    Me cansé de la necesidad permanente de aparentar.

    Y cuando uno se cansa de todo eso, empieza a valorar algo muy simple.

    Los hechos.

    El cliente llamó o no llamó.

    El proyecto salió o no salió.

    El pago llegó o no llegó.

    El avión despegó o no despegó.

    Todo lo demás es conversación.

    Y a mis cuarenta y dos años ya escuché suficiente conversación para varias vidas.

    Por eso observo más de lo que discuto.

    Porque descubrí algo que me habría ahorrado muchos dolores de cabeza:

    La realidad no necesita que uno la defienda.

    La realidad siempre termina hablando sola.

    ¡Jaimito y Diegote nunca volverán a verse!

    @elmandelacamara

    Operario de cámara. Cansado, obsoleto, observador y guardando silencio.

    Después de cuarenta y dos años, el mono de los platillos tenía razón.

    Nota del autor:

    El nombre de los personajes ha sido cambiado para proteger a las víctimas.

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  • El crochet de mi mamá y la mentira del algoritmo

    Hace unos días desactivé una cuenta de Instagram.

    No era mi cuenta.

    Era una que había creado para mi mamá.

    Se llamaba El Ganchillo de Gloria.

    Durante años pensé que internet podía ayudarla a vender los tejidos en crochet que hace con sus manos. Le tomé fotografías. Diseñé publicaciones. Subí contenido. Hice lo que se supone que uno debe hacer cuando le dicen que las redes sociales son una herramienta para emprender.

    No funcionó.

    Y eso me obligó a aceptar algo que durante mucho tiempo no quise ver.

    Instagram nunca vendió un solo tejido.

    Ni uno.

    Los que sí compraron fueron los vecinos.

    Los amigos. (De ella)

    Los amigos de los amigos. (De ella)

    La gente que conocía a mi mamá.

    La gente que había visto su trabajo en persona.

    La gente real.

    La Matrix no compró una mierda.

    Durante años nos vendieron una historia muy seductora.

    Que cualquiera podía abrir una cuenta.

    Que cualquiera podía construir una audiencia.

    Que cualquiera podía convertir su oficio en un negocio.

    Que el algoritmo conectaría mágicamente a los creadores con los compradores.

    Pero la realidad fue mucho menos romántica.

    La gente da likes.

    La gente comenta.

    La gente comparte.

    La gente dice que ama lo artesanal.

    Pero cuando llega la hora de sacar la billetera, descubre que ama mucho más las cosas baratas.

    Un tejido en crochet puede tomar días o semanas o meses de trabajo.

    Horas y horas de una persona sentada construyendo algo punto por punto.

    Sin embargo, mucha gente ve el resultado final y calcula el precio como si hubiera aparecido por generación espontánea.

    Recuerdo haber visto en París chales tejidos vendidos por cientos de euros.

    No estaban vendiendo lana.

    Estaban vendiendo tiempo.

    Experiencia.

    Paciencia.

    Trabajo humano.

    Aquí muchas veces la conversación empieza al revés.

    No preguntan cuánto demoró hacerlo.

    Preguntan cuánto descuento les van a hacer.

    Y si son amigos, esperan un descuento.

    Y si son amigos cercanos, esperan otro.

    Y si además existe algún parentesco, amistad o historia familiar, el descuento se vuelve parte de la negociación nacional permanente.

    El problema nunca fue el crochet.

    El problema fue creer que Instagram era la solución.

    Yo también compré esa fantasía.

    Creí que estar en redes significaba vender.

    Creí que la visibilidad era lo mismo que el valor.

    Creí que el algoritmo podía crear clientes.

    Y estaba equivocado.

    Lo más extraño es que, al desactivar la cuenta, no sentí que estuviera cerrando un negocio.

    Sentí que estaba enterrando una ilusión.

    La ilusión de que las plataformas digitales premian automáticamente el trabajo bien hecho.

    No lo hacen.

    Premian muchas otras cosas.

    La atención.

    La repetición.

    La publicidad.

    La suerte.

    A veces el escándalo.

    A veces el humo.

    Pero no necesariamente el trabajo bien hecho.

    Sin embargo, hay algo hermoso en todo esto.

    Porque mientras la cuenta fue incapaz de vender nada, los tejidos siguen existiendo.

    Tengo diez cubrecamas hechos a mano por mi mamá.

    Diez.

    Y los amo.

    Quizá Instagram desaparezca algún día.

    Quizá Meta termine siendo otro fósil digital.

    Quizá dentro de veinte años nadie recuerde qué era un reel.

    Pero esos cubrecamas seguirán existiendo.

    Seguirán contando una historia.

    La de una mujer que pasó miles de horas tejiendo.

    La de un hijo que creyó que internet podía ayudarla.

    Y la de una lección incómoda que tardé años en aprender:

    el valor de una cosa y la capacidad de venderla en redes sociales no son la misma cosa.

    La cuenta fue desactivada.

    La fantasía murió.

    Pero los tejidos sobrevivieron.

    Y, honestamente, creo que eso es lo más importante.

    @elmandelacamara

    Operador de cámara.

    Viejo.

    Cansado.

    Obsoleto.

    Hijo de una mujer que teje mejor de lo que vende Instagram.

    Amante del crochet de mamá.

    Desilusionado de eso que llaman amistad.

    Cansado de nadar contra la corriente.

    Solo la mayor parte del tiempo.

    Libre de la Matrix casi siempre.

    Y cada día más lejos de la fantasía del algoritmo.

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  • Escuchan los riffs, no las letras

    Escuchan los riffs, no las letras

    Siempre me ha causado gracia la gente que escucha Megadeth y sale con el discurso de “firmes por la patria”.

    Ponen Symphony of Destruction a todo volumen.

    Mueven la cabeza.

    Hacen cuernos con la mano.

    Se sienten rebeldes.

    Y luego repiten exactamente los mismos discursos que la canción cuestiona.

    No digo que haya que estar de acuerdo con Dave Mustaine. Ni siquiera él ha sido siempre coherente con sus propias letras.

    Pero es curioso ver cómo muchos escuchan la música y nunca las palabras.

    Escuchan guitarras.

    No escuchan advertencias.

    Escuchan velocidad.

    No escuchan crítica.

    Escuchan rebeldía.

    No escuchan preguntas.

    A veces pienso que si entendieran realmente algunas de las letras que cantan con tanta pasión, terminarían más incómodos que orgullosos.

    Pero supongo que es más fácil agitar una bandera que leer una letra.

    “I don’t care, you can kiss my ass.”

    Y con eso queda resumida gran parte de mi relación con los fanáticos de cualquier dogma, venga de donde venga.

    @elmandelacamara
    Operario de cámara
    Obsoleto. Cansado. Consciente.

    La ilustración de portada no es mía. Es obra de @el_chico_sin_cabello_de_pan, un artista que sigo y admiro desde hace tiempo.

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  • Elmandelacámara sobre la orilla

    Elmandelacámara sobre la orilla

    No sé si soy un hombre solitario.

    La soledad suele imaginarse como una cabaña en el bosque, un ermitaño que huye del mundo o un anciano que dejó de creer en la gente.

    Yo no huyo del mundo.

    Lo observo.

    Quizá por eso terminé detrás de una cámara.

    Mientras muchos intentan ser vistos, yo me acostumbré a mirar.

    Miro al reciclador que empuja media ciudad en una carreta. Miro al celador que existe doce horas al día para que nadie note su presencia. Miro al vendedor ambulante que sobrevive en un sistema que habla de progreso mientras lo ignora. Miro a la multitud que corre, grita, vota, celebra, pelea y comparte consignas como si fueran verdades reveladas.

    Y mientras todos parecen tener un equipo, una bandera o una causa definitiva, yo sigo en la orilla.

    No porque me crea superior.

    Porque nunca logré sentirme completamente parte.

    He visto demasiadas contradicciones.

    Demasiados pobres defendiendo ricos.

    Demasiados trabajadores peleando entre sí para proteger intereses ajenos.

    Demasiados ciudadanos diciendo “ganamos” después de una elección para regresar al día siguiente al mismo trabajo, al mismo bus, a la misma supervivencia.

    He visto demasiados Cypher vendiendo su dignidad por un churrasco.

    Y ahora también por unos cuantos segundos de atención digital.

    Las redes sociales prometieron libertad.

    Terminaron convirtiendo a millones de personas en trabajadores gratuitos de plataformas multimillonarias.

    La gente produce contenido.

    Las empresas producen ganancias.

    Y todos sonríen creyendo que participan de algo grandioso.

    Quizá por eso desconfío de los entusiasmos colectivos.

    Cuando demasiadas personas corren hacia la misma dirección, mi instinto no es seguirlas.

    Es preguntarme quién les dijo que corrieran.

    No me interesa pertenecer a una tribu.

    Ni política.

    Ni religiosa.

    Ni digital.

    Ni ideológica.

    Las tribus suelen exigir una cuota de silencio.

    Hay que repetir ciertas frases.

    Aplaudir ciertas cosas.

    Odiar a ciertas personas.

    Yo nunca fui bueno para eso.

    Sin embargo, tampoco soy un ermitaño.

    Porque sigo interesado en la gente.

    No en las masas.

    En las personas.

    En el hombre que barre la calle antes del amanecer.

    En el vendedor que regresa a casa sin saber si mañana venderá algo.

    En el anciano que todavía ama.

    En el joven que todavía sueña.

    En los invisibles.

    Tal vez por eso sigo filmando.

    Porque la cámara me permite permanecer en mi lugar favorito: la frontera.

    Lo suficientemente cerca para comprender.

    Lo suficientemente lejos para no convertirme en parte del ruido.

    Y desde esa frontera observo una época extraña.

    Una época donde millones de personas hablan sin decir nada.

    Donde todos quieren ser vistos y pocos quieren ver.

    Donde la conexión aumenta mientras la comprensión disminuye.

    Yo no tengo respuestas definitivas.

    Ni líderes.

    Ni salvadores.

    Ni gurús.

    Solo preguntas.

    Y una sospecha persistente:

    que la verdadera libertad comienza cuando uno deja de necesitar permiso para pensar.

    @elmandelacamara

    Operario de cámara.

    Observador.

    Caduco.

    Obsoleto.

    Consciente.

    Fediverse reactions
  • Nací el 3 de octubre de 1983.

    Nací el 3 de octubre de 1983.

    Tenía 10 años cuando asesinaron a Andrés Escobar por un autogol.

    No soy paisa. No soy hincha de Nacional. Y aun así, más de treinta años después, esa historia me sigue doliendo.

    Tal vez porque crecí en una Colombia donde las noticias hablaban de bombas, secuestros, magnicidios y narcotráfico. Tenía 6 años cuando mataron a Luis Carlos Galán, 9 cuando murió Pablo Escobar y 10 cuando asesinaron a Andrés Escobar.

    Desde aquel día empecé a mirar con otros ojos el fútbol colombiano. No dejé de admirar el buen fútbol. Sigo admirando el talento, la inteligencia y la belleza de una jugada bien hecha. Lo que dejé de admirar fue el fanatismo.

    Porque una cosa es disfrutar un deporte y otra convertirlo en una religión tribal.

    Por eso hace años le digo “Secreción BOBOmbia”. No por odio al país, sino por cansancio de ver cómo desperdicia una y otra vez su inteligencia, su talento y su memoria en fanatismos inútiles. Porque aquí todo termina convertido en una barra brava: la política, el fútbol, la religión y ahora hasta las redes ‘sociales’.

    Quizás soy obsoleto. Quizás caduco. Quizás un lagrimón.

    Pero nunca he podido olvidar que en este país mataron a un hombre por un error en una cancha.

    Y quizás por eso tampoco me he tragado jamás los cuentos de caudillos, mesías ni salvadores políticos. He visto pasar gobiernos, discursos, campañas, fanáticos y sectarios de todos los colores. Demasiadas veces la multitud termina comportándose igual; solo cambia la camiseta.

    Algunas heridas no son de fútbol.

    Son de país.

    Y desde el 2 de julio de 1994 entendí que el problema nunca fueron once tipos pateando un balón.

    El problema siempre fueron los fanáticos que creen que una camiseta, una bandera o un político valen más que una vida.

    @elmandelacamara

    Operario de Cámara; Obsoleto. Cansado. Viejo. Fuera del rebaño.

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  • Cositas que uno piensa mientras viene a Corferias a votar… 😎

    Cositas que uno piensa mientras viene a Corferias a votar… 😎

    1. Tienen autorización para llenar Corferias de cubículos, mesas, vallas, funcionarios, policías, testigos electorales y propaganda institucional…

    Pero no para poner suficientes canecas de basura.

    Prioridades.

    2. A la salida aparece el ecosistema completo: fundas para el certificado electoral, empanadas, tintos, gorritas, dulces y toda clase de güevonaditas patrióticas de temporada.

    Y eso me deja una reflexión:

    Muchos dirán que son “emprendedores” o “visionarios”.

    Yo creo que la mayoría está ahí por una razón mucho más simple:

    porque hay que comer.

    Porque las cuentas no se pagan con discursos sobre emprendimiento.

    Porque cuando la economía aprieta, cualquier esquina se convierte en local comercial y cualquier jornada electoral en día de trabajo.

    3. El certificado electoral vale más plastificado que algunos programas de gobierno impresos.

    4. Cada cuatro años es la misma mierda.

    Los mismos discursos.

    Los mismos salvadores de la patria.

    El mismo patriotismo de temporada.

    Los mismos “emprendedores”.

    Los mismos fanáticos.

    Los mismos análisis de expertos.

    Y los mismos ciudadanos convencidos de que esta vez sí van a cambiar la historia marcando una casilla.

    Cambian los afiches.

    Cambian los colores.

    Cambian los eslóganes.

    El rebusque sigue igual.

    5. Menos mal estamos a unos días del Mundial y la Selección Colombia clasificó. 😎

    Porque si algo une más rápido a este país que una elección, es once tipos corriendo detrás de un balón.

    En unos días dejaremos de insultarnos por políticos…

    para volver a insultarnos por fútbol.

    Una mejora estadística bastante respetable.

    6. ¿Y por qué no inscribe su cédula en su lugar de residencia?

    Porque ese spam eterno de “inscriba ya su cédula”, “participe”, “haga historia”, “salve la democracia” y “construyamos país” me genera exactamente el mismo entusiasmo que una promesa de campaña.

    Ninguno.

    Igual termino votando.

    Igual terminan prometiendo.

    Igual terminan peleando en redes.

    Igual terminan vendiéndonos que ahora sí llegó el cambio definitivo.

    Y dentro de cuatro años volvemos a reunirnos para el mismo capítulo repetido.

    Con distinto elenco.

    Con el mismo guion.

    7. Y siempre he trabajado en zonas que, según los vendehumo profesionales y los salvapatrias de turno, están plagadas de guerrillas, disidencias, terroristas, monstruos, dragones y toda criatura mitológica que sirva para ganar votos o clics.

    Llevo más de diez años operando cámara.

    Y ni hablar de los años anteriores cargando luces, trípodes, cables, plantas eléctricas y sudando detrás de equipos que cuestan más que el patrimonio completo de algunos opinadores de redes.

    He entrado a pueblos, veredas, montañas y rincones del país que, según los expertos de Facebook, WhatsApp y TikTok, deberían parecer el apocalipsis.

    Y nunca nos ha pasado nada.

    Al contrario.

    Muchas veces la gente más humilde ha resultado ser la más amable.

    La que ofrece un tinto.

    La que ayuda a cargar un equipo.

    La que saluda.

    La que comparte lo poco que tiene.

    Mientras tanto, desde la comodidad de la ciudad, nunca falta el que cree conocer Colombia porque vio tres videos alarmistas, cuatro titulares diseñados para generar pánico y una cadena reenviada quinientas veces.

    Hay gente que conoce el país recorriéndolo.

    Y hay gente que cree conocerlo deslizándolo con el dedo.

    Curiosamente, los que más miedo venden suelen ser los que menos han salido de su propia burbuja.

    8. Llevo décadas sobreviviendo a la desinformación, a las cadenas milagrosas de WhatsApp, a los expertos de Facebook, a los analistas de TikTok y a la misma basura reciclada que le sirven al país cada cuatro años.

    Pero ahí está la diferencia.

    Vos te la tragás completa.

    Siempre.

    Sin preguntar.

    Sin dudar.

    Sin revisar.

    Mientras yo llevo años intentando que, por lo menos una vez, se traguen otra cosa. 😈

    9. En fin.

    Voy a votar.

    Ellos van a votar.

    Los vendedores van a vender.

    Los políticos van a prometer.

    Los influenciadores van a pontificar.

    Los medios van a dramatizar.

    Y esta noche media Colombia celebrará como si hubiera ganado el Mundial.

    Mañana tocará levantarse a trabajar exactamente igual que ayer.

    Porque gane quien gane…

    el despertador nunca cambia de partido.

    @elmandelacamara
    Operador de cámara fuera del rebaño.

  • La zoociedad de Amores perros

    La zoociedad de Amores perros

    Ensayo sobre gente herida, perros leales y una ciudad que mastica humanos

    Amores perros no habla realmente de amor. Habla de hambre. Hambre emocional, sexual, económica y social.

    El amor apenas aparece como un animal atropellado intentando arrastrarse fuera de la avenida.

    La película ocurre en Mexico CDMX, pero podría pasar en Bogotá, Lima, Medellín o cualquier capital latinoamericana donde la gente aprende desde pequeña que sobrevivir vale más que sanar. La ciudad no educa personas: fabrica resistencia. Y a veces monstruos.

    El accidente que une las historias no es casualidad narrativa. Es diagnóstico social. Todos ya venían chocados antes del choque.

    Octavio: el pobre que descubrió que la violencia paga

    Octavio no empieza siendo malo. Empieza siendo pobre.

    Y en Latinoamérica esa diferencia importa mucho.

    Ve en su perro, Cofi, una posibilidad de escapar. El animal deja de ser compañero y se vuelve inversión. Capital de cuatro patas. Sangre convertida en negocio clandestino.

    Ahí está una de las verdades más incómodas de la película: la pobreza no santifica a nadie.

    Muchos discursos románticos muestran al pobre como moralmente puro. Amores perros destruye eso sin piedad. La necesidad también corrompe. También embrutece. También convierte el cariño en utilidad.

    Octavio cree que pelea por amor a Susana, pero en realidad pelea por posesión y fantasía. Quiere rescatarla porque imagina que ella le dará una vida distinta. Ella no es una mujer para él: es una puerta de salida.

    Y como casi todas las puertas falsas, termina estrellándose.

    Susana: amar como cadena perpetua

    Susana representa una tragedia demasiado normalizada: la mujer criada para soportar.

    Ramiro la golpea, la humilla, la usa. Aun así ella vuelve. No porque sea “tonta”, sino porque el abuso continuo destruye la percepción de valor propio. El maltrato termina pareciendo hogar.

    En muchas familias latinoamericanas el amor femenino fue enseñado como aguante: aguantar cachos, aguantar pobreza, aguantar golpes, aguantar silencio.

    La película jamás la juzga. Y ahí está su inteligencia. No convierte a Susana en villana ni en santa. Solo la muestra atrapada.

    Como millones.

    La herencia del daño: madres rotas criando hijos rotos

    La película deja claro que el sufrimiento no nace de la nada. Se hereda.

    La mamá de Octavio y Ramiro vive frustrada, agotada y emocionalmente endurecida. Aguanta pobreza, tensión y violencia doméstica, pero termina descargando esa rabia contra quienes tiene cerca. La familia no funciona como refugio: funciona como contenedor de resentimiento.

    Y del otro lado está la mamá de Susana: borracha, sola, perdida en sus propios problemas.

    Aparece poco, pero basta para entender muchas cosas. Susana creció viendo abandono emocional y caos afectivo. Aprendió que amar era depender, soportar y sobrevivir. Cuando alguien crece en medio de relaciones destruidas, el dolor deja de parecer alarma y empieza a parecer normalidad.

    Ahí la película lanza una de sus ideas más crueles: muchas personas no buscan amor, buscan repetir lo que conocen.

    El alcoholismo de la madre de Susana tampoco es un detalle decorativo. En gran parte de Latinoamérica el alcohol funciona como anestesia social. Personas atrapadas en vidas que no pueden transformar terminan intentando apagarse un rato.

    En Amores perros, casi todos están intoxicándose con algo:

    • violencia,
    • dinero,
    • sexo,
    • fantasías,
    • alcohol,
    • poder,
    • dependencia emocional.

    Nadie está realmente sano.

    Ramiro: el capitalismo periférico hecho hombre

    Ramiro es uno de los personajes más reales del cine latinoamericano.

    De día trabaja como cajero.
    De noche roba.

    No es un “genio criminal”. No tiene glamour. No es mafioso elegante. Es apenas otro hombre roto intentando producir dinero en una economía que lo exprime.

    El sistema le dice: “trabaja honestamente”.

    Pero también le demuestra: “honestamente nunca vas a salir de aquí”.

    Entonces aparece la violencia como extensión natural del mercado.

    Ramiro es machista, agresivo y miserable, sí. Pero también es producto de una estructura donde la masculinidad se mide por capacidad económica. Un hombre sin dinero en esos contextos siente que no vale nada. Y muchos compensan eso con control, violencia o crimen.

    No es excusa. Es radiografía.

    Jarocho: la envidia como combustible social

    Jarocho representa otro elemento fundamental de la película: la envidia masculina nacida de la miseria.

    No es solamente un organizador de peleas de perros. Es un hombre que necesita dominar para sentirse superior. Vive de convertir animales en espectáculo sangriento porque él mismo ya fue moldeado por la violencia como forma de existencia.

    Cuando Octavio empieza a ganar dinero con Cofi, lo que despierta en Jarocho no es solo competencia económica. Es humillación. La idea de que otro pobre pueda subir un escalón antes que él le resulta insoportable.

    Y ahí la película toca una verdad muy latinoamericana: muchas veces la gente pobre no puede destruir al sistema que la aplasta, entonces termina destruyéndose entre sí.

    La violencia se horizontaliza.

    Pobres contra pobres.
    Vecinos contra vecinos.
    Hombres intentando demostrar poder dentro del mismo naufragio.

    Las peleas de perros funcionan como espejo brutal de toda la película. Animales encerrados en un círculo mientras otros apuestan mirando desde afuera. Exactamente igual que los personajes humanos: peleando por migajas, por orgullo, por supervivencia, mientras alguien más siempre gana dinero observando el espectáculo.

    Valeria: cuando el cuerpo deja de servir

    La historia de Valeria es una ejecución simbólica del mundo publicitario.

    Antes del accidente, ella es deseo puro: bella, visible, aspiracional.

    Después queda atrapada en un apartamento deteriorándose lentamente mientras Daniel contempla cómo el objeto de deseo empieza a desmoronarse.

    El perro atrapado bajo el piso es una de las metáforas más crueles del cine contemporáneo. Ese ruido invisible pudriéndose debajo de la casa es exactamente lo que ocurre con la relación.

    La belleza sostenía todo. Cuando la belleza cae, aparece el vacío.

    Y la película pregunta algo horrible: ¿cuánto amor queda cuando desaparece aquello que producía deseo?

    La respuesta no parece optimista.

    El Chivo: el hombre que ya no pertenece al mundo humano

    El Chivo es probablemente el alma de la película.

    Exguerrillero, sicario, padre ausente, vagabundo. Vive entre perros porque la sociedad ya no tiene espacio para él. Es un fantasma político y emocional.

    Y sin embargo, es el único personaje que parece entender algo fundamental: la violencia destruye todo lo que toca.

    Mientras los demás todavía persiguen dinero, sexo o fantasías románticas, El Chivo ya cruzó el incendio completo. Lo perdió todo. Por eso puede mirar el mundo con una lucidez triste.

    Los perros que lo rodean son más familia que los humanos.

    Eso dice muchísimo de la película.

    Los perros: secundarios más humanos que las personas

    Y ahí aparece una de las ironías más brillantes de la película: los perros realmente son personajes secundarios.

    Aunque el título y la estética parecen girar alrededor de ellos, los protagonistas verdaderos son los humanos destruyéndose entre sí. Los perros funcionan como reflejo, detonante y espejo moral de los personajes.

    Cofi revela la ambición y desesperación de Octavio.
    Richie revela la putrefacción silenciosa de la relación entre Valeria y Daniel.
    Los perros de El Chivo revelan su necesidad desesperada de afecto y redención.

    Pero ninguno crea la violencia.

    La violencia ya estaba instalada en las personas.

    Eso vuelve todavía más cruel el mensaje de la película: los animales actúan por instinto; los humanos convierten la crueldad en sistema.

    Los perros muerden porque son perros.
    Los humanos muerden por ego, dinero, frustración, resentimiento o miedo.

    Y quizá la frase más triste que deja la película es invisible: los personajes más inocentes terminan siendo los animales.

    Los perros nunca manipulan.
    Nunca fingen amor.
    Nunca traicionan por ambición.

    Simplemente sobreviven dentro del desastre humano.

    La zoociedad

    El título podría leerse como una advertencia: debajo de la ropa, el maquillaje, las vitrinas y las normas sociales, seguimos funcionando por miedo, deseo, territorio y supervivencia.

    Los perros no son símbolo elegante. Son espejo.

    Muerden.
    Protegen.
    Obedecen.
    Sobreviven.

    Igual que los personajes.

    La diferencia es que los perros nunca fingen ser otra cosa.

    Los humanos sí.

    Y quizá por eso la película duele tanto más de veinte años después: porque sigue siendo actual. Seguimos viviendo en ciudades donde el amor se mezcla con dependencia, donde la pobreza empuja hacia la violencia, donde la gente confunde compañía con salvación y donde millones despiertan cada mañana sintiéndose invisibles.

    En Amores perros, nadie sale limpio. Pero tampoco nadie nació completamente roto.

    La ciudad los fue mordiendo poco a poco.

    Escrito por elmandelacamara
    Operador de cámara y observador de ruinas humanas

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  • Fan de nadie

    Fan de nadie

    Prestigios prestados y la política de liberar números hacia abajo

    El amo cambió de interfaz.La sumisión no.

    Vivimos en una época que confunde atención con libertad.

    Se nos enseñó que elegir qué mirar es autonomía.

    Pero rara vez se pregunta quién organiza aquello que miramos.

    En The Matrix los cuerpos estaban conectados por un cable en la nuca.

    Hoy la conexión pasa por los dedos.

    Scroll.
    Like.
    Login.

    La obediencia aprendió a parecer entretenimiento.

    El consumo pasivo

    Consumir pasivamente no es solo ver contenido.

    Es aceptar sin examen los circuitos que capturan la atención.

    Seguir por inercia.

    Admirar por reflejo.

    Consumir prestigio empaquetado.

    Habitar vitrinas ajenas como espectador.

    Ser espectador de una fiesta a la que nunca te invitaron.

    Mirar mucho.

    Decidir poco.

    Guy Debord lo vio venir:

    la experiencia reemplazada por espectáculo.

    No vivimos tanto como contemplamos.

    No participamos tanto como observamos.

    Y confundimos esa observación con vida.

    Prestigios prestados

    Hay una religión blanda en las redes:

    seguir nombres.

    adorar visibilidades.

    creer que la fama tiene profundidad.

    Como si la cercanía simbólica a ciertas vitrinas nos diera importancia.

    No.

    Muchas veces es solo prestigio prestado.

    Atención ofrecida gratuitamente al pedestal.

    Fanatismo sin reciprocidad.

    Ser fan de desconocidos.

    Yo empecé a desconfiar de eso.

    Fan de nadie.

    La atención como obediencia suave

    Michel Foucault enseñó que el poder no siempre reprime.

    También seduce.

    Invita.

    Normaliza.

    Eso hace el algoritmo.

    No obliga.

    Sugiere.

    Y obedecemos creyendo elegir.

    El scroll como disciplina.

    La distracción como rutina.

    La conexión ya no entra por la nuca.

    Va por los dedos.

    Tu atención tiene precio

    Shoshana Zuboff lo llamó capitalismo de vigilancia.

    Nuestra atención no es solo humana.

    Es mercancía.

    Se extrae.

    Se mide.

    Se vende.

    No basta preguntar qué consumimos.

    Hay que preguntar:

    ¿qué consume de nosotros aquello que consumimos?

    Liberar números hacia abajo

    Las redes enseñaron a inflarse.

    Más contactos.

    Más alcance.

    Más números.

    Más.

    Yo empecé a sospechar del más.

    Y a practicar otra cosa:

    liberar números hacia abajo.

    No como pérdida.

    Como alivio.

    Mientras unos se masturban el ego comprando seguidores y acumulando humo,

    yo prefiero depurar.

    No inflarme.

    Alivianarme.

    Desacumular.

    Mi papá decía:

    lo que no sirve, que no estorbe.

    No he encontrado mejor teoría digital.

    Depurar como resistencia

    Eliminar ruido no es gesto menor.

    Es criterio.

    Es curaduría.

    Es decir:

    esto no merece mi atención.

    En tiempos saturados, elegir qué no mirar es un acto político.

    Byung-Chul Han habló del exceso como fatiga.

    Quizá depurar sea una respuesta al exceso.

    No huida.

    Foco.

    No pureza.

    Respiración.

    El doble de vínculo que basura

    Llegó un punto en que descubrí algo hermoso:

    tenía más del doble de vínculo que basura.

    Ese día entendí que la depuración ya era victoria.

    No me estaba quedando con menos.

    Me estaba quedando con más de lo real.

    Porque menos ruido

    también puede ser más mundo.

    Ver el código

    Hackear la Matrix no consistía en destruirla.

    Consistía en ver el código.

    Tal vez pensar críticamente hoy sea eso:

    ver el código del algoritmo.

    del prestigio.

    del espectáculo.

    de la obediencia.

    Y decidir.

    No desaparecer.

    No volverse puro rechazo.

    Solo dejar de obedecer automáticamente.

    Porque el problema no es mirar.

    Es mirar sin conciencia.

    No es usar redes.

    Es ser usado por ellas sin notarlo.

    En una cultura obsesionada con seguidores, influencia y exposición,

    quizá una forma simple de libertad siga siendo profundamente subversiva:

    no ser fan de nadie.

    @elmandelacamara

    Un camarógrafo terco que aprendió a mirar menos y ver más

    Fediverse reactions
  • MANUAL PARA NO FELICITAR COMO NPC

    MANUAL PARA NO FELICITAR COMO NPC

    (o cómo dejar de existir en automático)

    No celebro por inercia.
    No felicito por obligación.
    Y, sobre todo, no participo en rituales vacíos
    solo para no incomodar a gente que tampoco está realmente ahí.

    Las fechas no son contenido.
    No son stories.
    No son excusas para reaparecer sin haber estado.
    Las fechas son memoria…
    y la memoria no se automatiza sin perder verdad.

    Hoy todo el mundo recuerda porque algo le avisa.
    Una notificación.
    Un algoritmo.
    Un grupo de WhatsApp donde alguien dispara el primer “feliz cumple”
    y los demás repiten como eco mal calibrado.

    Y entonces empieza el desfile:
    “Feliz día”
    “Feliz vuelta al sol”
    “Las mejores”
    “Un abrazo grande”
    “Bendiciones”

    Y al otro lado:
    “Gracias”
    “Gracias amigo”
    “Gracias parcero”

    Una coreografía perfecta…
    de gente que no está pensando en nadie.

    Eso no es afecto.
    Eso es protocolo social de baja resolución.

    Prefiero el silencio honesto
    a la presencia automática.
    Prefiero no escribir
    a escribir sin intención.

    Porque aparecer por compromiso
    es otra forma de desaparecer.

    No tengo agenda para todos.
    No tengo espacio mental para sostener vínculos que no se sostienen solos.
    Tengo memoria para pocos.
    Y eso no es descuido…
    es una decisión.

    Si te recuerdo,
    es porque algo en ti se quedó conmigo.
    Porque hubo tiempo real,
    palabras reales,
    presencia sin notificación.

    Si no…
    que te celebre el algoritmo.
    O el amigo en el grupo de WhatsApp
    que nunca falla…
    pero tampoco significa.

    No entro a los grupos a aplaudir.
    No hago fila para validar vínculos tibios.
    No me interesa sumar presencia donde no hay profundidad.

    Entro, dejo lo justo…
    y me voy.

    Como quien pasa por una escena
    sin querer quedarse en la película.

    Porque cumplir años no es sumar.
    Eso es lo que nos dijeron para no pensar.

    Cumplir años es filtrar.
    Es depurar.
    Es dejar caer nombres que ya no pesan lo suficiente.
    Es aceptar que no todo el mundo cruza contigo el mismo tiempo.

    Hay gente que acumula años
    como quien acumula contactos.
    Y hay otros —pocos—
    que se van quedando con lo esencial…
    aunque eso implique quedarse con menos.

    Menos ruido.
    Menos aplausos.
    Menos “amigos”.

    Pero más verdad.

    Por eso no pregunto “¿cuántos cumples?”
    Eso es contabilidad.

    La única pregunta honesta es otra:

    ¿Uno más…
    o uno menos?

    ¿Sumaste vida…
    o soltaste peso?

    ¿Te hiciste más grande…
    o más preciso?

    Porque al final,
    cumplir años no es una celebración.

    Es un corte.

    Y cada año que pasa
    no te acerca a más gente…

    te deja con la que realmente queda.

    @elmandelacamara

  • La democracia de las migajas

    La democracia de las migajas

    Imagina la escena sin romanticismo.

    Domingo de elecciones.

    Un jurado de mesa. Clase obrera. Salario corto. Deudas como mosquitos: siempre zumbando alrededor. Ese domingo debería estar descansando, pero no. Le tocó ir a contar votos. Gratis. Doce horas sentado frente a una mesa de cartón y papeletas.

    Mientras el país habla de democracia en televisión, él pelea con el sueño, el hambre y el calor.

    Y entonces aparece alguien.

    No el político. El político nunca aparece. El poder rara vez baja al barro.

    Aparece el intermediario. El lavaperros del político. El mensajero del sistema. Un tipo con un maletín o un sobre gordo.

    Adentro hay un millón de pesos.

    Para un político eso es presupuesto de campaña.

    Para el jurado es mercado, arriendo, deuda pagada, tranquilidad por unos días.

    La propuesta ni siquiera necesita muchas palabras.

    Un pequeño gesto.

    Un número cambiado.

    Un tachón.

    Un acto microscópico en una hoja de papel.

    El jurado sabe algo que nadie necesita explicarle: ese dinero no lo va a sacar de la pobreza. No va a cambiar su vida. No lo va a convertir en parte del club del poder.

    Pero también sabe otra cosa:

    ese millón sí resuelve algo hoy.

    La deuda que lo tenía jodido.

    La nevera vacía.

    La llamada incómoda del banco.

    Así funciona la matemática moral de la necesidad.

    El jurado toma el dinero. Hace el gesto.

    La tinta cae sobre el tarjetón.

    Un segundo.

    Y el sistema respira tranquilo.

    El político gana una pequeña ventaja en la contabilidad del poder.

    El intermediario cobra su comisión invisible.

    La máquina sigue funcionando.

    El domingo termina.

    Se cierran las urnas.

    Se anuncian resultados.

    El lunes el jurado vuelve a su vida.

    Se levanta temprano.

    Toma bus.

    Trabaja ocho, diez, doce horas.

    El millón ya empezó a evaporarse en cuentas pendientes.

    Y aquí aparece la ironía brutal de todo el asunto:

    El jurado ayudó a sostener un sistema que no lo va a rescatar jamás.

    El político sube un peldaño más en la escalera del poder.

    El trabajador vuelve al mismo escalón donde estaba.

    Nada cambió.

    La política clientelista entiende perfectamente esta dinámica. No necesita comprar conciencias completas. Solo necesita comprar momentos de necesidad.

    No necesita convertir pobres en ricos.

    Solo necesita que los pobres acepten una migaja en el momento justo.

    Arriba circulan contratos, presupuestos, privilegios.

    Abajo circulan billetes doblados, favores y promesas.

    Es una economía de migajas.

    La democracia entonces se vuelve un teatro extraño: millones de ciudadanos participando en un sistema que, muchas veces, se alimenta de sus propias urgencias.

    No porque exista una conspiración perfecta.

    Las conspiraciones perfectas casi nunca existen.

    Existe algo mucho más poderoso:

    la suma de miles de pequeñas decisiones tomadas por personas que solo intentan sobrevivir.

    Un tachón aquí.

    Un voto comprado allá.

    Un silencio conveniente más adelante.

    La tinta se seca.

    La urna se cierra.

    La democracia continúa.

    Y el lunes, como siempre, el trabajador vuelve a levantar el país… mientras otros siguen gobernándolo.

    Hasta aquí los deportes; país de mierda.

    @elmandelacamara

  • Eloy de la Iglesia: filmar con el cuerpo en llamas

    Eloy de la Iglesia: filmar con el cuerpo en llamas

    Eloy de la Iglesia: cine, prejuicio y conflicto en el cine español

    A Eloy de la Iglesia se le suele llamar el director maldito del cine español. Una etiqueta cómoda para no mirar de frente su obra. Lo “maldito” tranquiliza: convierte el conflicto en folclor y el riesgo en anécdota. Pero Eloy no fue un mito ni un caso clínico. Fue un cineasta que decidió filmar desde donde duele.

    Él mismo lo dijo sin rodeos: al final se le conoce por heroinómano, cuando también fue comunista, director de cine y maricón, y por ninguna de esas otras cosas se le reconoce. Esa frase no es una confesión; es una acusación. El prejuicio no analiza, clasifica. No ve cine, ve pecados. Y cuando encuentra uno, borra todo lo demás.

    Eloy sabía perfectamente que su cine no iba a caer bien. En una ocasión afirmó que siempre fue problemático, conflictivo y difícil. No porque quisiera provocar por deporte, sino porque filmar lo que se oculta nunca puede ser cómodo. Su cine no busca reconciliación ni consenso: busca fricción. En una España que salía del franquismo con los cuerpos aún vigilados y la moral intacta, Eloy apuntó la cámara hacia lo que seguía prohibido, aunque ya no se dijera en voz alta: el deseo fuera de norma, la droga sin glamour, la miseria sin metáfora, la calle sin épica.

    Los señalamientos no fueron un accidente en su carrera; fueron el paisaje. Gay, comunista, heroinómano, cineasta. Cuatro palabras suficientes para invalidarlo ante la crítica respetable. Mientras lo reducían al escándalo, Eloy hacía cine. Cine frontal, incómodo, sin la coartada del simbolismo elegante. Cine que no mira desde arriba ni desde lejos, sino desde adentro.

    Su paso por las drogas fue un momento turbio, real, corporal. No el mito romántico del artista autodestructivo, sino la experiencia concreta de un cuerpo al límite. Pero Eloy salió adelante. No para redimirse ni para convertirse en ejemplo moral, sino para seguir filmando. No pidió absolución. No pidió comprensión. Continuó. Y eso fue lo verdaderamente intolerable.

    Porque al sistema le gusta el artista caído, pero no el que regresa sin arrepentirse. Le gusta el castigo, no la persistencia. Eloy no se acomodó al relato edificante. Siguió haciendo cine que incomoda, como quien se limpia el culo con los prejuicios: sin respeto, sin ceremonia, sin diálogo.

    Esa imagen no es vulgaridad gratuita. Es política pura. El prejuicio, elevado siempre a verdad moral, es reducido a residuo. Se usa y se desecha. No se discute. Desde ahí nace una filmografía que no explica, no educa, no consuela. No hay héroes ejemplares ni finales tranquilizadores. Hay sistemas rotos y sujetos atrapados. Y el espectador queda solo, sin salida fácil.

    Eloy de la Iglesia no necesitó que lo entendieran. Le bastó con filmar. En un cine cada vez más preocupado por agradar, por no incomodar, por no molestar a nadie, su obra sigue siendo incómoda porque sigue siendo honesta. Y eso, todavía hoy, sigue jodiendo.

    Vean cine y desgonorréense.

    @elmandelacamara

  • ¿Qué es un bebé? 

    Una factura más; que chilla. 

    Un bebé es

    el recordatorio con pañales

    de que el amor también llega en cuotas.

    Un poema sin corrector ortográfico,

    una sirena biológica a las tres de la mañana,

    una criatura diminuta con el talento innato

    de vaciar cuentas y llenar silencios.

    Sí: una factura más.

    Pero viva.

    Con intereses emocionales altísimos

    y una risa que, a veces,

    perdona la deuda.

    La vida no pregunta si puedes pagarla.

    Te la envía llorando.

    Y aun así —maldita sea—

    hay gente que sonríe al abrir el sobre.

  • EL ODIO A PENSAR

    EL ODIO A PENSAR

    Pensar es traición.

    No a la patria, ni a la bandera, ni a Dios:

    traición al rebaño.

    La masa no odia al corrupto, ni al invasor, ni al político mentiroso.

    Odia al que no juega.

    Al que no grita consignas.

    Al que no elige bando como si fuera equipo de fútbol.

    Al que no necesita permiso para dudar.

    La politiquería es una religión barata:

    tiene dogmas, herejes y linchamientos públicos.

    No importa el color del trapo: todos exigen fe ciega.

    Pensar es apostasía.

    Preguntar es pecado.

    Callar y observar es terrorismo intelectual.

    Las redes sociales son la catedral.

    Ahí la perramenta inmunda va a comulgar odio todos los días.

    Gratis. Ilimitado. Algorítmico.

    No leen: reaccionan.

    No entienden: escupen.

    No viven: replican.

    Creen que participan en la historia

    porque escribieron un hilo,

    porque compartieron un meme,

    porque pusieron una bandera en el perfil.

    Mientras tanto,

    los mismos de siempre saquean, bombardean, negocian, sonríen.

    Y el pobre defiende al verdugo como si fuera primo.

    Cerrar redes no es postureo espiritual.

    Es autodefensa.

    Es negarse a que te alquilen el cerebro por dopamina barata.

    Es rechazar la indignación en cuotas.

    Por eso te odian.

    No porque seas comunista, ni zurdo, ni mamerto.

    Sino porque no sos útil para el sistema del ruido.

    No sos carne de trending topic.

    No sos soldado digital.

    No sos imbécil funcional.

    Instagram queda como el último pecado tolerable.

    Imagen. Silencio. Distancia.

    Aún hay mirada, no solo baba.

    Lo demás es ruido:

    X es rabia con Wi-Fi,

    Facebook es miseria emocional envejecida,

    TikTok es lobotomía en cuotas,

    LinkedIn es servilismo lubricado con sonrisas falsas.

    Pero hay otra dopamina.

    La que no te venden.

    La verdadera dopamina es ayudar al prójimo.

    Es trabajar en todo lo que sabés hacer

    y aprender nuevos skills sin pedir permiso.

    Es sentirse útil para muchos.

    Es que te llamen o te escriban porque te necesitan,

    no porque opinaste, sino porque resolvés.

    Es que te paguen por tus servicios

    porque tu trabajo vale, no porque gritás más duro.

    Es montar en bicicleta y sentir el cuerpo vivo.

    Es hablar con la gente que cree en vos,

    en tu trabajo,

    en tus skills,

    no en tu perfil.

    Esa dopamina no esclaviza.

    No te embrutece.

    No te deja vacío.

    Esa dopamina te lleva lejos.

    Pensar te deja solo, sí.

    Pero también te vuelve libre.

    Y en un mundo de animales furiosos con celular,

    eso ya es una victoria silenciosa.

    Reflexión:

    El odio a pensar no es ideológico.

    Es miedo.

    Miedo a quedarse solo,

    a descubrir que toda esa rabia era prestada,

    a darse cuenta de que nunca fue libre, solo obediente.

    Pensar no me hizo mejor persona.

    Me hizo responsable.

    Me quitó enemigos fáciles,

    me quitó consignas,

    me dejó frente al espejo sin aplausos.

    Por eso jode.

    Por eso molesta.

    Por eso atacan.

    Mientras otros se drogan con ruido y dopamina barata,

    yo encontré la real:

    trabajar en lo que sé,

    aprender más,

    ayudar,

    mover el cuerpo,

    ser útil,

    que me busquen porque resuelvo

    y que me paguen porque mi trabajo vale.

    Pensar no da likes.

    No da tribu.

    No da pertenencia.

    Pero da algo que esta época no perdona:

    una vida que avanza sin pedir permiso.

    Pensar no es una postura.

    Es una ruptura.

    El problema nunca fue lo que pensás,

    sino que ya no sos manipulable,

    que no reaccionás,

    que no jugás al odio por turnos.

    En un mundo que premia al idiota ruidoso,

    pensar es desertar.

    Y el desertor siempre será el enemigo.

    Pero también es el único

    que no vive arrodillado.

    @elmandelacamara

  • El gore sagrado y el hippie peligroso

    El gore sagrado y el hippie peligroso

    Mi primera imagen gore no fue una portada de metal ni un VHS prohibido.

    Fue un altar.

    Un cuerpo desnudo, reventado, sangrando lento, colgado para siempre.

    Domingo en la mañana. Niños sentados. Silencio obligatorio.

    Y la regla de oro: no preguntes.

    Eso no era fe.

    Era pedagogía del miedo.

    La Iglesia hizo algo brillante y siniestro: tomó a un tipo incómodo y lo convirtió en decoración. Al rebelde lo volvió vitrina. Al mensaje, carne. Al pensamiento, sangre seca. Porque cuando miras el dolor, dejas de escuchar la idea.

    Jesucristo no fue un místico light. Fue un hippie pobre, pacifista, mamerto para su época. Caminaba con el pueblo, hablaba de pan repartido, de ricos sudando para entrar al cielo, de templos convertidos en negocios. Un tipo así no muere de viejo. Lo matan. Siempre lo matan.

    No lo crucificaron por amor.

    Lo crucificaron por peligroso.

    El capital no perdona a quien señala la caja registradora del templo. El poder no tolera a quien le dice al pueblo que no necesita intermediarios. Y entonces vino la jugada maestra: cambiar la causa por el castigo. Que nadie recuerde lo que dijo; que todos miren cómo sangra.

    Así nació el gore sagrado.

    Un frigorífico moral: el cadáver colgado, la culpa empaquetada, la absolución con precio. El pecador de sotana administra el horror como gerente: reparte miedo, cobra silencio, bendice obediencia.

    Lo verdaderamente obsceno no es la sangre.

    Es que la llamaron amor.

    A un niño no le explican por qué ese cuerpo está ahí. Porque si pregunta, se cae el negocio. Si pregunta, entiende que Dios no necesitaba sangre; el poder sí. Que la cruz no es símbolo de fe, sino advertencia política: “esto le pasa a quien se pone del lado del pueblo”.

    Convirtieron al mensaje en espectáculo para que nadie lo copie.

    Mira el sufrimiento. No imites la rebeldía.

    Reza. No cuestiones.

    Arrodíllate. No organizes.

    Y funciona. Funcionó siglos.

    Pero crecer es ver detrás del telón. Entender que el hippie de la cruz está ahí no por divinidad, sino por coherencia. Por no tranzar. Por no vender el discurso. Por preferir a los pobres antes que al capital y su corrupción perfumada.

    Jesús fue problema.

    La cruz fue solución para el sistema.

    Hoy lo cuelgan en paredes mientras su mensaje está prohibido en la práctica. Aman el cuerpo, odian la idea. Besan la herida, ignoran la justicia. Celebran la muerte y le temen a la vida que proponía.

    La fe no era gore.

    El poder la volvió carnicería.

    Y lo más irónico: si ese hippie volviera hoy,

    lo volverían a crucificar.

    Esta vez con cámaras HD, hashtags piadosos

    y un diezmo digital.

    Amén.

    Y ahora sí, pensemos.

    @elmandelacamara

    me mostraron un cadáver para que obedeciera

  • MANIFIESTO SIN RODILLERAS

    No milito.

    No voto con fe.

    No me arrodillo por contrato ni por promesa.

    En este país la ideología es un uniforme que se cambia cuando llaman de talento humano.

    Vi a los incendiarios volverse funcionarios.

    A los que gritaban “resistencia” aprender a decir “gracias, doctor”.

    Vi la rabia convertirse en Excel

    y la ética en firma digital.

    Aquí no se lucha: se consigue puesto.

    No se protesta: se escala.

    No se piensa: se repite el libreto del que paga.

    Me vale mierda el político,

    el de antes, el de ahora y el que viene con sonrisa nueva.

    Todos hablan de pueblo

    mientras negocian lejos del pueblo

    y regresan solo para la foto.

    No usé rodilleras.

    No supe —ni quise— lamerle el ego a un parásito con poder temporal.

    Perdí contactos, perdí plata, perdí “oportunidades”.

    Pero no perdí la cara ni el asco.

    Ser íntegro en Colombia es quedar por fuera del festín.

    Ser crítico es ser “problemático”.

    Ser libre es ser pobre.

    Y aun así, prefiero este frío a ese calor de oficina que huele a saliva ajena.

    No soy ejemplo.

    No soy mártir.

    Soy un tipo que decidió no convertirse en decoración del poder.

    Que otros se arrodillen,

    que otros facturen la dignidad en cuotas,

    que otros callen a tiempo para durar.

    Yo no.

    Yo me quedo incómodo, lúcido, sin padrinos.

    Con la espalda recta.

    Sin rodilleras.

    Sin miedo.

    Porque el día que todo se caiga —y siempre se cae—

    los que estuvieron de pie

    no tendrán que aprender a caminar otra vez.

    @elmandelacamara

    políticamente inútil, moralmente intacto.

  • Ideologías de saldo en una Latinoamérica endeudada.

    En pleno 2025, separarse en derechas e izquierdas sigue siendo el deporte favorito del pobre. No del pobre de bolsillo —que eso se arregla o no— sino del pobre de poder, del que no decide nada pero opina de todo. El que no mueve una ficha real, pero grita como si estuviera en la mesa grande. El que confunde participación con ruido.

    Mientras el rico no discute ideología, la administra.

    No milita: invierte.

    No pelea en redes gratis: financia campañas, dicta leyes, cena tranquilo y duerme mejor.

    El pobre, en cambio, se divide. Se fragmenta. Se enfrenta con otro pobre por banderas que no le pertenecen, defendiendo colores que jamás le van a cubrir la espalda.

    Derecha o izquierda es una ilusión útil: dos camisetas del mismo equipo jugando en cancha ajena. El árbitro siempre es el mismo y nunca pita a favor del que suda. Pero igual se grita el gol imaginario, porque creer da identidad, aunque no dé de comer.

    Luego están los repetidores de consignas: los que hablan de comunismo como si por pronunciar la palabra correcta les fueran a consignar algo. Loros con Wi-Fi. Revolucionarios de plan de datos. Defienden líderes que no saben que existen y confunden conciencia de clase con copiar frases mal digeridas. El político no reparte pan: reparte discursos. El pobre los mastica, los traga y sigue con hambre.

    Y al otro extremo, los arqueólogos del miedo: los que todavía usan “comunismo” en 2025 como si fuera una amenaza activa, como si mañana les fueran a quitar la nevera… nevera que aún están pagando a 36 cuotas. Señalan un fantasma viejo para no mirar el presente: un capitalismo precario donde no eres empresario ni obrero consciente, sino cliente cautivo. Endeudado. Medido por algoritmos. Exprimido con sonrisa corporativa y letra chiquita.

    La verdad incómoda es esta:

    el comunismo no les quitó nada.

    La derecha no los va a salvar.

    La izquierda no los va a redimir.

    La realidad sí los está cobrando, todos los días.

    El sistema actual no necesita ideología fuerte; necesita ignorancia funcional. Necesita pobres discutiendo símbolos mientras firman créditos. Necesita militantes emocionales, no ciudadanos lúcidos. Porque pensar cuesta más que gritar. Leer duele más que repetir. Pero el que piensa deja de ser eco y empieza a ser voz.

    No es cinismo.

    Es lucidez.

    Y la lucidez incomoda porque obliga a ver la jaula completa.

    En 2025, el verdadero peligro no es una ideología muerta ni un eslogan reciclado.

    El peligro es no entender dónde estás parado.

    Y hoy el piso se llama deuda, algoritmo y trabajo sin futuro.

    Menos consignas.

    Menos fantasmas.

    Más comprensión brutal del presente.

    Porque la libertad no se proclama.

    Se entiende.

  • Dios no bombardea; los hombres sí (pero les encanta firmar con su nombre)

    Hay algo tragicómico en la historia humana:

    cada vez que un poderoso quiere matar, conquistar o arrasar, siempre aparece un dios convenientemente de acuerdo.

    Qué magia tan práctica.

    Qué ventriloquía tan divina.

    Ningún dios baja con un dron.

    Ningún dios presiona un botón.

    Ningún dios firma órdenes militares.

    Eso lo hacen los hombres — pequeños, inseguros, hambrientos de importancia — pero con un libro sagrado bajo el brazo para justificar el incendio.

    La historia es clara y sanguinaria:

    pueblos borrados, culturas aplastadas, cuerpos convertidos en advertencias.

    No por amor al cielo.

    Por amor al poder, la tierra, el control.

    Porque decir:

    “Queremos quitarles todo porque nos dio envidia.”

    no suena épico.

    Entonces inventaron el decreto:

    “Dios lo pidió.”

    Y ahí sí la sangre se vuelve sacramento,

    las ruinas se vuelven destino,

    y la violencia se vuelve misión divina.

    Pero la verdad es menos mística y más miserable:

    Matar en nombre de algo invisible es más cómodo que admitir la propia codicia.

    Lo invisible no reclama.

    Lo invisible no exige.

    Lo invisible no contradice.

    Cada uno lo usa como megáfono de su ego — y se lava las manos.

    Voy a decirlo claro:

    Dios no pidió bombardear pueblos.

    Dios no pidió fronteras ni himnos.

    Dios no pidió enemigos.

    Eso lo pidió el miedo.

    Eso lo pidió la ambición.

    Eso lo pidió la inseguridad de ser nadie.

    Si ese dios existe, debe estar cansado de que lo culpen por crímenes que nunca aprobó.

    Debe tener las manos limpias.

    Las manchas son nuestras.

    No por religión.

    Sino porque esta especie no tolera ser igual a otra.

    Necesita dominar, humillar, poseer.

    El primer pecado no fue comer una manzana.

    Fue creer que merecíamos más que los demás.

    @elmandelacamara

  • El país que se limpió con miedo

    Yo me acuerdo.

    Y el país también, aunque se haga el bobo.

    El día en que llegó el “virus”,

    la gente no corrió a comprar comida, dignidad o libros.

    Corrió por papel higiénico.

    Como si el fin del mundo fuera un derrame de culo colectivo.

    Se reveló la jerarquía moral:

    Dios, patria, familia, y doble hoja extra suave.

    La clase obrera con pretensiones de alta sociedad

    se atrincheró en el baño,

    como si la libertad estuviera enroscada en un tubo de cartón.

    La revolución del glúteo limpio.

    La defensa nacional desde la taza de loza fría.

    Ahí entendí todo:

    No se trataba del virus.

    Se trataba del miedo a ensuciar la imagen.

    Ese miedo viejo.

    Ese que guardan detrás de la foto con sonrisa

    y la frase motivacional de Pinterest.

    Y después,

    cuando el país eligió a un guerrillero

    en vez del mismo corrupto reciclado de siempre,

    los generales del rollo empezaron a gritar:

    “¡Se acabó Colombia!”

    Colombia, mi amor, ya se había acabado

    cuando se reemplazó la lectura por la cadena de WhatsApp.

    Cuando la religión se volvió excusa para odiar.

    Cuando la pobreza se disimuló con iPhone en cuotas.

    Cuando la dignidad se cambió por “envío gratis”.

    No me hablen de patria.

    La patria la vimos temblar en fila en el Éxito,

    con el carrito lleno de papel y el pensamiento vacío.

    Y sí, quedó Petro.

    Guerrillero, poeta frustrado, hombre roto,

    lo que quieran.

    Pero por lo menos,

    tiene más historia que los que se indignan desde el sofá.

    Porque la clase obrera que lo critica

    cree que la revolución es tuitear indignación

    y esperar likes como hostias consagradas.

    No entendieron nada:

    El país no se destruye por un presidente.

    Se destruye cuando la gente solo defiende

    lo que sale por el culo

    y nunca lo que sale por la boca.

    Yo, en cambio,

    yo me quedo escribiendo.

    Nombrando.

    Recordando.

    Porque hay memoria en cada palabra.

    Y hay poder en cada herida que uno decide no ocultar.

    Y si este país se va a la mierda —otra vez—

    pues que sea con los poemas limpios

    y no con la conciencia cagada.

    @elmandelacamara

  • Ah, Popotá: donde el helado se derrite más lento que la neurona promedio en hora pico.

    Dos chicos se dan un beso —un instante tierno, suave, privado— y la doña, la guardiana auto-proclamada del pudor, entra en modo alarma sísmica: ¡Código Arcoíris! ¡Código Arcoíris!

    Le vibra el rosario, se le tuerce el labial barato y sale ese grito ancestral heredado de todos los chismes de barrio:

    “¡Respeto, respeto!”

    Mientras ella misma hace el show más grotesco del lugar.

    Y ahí van los mantecos de X (antes Twitter, ahora basurero digital autorizado) a convertir el suceso en guerra santa pixelada.

    Esos mismos que predican amor pero con un machete en la mano.

    “En el nombre de Dios,” dicen, como quien unta veneno en una hostia.

    La repulsión no fue al beso,

    fue al espejo.

    Porque ese beso les recuerda

    todo lo que ellos no se atreven a sentir, vivir, ni aceptar.

    Que ellos sigan besándose.

    Que se tomen la ciudad a punta de un gesto simple y libre.

    El escándalo nunca fue el amor.

    El escándalo siempre fue la mediocridad creyéndose guardiana de lo moral.

    AHÍ LES DEJO MALPARIDOS; y sigan señalando, juzgando y predicando amén en misas de mierda.

    @elmandelacamara

  • El botín nunca fue tuyo

    @elmandelacamara

    Hacen la guerra, la bautizan como “genocidio” para legalizar la masacre.

    Se sientan en mesas de mármol los del 1%, esos multimillonarios sin patria ni bandera,

    y entre copa y copa se reparten el planeta como si fuera pan de esquina.

    Mientras tanto, abajo, en la cloaca digital,

    los pobres aplauden desde sus redes gratuitas,

    se inventan terroristas, se tragan el cuento,

    y la plaga con Wi-Fi ovaciona su propia desgracia.

    Y cuando llegue la repartija…

    ¿Adiviná quién no verá ni las migajas?

    Exacto: vos, clase obrera asalariada,

    con tu celular a cuotas, tus redes GRATIS y tu vida hipotecada.

    Manteco.

  • FELIZ DÍA, GONORREAS

    si usted tiene redes

    que abrió GRATIS,

    no debería separarse por políticos.

    usted es clase obrera,

    asalariada,

    endeudada,

    y —en la mayoría de los casos—

    adoctrinada.

    madura, hijueputa.

    que los políticos ni saben

    quién puñetas es usted.

    ni vivos,

    ni muertos.

    los unos se llenan los bolsillos,

    los otros se pudren en mármol,

    y usted allá —llorando a unos y odiando a otros—,

    como idiota útil,

    como fan sin escenario.

    mientras usted discute en comentarios,

    se mata por ideologías prestadas,

    los de arriba se ríen,

    brindan con su salario,

    y apuestan a que siga creyendo.

    porque usted no vota:

    usted se arrodilla.

    no opina:

    repite.

    no lucha:

    comparte frases huecas

    en redes que ni son suyas.

    así que sí,

    feliz día, gonorreas,

    porque la fiesta sigue

    y los payasos

    siempre seremos nosotros:

    la clase obrera

    que tiene que trabajar.

    @elmandelacamara

  • La amistad que nunca existió

    Sin Fakebook estas muerto pero necesario.

    Cumplí 42 años y no hubo llamadas, ni mensajes, ni “feliz cumpleaños” de los que un día se llenaron la boca llamándose amigos. No fue un error, fue la prueba más pura: sin un algoritmo que los empuje, no existo en su memoria. El famoso “recordatorio de cumpleaños” murió conmigo cuando me suicidé digitalmente en esa morgue llamada Facebook.

    Lo que quedó es la radiografía de una época podrida: la amistad tercerizada a un bot, el afecto tercerizado a una notificación, la cercanía tercerizada a una reacción de pulgar azul. Ahí está la farsa desnuda: no éramos amigos, éramos contactos; no éramos cercanos, éramos avatares; no compartíamos vida, compartíamos scroll.

    Lo duro no es el silencio del día, sino la evidencia: si la tecnología se apaga, también se apagan ellos. No se trata de olvido, sino de que nunca estuvieron. Eran hologramas sociales que el sistema vendió como afectos, pero solo eran humo.

    Hoy me queda claro: no me faltó nadie, me sobró ficción. La soledad no la creó el silencio, la creó la mentira de creer que estábamos acompañados. Y ese es el veneno más dulce de la era digital: hacernos creer que tenemos red, cuando en realidad estamos colgados de un hilo podrido.

    Yo, a los 42, lo confirmé: matar mi perfil fue el único acto de verdad. El resto ya estaba muerto mucho antes que yo me desconectara.

  • El mismo teatro, distinto escenario

    25 de septiembre de 2025 – 11:57 p.m.

    (A la hora exacta en que a este güevón solitario se le revolcó la mollera para escribir todo esto).

    @elmandelacamara

    Acá, en la soledad de no tener amigos, pareja, ni familia —solo mi madre dormida en el cuarto de abajo— uno se pone a pensar en lo que pasa afuera. No en el barrio, no en la ciudad, sino en Palestina, en esas tierras donde el 1% multimillonario juega a la guerra como si fuera un videojuego, como si fuera Risk; con soldados pobres como fichas y civiles hambrientos como daño colateral.

    Los de uniforme son pobres reclutados, los que mueren sin uniforme son pobres olvidados. La diferencia es el disfraz: a unos los llaman héroes, a otros terroristas, pero al final ambos terminan en la misma fosa. Y arriba, en las oficinas con aire acondicionado, ese 1% firma contratos, vende armas, cobra regalías y brinda con whisky caro sobre la sangre de pueblos enteros.

    Se suponía que la plandemia —ese circo mundial hecho por el mismo 1%— nos iba a volver mejores personas. Eso repetía la plaga obediente, la misma que aplaudía desde los balcones mientras se dejaba domesticar con tapabocas-bozal y cadenas digitales. Pero no: no nos hizo mejores. Nos hizo más dóciles, más controlables, más listos para aceptar la siguiente mentira envuelta en titulares.

    No es nuevo. Lo mismo pasó con Irak, Irán, Afganistán. El tío Sam se inventó dictadores, fabricó villanos de cartón y justificó masacres con el cuento barato de “impartir democracia”. La realidad era otra: petróleo. Y para que la plaga creyera, ahí estaban los noticieros con sus Fake News de hombres inmolándose, mujeres llorando y soldados sonrientes repartiendo chocolatinas a niños. Entretenimiento bélico para la audiencia global.

    Hoy Palestina es el escenario. Ayer fue Bagdad. Mañana será otro desierto, otra selva, otra ciudad con recursos estratégicos. El guion no cambia:

    Primero demonizan al enemigo. Después lanzan bombas “inteligentes” que matan niños. Luego llegan las constructoras y petroleras a levantar sobre las ruinas su verdadera misión: extraer riqueza.

    Y la plaga… la plaga mira, comenta, se indigna un rato en redes, pone la banderita del país de moda en el perfil, y después sigue tragando hamburguesa y comprando gasolina barata, subsidiada con cadáveres.

    La guerra ya no necesita excusas. Es negocio, es rating, es show. Y mientras sigamos siendo espectadores pasivos, este teatro de muerte seguirá repitiéndose, con distintos nombres, distintos villanos y el mismo final: pobres matando pobres para que los ricos sigan siendo dioses.

    La guerra siempre será el mismo guion: pobres matando pobres para que los ricos vivan como dioses.

    El problema no es que el 1% mienta. El problema es que en el 99% muchos se lo cree, lo aplaude y lo repite… como BOBOS HIJUEPUTAS.

    Y parafraseando a César Augusto Londoño:

    “Hasta aquí los deportes, mundo de mierda; y sigan rezándole a Alá, Yahvé, Jesús y todos esos. De seguro están felices de ver IMBÉCILES matándose y pusilánimes aplaudiendo.”

    Con la misma voz cansada de locutor radial que anuncia el fin del mundo y el inicio de la tanda de comerciales baratos:

    Se despide, con gusto y desdén,

    elmandelacámara

    Sigan en sintonía… que después viene música para idiotas.

  • El cielo privatizado: la multa siempre es para el pendejo

    La burocracia en este lupanar llamado aeropuerto es una comedia negra escrita por idiotas y actuada por pobres con tiquete en mano.

    Si tú llegas tarde, te ponen la marca de Caín: multa, lista de espera, sermón con cara de culo y la eterna lección de “sea puntual, señor pasajero”.

    Pero si la aerolínea llega tarde, retrasa los vuelos, ahí sí el cuento cambia. Te hacen esperar como un güevón horas enteras, te sueltan excusas recicladas —“condiciones técnicas”, “reprogramación operativa”, “fenómenos climáticos”— y al final te dan un aplauso invisible: gracias por su paciencia, querido cliente.

    El cinismo vuela en primera clase. El usuario es esclavo con boarding pass y la aerolínea es el amo feudal que cobra tributo. Porque aquí las reglas son simples: el retraso del pasajero se paga, el retraso de la aerolínea se aplaude.

    Y nadie les cobra una multa, nadie les abre un proceso, nadie los pone en una lista negra. A ti sí, a ellos nunca.

    La conclusión es clara: viajar en avión en este país no es transporte, es humillación de altura.

    El pasajero es la carne de cañón, la aerolínea el verdugo corporativo.

    MALPARIDOS DE MIERDA

  • 533 millones de pruebas de tu esclavitud digital

    Fakebook, la plaga conectada

    I. Introducción: el corral digital

    Fakebook nació como una red universitaria y terminó convertido en corral global. Un lugar donde la vida privada se volvió mercancía y la soledad se anestesia con “me gusta”. Pero la historia de esta plataforma no es solo de fotos y cumpleaños; también es de caídas estruendosas y vulneraciones masivas de datos que dejaron a millones desnudos en internet.

    Lo irónico: la plaga sigue ahí. Aunque sepan que son carne de algoritmo, no sueltan la cuerda del corral.

    II. Las caídas del gigante de barro

    2008 – 2009: primeras interrupciones globales, aún en la etapa de crecimiento.

    – 4 de octubre de 2021: la caída más recordada; seis horas sin Facebook, WhatsApp e Instagram. Un error en las rutas BGP dejó a medio planeta incomunicado, y a Mark Zuckerberg perdiendo millones por minuto.

    – Marzo de 2024: otra caída global, de unas 2 horas, por culpa de una herramienta de configuración automática. Estas son las grandes, pero entre medio hubo decenas de apagones parciales. La fragilidad se volvió rutina.

    III. Vulneraciones y filtraciones: la carnicería de datos

    La lista es un museo del horror:

    2013: más de 6 millones de cuentas expuestas por un fallo que revelaba información de contacto.

    2018 – Cambridge Analytica: 87 millones de perfiles usados sin permiso para manipular votantes en EE.UU. y el Brexit. La democracia convertida en experimento de mercadeo.

    2019 (agosto): un servidor abierto al público expuso 419 millones de registros con IDs y números de teléfono. 2019 (diciembre): 267 millones de datos de usuarios (IDs, números, nombres) filtrados en foros de hackers. 2021 (abril): la joya de la corona: 533 millones de usuarios de 106 países, con números de teléfono, ubicaciones y cumpleaños, puestos en venta en la dark web. Cada filtración fue “grave”, pero la respuesta de los usuarios fue… seguir conectados.

    IV. La paradoja de la plaga

    Fakebook se cae, roba, filtra, expone y manipula. Y sin embargo, la plaga permanece fiel, compartiendo oraciones en cadena y peleando por políticos que jamás los leerán.

    ¿Por qué? Porque la costumbre pesa más que la dignidad. Porque la notificación roja vale más que la privacidad. Porque el miedo a desaparecer del “mundo digital” es mayor que el miedo a que te roben hasta el número de calzones.

    V. Conclusión: el espejo sin “likes”

    Cada vulneración es un recordatorio de que Fakebook no es gratis: se paga con datos, intimidad y libertad. Pero el rebaño prefiere el corral iluminado a la intemperie incómoda.

    La red social más grande del mundo es también el mayor espejo del conformismo: saben que los ordeñan, saben que los observan, saben que son mercancía… pero sonríen y aplican filtro.

    El día que se desconecten, el espejo se romperá.

    Y ahí sí, no habrá “like” que los salve.

    @elmandelacamara

    El que ya no sabe qué es ‘en qué estás pensando’ y ni recibirá mensajes de desconocidos por su cumpleaños recordado al azar por una automatización.

  • El eterno refrito: platanal S.A. presenta “Betty la fea 3”

    En este país donde los libretistas parecen criados a punta de refrito y arroz con huevo, la creatividad está tan escasa como el dólar barato. No contentos con revivir a Betty una vez, ahora se lanzan a la osadía de traerla por tercera temporada. Sí, la misma historia de la fea que se volvió bonita, que luego fue mamá y ahora, quién sabe, tal vez abuela.

    La estrategia es tan descarada que ni la tapa de Café con aroma de remake se les cayó de la cara. Ah, cierto… esa ya la hicieron y les fue como el culo. Pero como aquí lo que se repite no es la innovación sino el error, pues vamos de nuevo: ¡que venga más Betty, más nostalgia, más leche de la misma vaca!

    El problema no es Betty, que en su tiempo fue brillante, ácida y hasta revolucionaria. El problema es que veinte años después, en lugar de nuevos personajes, voces frescas y libretos que hablen de este país que se cae a pedazos, prefieren seguir ordeñando el mismo chiste viejo.

    Pero tranquilos, que lo próximo será Pedro el escamoso multiverso, Café con aroma de recalentado y Yo soy Betty, la bisnieta. Porque en este platanal S.A. la televisión se hace con miedo: miedo a lo nuevo, miedo a fracasar, miedo a que el público descubra que la creatividad ya está enterrada.

    Mientras tanto, el espectador queda condenado a ver refritos con olor a nostalgia rancia. Y los libretistas… pues siguen puliendo el talento de copiar-pegar.

    Aunque sabemos que en este chiquero, la gente es feliz viendo refritos, realitys y maricadas en TV nacional o plataformas.

  • JAMÁS ME PONDRÉ ESA MUGROSA CAMISETA

    Esa camiseta amarilla, vendida como “símbolo de patria”, no es más que un uniforme de masoquismo colectivo.

    La usan para inflar el pecho, para cantar un himno con lágrimas en los ojos, para disfrazar de ilusión lo que siempre termina en derrota.

    Pero no es solo por el fútbol.

    Es porque esa tela está manchada con sangre.

    En 1994, un país enfermo de fanatismo y pólvora mató a Andrés Escobar por un autogol.

    Ese día, el color amarillo dejó de ser alegría y se volvió vergüenza.

    Esa camiseta representa el negocio sucio de dirigentes corruptos, el lavado de dinero disfrazado de pasión, la manipulación del pueblo a punta de goles que nunca llegan y derrotas que siempre culpan a alguien más.

    Por eso jamás me la pondré.

    Porque no quiero cargar con un símbolo podrido.

    Porque no me representa un país que olvida a sus muertos, que aplaude a sus verdugos y que sigue bailando sobre su propia miseria cada vez que rueda un balón.

    No es orgullo.

    Es circo.

    Y ese circo lo sostienen con sangre.

  • Manifiesto de los que siempre fuimos obreros

    @elmandelacamara

    La clase media no existe.

    Nunca existió.

    Nunca existirá.

    Es un espejismo inventado para adormecer al obrero que se quiebra la espalda,

    para que crea que con una tarjeta de crédito o un televisor en cuotas

    deja de ser lo que siempre fue:

    mano barata, carne de máquina, engranaje descartable.

    Nos vendieron la mentira de que había escalones,

    cuando en realidad solo había sótanos.

    Nos hicieron creer que estábamos subiendo,

    pero lo único que hicimos fue aprender a sonreír en la jaula.

    Aquí, en este moridero,

    los que dicen ser “clase media” no son más que obreros con disfraz:

    pagan arriendo, se endeudan en 20 años por un apartamento de 40 metros,

    viajan una vez a Melgar y se sienten jet set,

    piden domicilios y creen que son patrones,

    cuando el verdadero patrón es el banco que los exprime

    y el Estado que los exprime más.

    Clase media es una palabra de consuelo.

    Un placebo.

    Una estafa lingüística.

    Un espejo roto donde los obreros se maquillan las cadenas.

    Somos clase obrera,

    siempre lo fuimos.

    Desde el que barre la calle hasta el que “dirige proyectos” con salario fijo y jefe encima,

    todos vendemos el mismo tiempo,

    las mismas horas que no vuelven,

    la misma sangre barata para sostener la fiesta de unos pocos.

    Este moridero no tiene medias tintas:

    o eres el que ordena,

    o eres el que obedece.

    Y nosotros, los de abajo, seguimos pagando la cuenta.

    La clase media es el disfraz que nos obligaron a comprar.

    El traje de domingo que usamos para ocultar que la semana nos devora.

    El mito con el que quieren callar nuestra rabia.

    Y desde la plandemia ya no hay forma de maquillar la desigualdad ni la pobreza:

    la mentira quedó desnuda,

    el hambre se volvió viral,

    y el disfraz de “clase media” se deshizo como papel mojado.

    Hoy lo grito sin metáforas dulces:

    la clase obrera no necesita aspiraciones de cartón.

    Necesita dignidad, salario justo,

    y el derecho de no ser invisibles.

    ¡Que arda el mito de la clase media!

    ¡Que tiemble la banca, el patrón y el Estado parásito!

    ¡Somos clase obrera y no pedimos permiso: exigimos justicia!

    ¡No hay medias tintas, solo barricada!

    Ahí les dejo ese trompo en la uña… GONORREAS

  • Un poeta no es excepción, es la regla

    @elmandelacamara

    El espejismo de Cannes

    Un poeta caído en desgracia, celebrado en Cannes como si fuera una joya escondida, no es una rareza: es la rutina del platanal. La historia de un hombre que se hunde porque no tiene padrinos ni rodilleras, porque no pertenece al club de apellidos ni a la hermandad de aduladores, es el espejo de miles de vidas invisibles en Colombia.

    Aquí el talento no se cultiva: se tritura. La meritocracia es un chiste de mal gusto. La cultura no es comunidad, es camarilla. Y la solidaridad se acaba en el selfie de festival.

    El cementerio de proyectos

    El país se vende como “cuna de artistas”, pero funciona como cementerio. Poetas que nunca publican, cineastas con guiones en gavetas empolvadas, pintores que terminan en cafés de barrio mientras los menos talentosos —pero mejor conectados— cuelgan en museos.

    La cultura en Colombia es un campo de batalla amañado: no gana quien crea, gana quien conoce a quién invitar a la mesa.

    El aplauso hipócrita

    Y entonces llega Cannes, aplaude la desgracia como “cine poético”, y de repente el país entero se infla de orgullo. La misma gente que jamás habría apoyado a un poeta real, corre ahora a comprar boletas para ver a su versión ficticia.

    La misma sociedad que deja morir artistas en vida, se emociona cuando un extranjero valida la tragedia.

    Una regla, no una excepción

    En este país tercermundista donde los colombianos comen mierda con gusto, no hay redes de apoyo, solo burbujas de ego, envidias disfrazadas de crítica y un eterno “sálvese quien pueda”.

    Un poeta fracasado no es una excepción: es la regla.

    La película no revela nada nuevo. Solo recuerda lo que todos ya sabemos y preferimos callar: que aquí el fracaso del artista no es accidente, es sistema.

    #CineColombiano #Cannes #UnPoeta #EnsayoCrudo #ColombiaReal

    Vayan a cine; no sean como el latino promedio que solo va si es Hollywood y súper héroes refritos. 😎

  • MANIFIESTO DEL HUMO AUDIOVISUAL

    @elmandelacamara

    Todos los días “ruedan”.

    Todos los días “nuevo proyecto”.

    Todos los días “set, cámaras y felicidad”.

    ¿De verdad?

    No.

    La verdad es que nadie filma todos los días.

    Lo que filman es la misma toma, editada y reciclada mil veces

    para simular una vida de rodaje eterno.

    La industria no es esa fiesta infinita que venden en stories.

    La industria es esperar:

    esperar la llamada que nunca llega,

    esperar que el productor confirme,

    esperar que la plata aparezca,

    esperar que no se caiga todo un día antes de rodar.

    La industria es aguantar:

    las jornadas de 14 horas que nadie sube,

    los equipos cargados bajo la lluvia,

    el frío de un set a las 4 de la mañana,

    los contratos miserables disfrazados de “oportunidad”.

    Pero en Instagram todo brilla.

    Allí no se ven las deudas,

    ni la ansiedad de los que no trabajan hace meses,

    ni la rabia de ver a otros inflar su ego con humo.

    Allí todo es “acción”,

    todo es “making of”,

    todo es una película que nunca se estrena.

    ¿Y el público?

    Se lo tragan todo.

    Creen que esa vida perfecta es real.

    Creen que el audiovisual es glamour,

    cuando en verdad es sudor, cansancio y silencio.

    Por eso digo:

    el verdadero cine no cabe en una historia de 15 segundos.

    El verdadero cine no necesita postureo,

    necesita verdad.

    Y la verdad, colegas,

    es que mientras ustedes publican “rodajes diarios”…

    yo sé que están igual que yo:

    esperando la próxima llamada.

    ¡Después hablaremos de tarifas justas y explotación laboral!

  • País de mantecos con Wi-Fi

    Ojalá Petro entregue su mandato y llegue otro. ¿Me importa quién? No.

    Lo que me importa es que de una vez por todas alguien ponga a estos pobres a trabajar,

    porque ya cansa ver las redes infestadas de desocupados mantecos

    que aman y odian políticos como si fueran su papá o su dios.

    Este país no se hunde por el presidente de turno;

    se hunde por la plaga de opinadores con Wi-Fi

    que madrugan a hacer fila en el celular,

    pero no a trabajar.

    Que defienden a millonarios con rabia y saliva,

    pero siguen pobres, mal pagos y sin futuro.

    Colombia es un país donde el pueblo no piensa, reacciona.

    Donde la clase obrera cree que tiene voz

    porque repite lo que escuchó en Caracol, RCN, Blu o en el panfleto de su candidato.

    Y así, entre bombas fabricadas, atentados reciclados y promesas vacías,

    Botan por su propio verdugo.

    Aquí la izquierda promete justicia,

    la derecha promete orden,

    y la gente promete seguir siendo idiota.

    El verdadero problema no es Petro ni Uribe ni el siguiente títere:

    es la plaga que convierte el odio en trending topic,

    que se cree importante porque comparte memes políticos o selfies con políticos,

    pero no puede sostenerse sin un subsidio, un contrato basura

    o una cadena de WhatsApp que lo haga sentir “informado”.

    Este país no huele a mierda.

    Huele a mantecos desocupados con Wi-Fi,

    defendiendo banderas que nunca serán suyas,

    peleando por partidos que jamás los van a mirar,

    jugando a la política como si de eso dependiera su dignidad.

    Y mientras tanto, la dignidad sigue ausente.

    ¡País de bobos hijueputas!

    Y sigan agarrados por políticos; mantecos salario apretado.

  • Manifiesto del Polvo y la Risa

    @elmandelacamara

    En este país enfermo, la risa es delito y la cocaína es orgullo.

    La muñeca de la mafia jugó años a ser reina del humor negro, riéndose de la miseria ajena, de las cicatrices del pueblo, de la tragedia de otros.

    Pero cuando la desgracia aterrizó en su propio hangar, cuando la cocaína se convirtió en apellido y la avioneta en símbolo, ahí sí se ofendió.

    Entonces el humor dejó de ser “inteligente” y se volvió “difamación”.

    Qué conveniente:

    – El polvo vuela y se olvida.

    – El chiste duele y se demanda.

    Una ZOOciedad podrida aplaude el escándalo de la avioneta, pero castiga la sátira que lo desnuda.

    El mensaje es claro: ríete de todos… menos de mí.

    Colombia, circo eterno:

    Donde la coca es negocio y la comedia es crimen.

    Donde la ironía se paga en pesos, pero la cocaína siempre paga mejor.

    La doble moral de la “comediante” ahora demanda a FuckNews por burlarse de su avioneta. 😂🤣

    Hasta aquí los deportes PAÍS DE MIERDA.

  • ¿Por qué cuando queda un año del presidente actual empiezan los atentados y bombas pro campañas?

    Porque en la finca llamada Colombia (y en varias latitudes tercermundistas) el manual es siempre el mismo:

    Cuando a un presidente se le empieza a acabar el mandato, el poder real —ese que no sale en televisión, ni va en las urnas— necesita agitar el avispero. ¿Cómo? Con bombas, atentados, y miedo en la calle.

    ¿Por qué justo en ese último año?

    Miedo como campaña política: la sangre en titulares reaviva el discurso de “solo yo (o mi candidato) puedo protegerlos”. Reacomodo de fuerzas: las élites, los militares y los “dueños de la guerra” mueven las fichas para negociar con el siguiente gobierno. Ruido que tapa la podredumbre: mientras explotan carros bomba, nadie mira contratos inflados, corrupción o negociaciones turbias de fin de mandato. El show del enemigo útil: reaparece la guerrilla que estaba “casi acabada”, o los paramilitares que “ya no existían”, porque conviene resucitarlos para justificar presupuestos, armas y control social.

    La ironía

    El pueblo, como siempre, paga la cuenta: los muertos, los mutilados, el terror diario. Y mientras tanto, los políticos con sonrisa plastificada venden la idea de que el voto es la “cura” al mismo veneno que ellos destilan.

    En resumen:

    No es casualidad, es estrategia. El último año de un presidente es la feria de los atentados porque la pólvora y el miedo son la mejor publicidad electoral en una democracia secuestrada.

    Hasta aquí los deportes; PAÍS DE MIERDA.

  • ¡La condena es el pueblo!

    @elmandelacamara

    El enano bandido no paga condenas,

    las acomoda, las compra, las esquiva.

    No es un preso: es uno de los dueños de esta pocilga levantada con cocaína y aplausos de pobres agradecidos.

    Mientras tanto, la gleba lagrimienta se arrastra.

    Marcha por su “inocencia”,

    aplaude su cinismo,

    y llora lágrimas de glicerina por el otro político en el ataúd.

    No son ciudadanos:

    son mantecos come mierda,

    idiotas útiles con pancarta y selfie,

    convencidos de que posar con corruptos los hace parte de algo.

    Aquí no hay inocencia,

    no hay líderes,

    solo charlatanes de baja estatura y un ejército de esclavos voluntarios.

    La tragedia no es la corrupción,

    la tragedia es la complicidad.

    El masoquismo nacional de venerar verdugos,

    llorar cadáveres que en vida los despreciaron,

    y celebrar como “patria” la miseria.

    El pueblo no es víctima.

    El pueblo es cómplice.

  • Destino Final 2025 y la Influencercracia del Bodrio

    @elmandelacamara

    Hay películas malas… y luego está Destino Final 2025. Sexta entrega de una saga que vive de copiarse a sí misma: seis películas, seis veces el mismo libreto disfrazado, seis intentos fallidos de sorprenderte. Ya no es suspenso, es bingo: adivina quién muere primero y gana una gaseosa.

    Pasó de ser un festival de “muertes creativas” a una pasarela de clichés predecibles, como si el guion lo hubiera escrito una calculadora con ansiedad y un tiktoker mal pagado.

    Pero lo realmente trágico no es la película. No. Lo trágico es esa plaga digital de “influencers” que recomiendan basura con una sonrisa de selfie y una bolsa de crispetas de 40 mil pesos. “¡Películón!”, publican en sus historias, como si estuvieran ante la nueva Ciudad de Dios y no frente a un refrito que da menos suspenso que esperar turno en la EPS.

    La ecuación es simple:

    Te invitan a la función de prensa → Te dan boleta gratis y crispetas XL → Haces foto con el afiche → Dices “vayan a verla” aunque estés contando los minutos para que se acabe.

    No hay crítica, no hay honestidad. Solo la prostitución emocional del post pago, porque en esta era, lo que importa no es el cine sino cuántos likes deja fingir que viste “arte” mientras el guion se derrite como la mantequilla de tus crispetas.

    En resumen: Destino Final 2025 no es terror, es comedia involuntaria.

    El verdadero final… es el de tu criterio, si te dejas guiar por esa gente que confunde el séptimo arte con un filtro de Instagram.

  • Antes de Messi y Ronaldo, las ligas de EE.UU. y Arabia Saudita eran como el Wi-Fi del vecino: sabías que existían, pero nadie se conectaba.

    – ¿MLS? Sonaba a enfermedad venérea.

    – ¿Liga Saudí? Apenas para cuando jugabas FIFA y te salía un equipo raro en la pretemporada.

    Ahora todos hablando de Inter Miami como si fuera el Barça del 2009… o del Al-Nassr como si tuviera historia que contar.

    La verdad:

    Antes esas ligas no las veía ni la mamá del arquero. Nadie se compraba camisetas de esos equipos… porque ni las vendían.

    Lo que hicieron fue lo de siempre:

    💸 Billete + 🐐 Figura mediática en declive = 🧼 Lavado de cara para un torneo que no levanta ni con viagra.

    Pero sí, ahora todo el mundo opinando como si hubieran seguido al Inter Miami desde su fundación en… ¿qué? ¿2018? JAJAJA.

    Conclusión:

    Lo mediocre no se vuelve bueno porque lo toque un genio… solo se maquilla mejor.

  • Perfiles fantasma

    (o el luto digital de quienes no cerraron sesión)

    Una de las múltiples razones por las que me salí de Facebook fue esa:

    ver que amigos míos, ya enterrados hace años, seguían “activos”.

    Que la red social insistía en recordarme que “van a cumplir años”,

    que hay “recuerdos de este día” con ellos.

    Recuerdos que no duelen por el tiempo…

    duelen porque ya no están,

    y sin embargo el sistema los mantiene vivos.

    Una foto, un post, un comentario de hace diez años,

    y uno se queda ahí…

    viendo cómo el muerto no responde,

    pero la red sí.

    Las plataformas no entienden la muerte.

    El algoritmo es un cabrón sin duelo.

    No sabe que hay perfiles que ya no deberían seguir conectados.

    No entiende que el “último visto” puede doler más que el último adiós.

    Que un cumpleaños anunciado por una IA es una cachetada para quien sigue respirando a medias.

    Y entonces me pasa: me doy látigo.

    Me descubro recordando cosas que no quiero, leyendo conversaciones que ya no pueden continuar.

    Y después me siento peor por ignorarlos…

    como si también yo los estuviera matando de nuevo.

    Las redes están llenas de perfiles fantasma.

    Gente que ya no vive, pero sigue colgada en la nube como si aún tuviera algo que decir.

    Y vos, mientras tanto, seguís ahí:

    queriendo soltar,

    pero atrapado en un feed de muertos.

    He pensado si sería mejor cerrar esas cuentas.

    Eliminar sus rastros.

    Hacerle duelo también a sus redes.

    Pero después me entra el miedo:

    ¿y si borrar eso es borrar una parte de mí?

    Porque, a la final, el perfil no es solo de ellos.

    También guarda pedazos míos.

    Risas que no volverán.

    Chistes internos.

    Fotos feas con gente que ya no va a salir en más ninguna.

    Tal vez por eso me fui.

    Porque no hay botón de “cerrar sesión emocional”.

    Y uno sigue dándole scroll a los muertos…

    esperando no sé qué.

    Tal vez escribir esto es mi forma de cerrarles la ventana,

    aunque sea un poquito.

    Dejar de castigarme por doler.

    Y entender que cerrar la sesión no es olvidar… es respirar.

    @elmandelacamara

    el que aún respira, aunque duela.

  • El fútbol sudaca huele a podrido

    Por @elmandelacamara

    En Sudamérica, el fútbol no es solo un deporte: es el refugio emocional de una sociedad rota. Una ilusión que se transmite con cada grito en la tribuna y cada lágrima frente al televisor viejo. Pero detrás de esa pasión hay una podredumbre estructural que nadie quiere oler, aunque ya esté fermentando desde hace décadas. El caso de Juan Fernando Quintero, ídolo del balón y víctima del sistema, es solo otro cadáver ilustre flotando en el pantano del fútbol criollo.

    Juanfer llegó al América con talento en las piernas y humildad en la mirada. No venía a robar, venía a jugar. Pero el club —como muchos en esta cloaca romántica llamada fútbol colombiano— lo trató como a un trabajador informal: sin garantías, sin respeto, sin palabra. Le quedaron debiendo billete, le prometieron pagos a través de un empresario con más humo que fondos, y aun así el tipo jugó. Jugó lesionado. Jugó sin cobrar. Jugó mientras otros vivían de su nombre. ¿Y cómo se lo pagaron? Con el silencio. Con la indiferencia. Ni una despedida. Ni un mísero “gracias, crack”. Se fue como entró: solo.

    Esto no es nuevo. Es el ADN del fútbol sudaca: clubes quebrados dirigidos por mafiosos de cuello blanco, intermediarios que operan como camaleones entre el lavado de activos y el tráfico de jugadores, hinchas que idolatran hoy y escupen mañana. Aquí el talento no vale más que un tuit viral o una selfie con el directivo de turno. Los ídolos se desechan. Los contratos no se respetan. La pasión es el opio que distrae al pueblo de la mierda que hay detrás.

    Y por eso dejé de ir al estadio. Por eso me alejé del equipo que veía de pelado, cuando aún creía que el escudo valía más que los intereses de la directiva. Porque me mamé de aplaudir corruptos, de ver cómo los que de verdad sudan la camiseta se van con una patada en el culo y ni una palabra de agradecimiento. Me harté de ese amor unilateral que uno le tiene a un club que ni siquiera se digna a respetar a sus jugadores.

    Por otro lado, la selección esa de mierda perdió mi respeto hace rato… desde que un lavaperros le pegó dos tiros a Andrés Escobar en el 94 por un puto autogol y una apuesta del narco de turno. Desde entonces entendí que este no es un deporte: es una fachada de sangre, apuestas, favores oscuros y servidumbre. Que los goles no son solo goles, que los errores se pagan con la vida, y que vestir la camiseta no es orgullo… es ruleta rusa.

    Por todo eso me paso por el forro su fútbol “casi profesional”, sus transmisiones maquilladas, su hinchada amaestrada y su mugrosa selección sin títulos —esa misma que no gana nada pero vive vendiendo humo con técnicos de PowerPoint y jugadores que se creen influencers.

    Lo de Juanfer no es un caso aislado. Es el reflejo fiel de un sistema enfermo, acostumbrado a usar y botar. Y mientras eso no cambie, el fútbol sudaca seguirá siendo lo mismo: una pasión sucia, una industria podrida… y una vergüenza que ya no estoy dispuesto a consumir.

    Después hablaremos del guion ridículo de los comentaristas y periodistas deportivos, esclavos del clickbait, las polémicas forzadas y la prostitución del micrófono. Pero eso… eso es otro vómito.

  • El cuarto de la muchacha y el carrito del reciclador: crónica de una infancia despierta.

    operador de cámara, filmmaker, niño sensible criado en una Zoociedad que ya no lo calla

    por @elmandelacamara

    Desde niño supe que algo estaba mal.

    No lo podía explicar con palabras, pero lo sentía.

    Mientras otros se aprendían los colores y las tablas de multiplicar, yo me aprendía la desigualdad a punta de silencios, miradas y cuartos oscuros.

    En mi casa había un espacio al que nadie quería ir.

    Era pequeño, húmedo, escondido al fondo, como si fuera un castigo.

    Lo llamaban “el cuarto de la muchacha”.

    No tenía nada de cuarto ni nada de suyo.

    Era una celda disfrazada de habitación, con una cama de penitencia y una ventana que daba al olvido.

    Allí dormía ella, la que lo limpiaba todo, la que sabía dónde estaba cada cosa, la que sostenía el orden del hogar mientras era tratada como una sombra prescindible.

    ¿Por qué?

    ¿Por qué ella no tenía derecho a una habitación digna, a una mesa compartida, a un saludo con nombre propio?

    A mí me dolía. Aunque no supiera cómo decirlo, me dolía.

    Porque ella también tenía manos de madre, pasos de mujer, y sueños que nunca se decían.

    Y luego, en la calle, aparecía él.

    El reciclador.

    El hombre con el carrito lleno de botellas y cartones, el que parecía arrastrar el peso del mundo y de su propia historia.

    Yo lo miraba con respeto.

    Pero la perramenta inmunda lo miraba con asco.

    —Ese es un vicioso —decían—.

    —Un drogadicto, fijo roba.

    Lo señalaban como si lo conocieran.

    Como si les hubiera robado algo más que su culpa.

    Perramenta inmunda.

    Esa que suda clasismo por los poros,

    esa que gana un salario mínimo pero se cree heredera de familia real porque no carga costales.

    Esa que se toma selfies en centros comerciales, pero le arruga la nariz al que recoge lo que ellos botan.

    Gente que no recicla ni el odio.

    Pero yo lo veía.

    Lo veía empujar el sol, cargar la noche, pelearle a la basura.

    Veía sus manos agrietadas, sus ojos con sueño y su dignidad intacta, a pesar de todo.

    Y sabía, lo sabía con la certeza brutal que tienen los niños sensibles, que él no era el problema.

    El problema eran ellos.

    Los que necesitaban humillar para sentirse alguien.

    Los que solo se sienten limpios cuando ensucian a los demás.

    Por suerte, el tiempo trajo nuevas voces.

    Y apareció Marce, la Reciclamor.

    Con su voz firme y su causa limpia, les recordó a todos que reciclar no era solo separar residuos, sino reconstruir respeto.

    Que detrás del cartón había historias.

    Y detrás del carrito, personas.

    Pero aún queda mucha perramenta inmunda suelta.

    Todavía hay quienes viven en apartamentos caros, pero piensan como si vivieran dentro de un tacho de basura emocional.

    Yo, ese niño que miraba desde el silencio, hoy escribo.

    Hoy tengo palabras.

    Y no pienso usarlas para adornar.

    Pienso usarlas para quemar, para incomodar, para abrirle los ojos a quienes nunca han barrido su privilegio.

    Porque la Zoociedad que me crió fue cruel.

    Pero la conciencia que despertó en mí…

    esa ya no se duerme.

    elmandelacamara

    Bogotá, Julio 2025

  • El barril no era un chiste: la tragedia detrás de la risa.

    por @elmandelacamara

    Hubo que esperar una serie autobiográfica de Roberto Gómez Bolaños para que muchos, por fin, comprendieran lo evidente: El Chavo del 8 no era una comedia. Era un espejo. Una tragedia disfrazada de risas enlatadas, de cachetadas absurdas y techos de cartón. Un retrato de Latinoamérica que aprendió a reírse de su propia miseria para no llorarla.

    El Chavo vivía en un barril. Un barril, carajo. No era su casa, pero era el lugar donde se sentía seguro. ¿Qué más da si era incómodo, oscuro y solitario? Peor era la calle. El barril no era un gag: era una metáfora del abandono estructural, del niño sin Estado, sin familia, sin voz. De ese infante que habita nuestras ciudades, con hambre en la panza y ternura en los ojos, pero que solo es visible cuando se vuelve un chiste viral o una estadística en los informes del ICBF.

    Don Ramón, ese hombre flaco y desgreñado que vivía huyendo del alquiler, no era flojo. Era la encarnación del desempleo crónico, de la dignidad sin recursos. Un hombre que le enseñaba a su hija lo poco que sabía, mientras el mundo le gritaba que no servía para nada. Cuántos Don Ramones hay en las calles de esta Zoociedad que exige experiencia, pero no ofrece oportunidades. Que humilla al que no produce, pero calla al corrupto que se llena los bolsillos.

    Y sí, la Zoociedad —no es un error ortográfico, es un retrato zoológico— donde todos actuamos como fieras domesticadas en jaulas invisibles. Nos enseñaron que el pobre es sospechoso, que el necesitado es culpable y que la única forma de escapar del sistema es ignorarlo… o burlarse de él.

    Y en esa jaula también está Doña Florinda. Ay, cuántas Florindas hay en Latinoamérica. Mujeres que aprendieron a sobrevivir en una cultura machista, pero que en lugar de romper las cadenas, las heredaron. Que se creen superiores porque huelen mejor, visten mejor, hablan “mejor”. Que se avergüenzan de la pobreza ajena porque aún no han sanado la propia. Doña Florinda es la señora que se sube al bus con asco, que regaña a su empleada doméstica como si fuera suya, que educa a su hijo con desprecio hacia los demás y lo llama “decencia”.

    Pero su decencia es un disfraz. Bajo el delantal y los rulos, hay una mujer herida que aprendió a patear hacia abajo para no ser pateada desde arriba. Una mujer que también fue invisible, pero prefirió volverse verdugo antes que seguir siendo víctima. Por eso cría a Quicos: hijos inseguros, frágiles, altaneros por dentro y huecos por fuera. El ego inflado, la sensibilidad desbordada y la incapacidad absoluta de amar sin condiciones.

    Y ahí, entre todos ellos, el profesor Jirafales… la autoridad que llega con flores pero nunca cambia nada. El símbolo de una educación que visita los barrios pobres, se emociona un poco, y luego se va sin dejar más que promesas.

    El Chavo del 8 no fue solo un programa: fue una denuncia poética. Un grito en voz baja. Un manifiesto en código.

    Pero estábamos tan ocupados riéndonos… que no lo escuchamos.

    Tuvieron que ponerlo en streaming, con música triste, planos bonitos y una narrativa biográfica para que por fin entendiéramos: la risa era el disfraz de una Latinoamérica partida, dolida, marginada.

    Nos reímos del Chavo, pero lo fuimos. Lo seguimos siendo.

    Vivimos en un continente donde los niños siguen pidiendo tortas de jamón,

    donde los Don Ramones siguen debiendo arriendos,

    donde las Florindas siguen creyendo que la pobreza se pega,

    y donde los Quicos terminan gobernando países.

    Nada ha cambiado.

    Florindas siguen existiendo.

    Ramones siguen desempleados.

    Quicos…

    Quicos siguen creciendo.

    Nada cambia; todo se les volvió paisaje.

  • La patria no me canta: ensayo para el que ya no se traga el cuento.

    Por @elmandelacamara

    Me enseñaron a cantar el himno sin preguntarme si me identificaba con él. Me dijeron que debía ponerme de pie, callar, mirar al frente, sentir orgullo. Orgullo por un país que nunca me escuchó, que apenas me tolera. Un país donde ser pobre es pecado, ser diferente es peligroso, y pensar es casi un acto subversivo.

    A mí no me canta la patria.

    Yo no me emociono con esos acordes repetidos que suenan a desfile militar y a manual del buen ciudadano obediente. No me tiembla el alma cuando agitan banderas en los estadios o en los actos cívicos. Me tiembla más cuando veo un obrero explotado, un niño sin comida, una madre enterrando a su hijo por una bala perdida —o encontrada.

    Estudié en un colegio militar.

    Fui educado entre gritos, botas lustradas y discursos huecos. Ahí, desde niño, me enseñaron a obedecer, a desfilar, a callarme.

    Pero yo nunca encajé.

    Siempre fui el señalado, el que no gritaba tan fuerte, el que no caminaba con el pecho inflado ni con la mirada de guerra.

    Me veían como un error. Como un cuerpo que no pertenecía.

    Militares retirados con ínfulas de dioses uniformados me miraban con asco disimulado y con autoridad incuestionable.

    Solo uno —uno solo— me respetó. Me entendió. Me hablaba sin imponerme nada. Me veía.

    El resto me quería corregir.

    Yo no encajaba en ese molde de “hombre de bien”, ese estereotipo patriótico que adoran en las fiestas de independencia: el varón fuerte, sumiso a la bandera, útil al poder.

    Yo era otra cosa.

    Un niño con dudas. Un joven callado. Un futuro hombre con corazón crítico y rabia en el alma.

    Y por eso me querían quebrar.

    El nacionalismo es un disfraz elegante para el miedo.

    Nos entrenan para amar símbolos, no personas. Para venerar una bandera mientras el Estado nos abandona. Para cantar himnos que celebran guerras, mientras las verdaderas batallas —las del hambre, la exclusión, la dignidad— siguen sin victoria.

    Y entonces, llega la pregunta que nadie se atreve a hacer en voz alta, la que deberían tatuarse en cada escuela:

    ¿Por qué, si la patria se limpia el culo con usted, usted tiene que adorarla?

    ¿Por qué amar a una tierra que no lo abraza?

    ¿Por qué cantar por una nación que lo exprime, lo calla, lo desaparece, lo señala?

    ¿Le cantaría usted con amor a su agresor? ¿Le escribiría versos a quien le escupe la cara y luego le exige aplausos?

    Amar a la patria no es un deber. Es una elección. Y el amor que se impone por decreto no es amor: es domesticación.

    Yo, elmandelacámara, crecí filmando lo que no quieren que se vea:

    La gente que madruga para barrer una ciudad que no los nombra.

    La mujer que vende tintos mientras la patria la ignora.

    El reciclador que recoge la basura que esta sociedad produce… y también la dignidad que tira.

    No me representa el trapo tricolor.

    No me representa el himno que suena como una marcha fúnebre.

    No me representa una nación que exalta a los héroes falsos y entierra a los verdaderos en el silencio.

    No es que me falte patria.

    Es que me sobra conciencia.

    Yo no canto el himno porque mi amor va por otro lado.

    Porque mi patria no es abstracta:

    mi patria es la señora del aseo, el celador, el vendedor de helados, el migrante que llega con lo puesto.

    Mi patria son los invisibles.

    Los sin nombre.

    Los que cargan a este país sobre los hombros, mientras otros lo administran como si fuera finca de familia.

    Así que sí: que me valga verga el himno no es apatía.

    Es lucidez.

    Es memoria.

    Es resistencia.

    Y si eso molesta, que moleste.

    Yo prefiero ser un disidente con alma,

    que un patriota sin conciencia.

  • Mijo, ¿Ud no se cansa de cargar tanto sobre los hombros y a pesar de todo seguir siempre adelante? 

    @elmandelacamara

    ¿Y qué más queda, mijo?

    Uno carga, sí…

    la tristeza como mochila,

    el miedo como sombra,

    y la rabia como motor.

    Hay cosas que no se dicen,

    pero que se sienten en la espalda,

    en el pecho apretado,

    en la garganta que aprende a tragarse las palabras.

    Porque callar también cansa.

    Porque ser uno mismo en pedazos

    es otra forma de sobrevivir.

    Y aun así, uno sigue.

    Con los hombros rotos,

    pero con el alma de pie.

    Con verdades que no se gritan,

    pero que laten fuerte, cada día.

    Porque detenerse sería rendirse.

    Y rendirse no está en los planes.

    ¿Y vos, ya soltaste un poco el peso?

    ¿O seguís caminando con esa armadura invisible

    que solo los valientes saben llevar?

  • “¿Cuál es tu tarifa?”: La pregunta que nos delata como gremio servil, desorganizado y sin ética colectiva.

    @elmandelacamara

    Cada vez que alguien del medio audiovisual envía el clásico mensaje: “Hola, ¿cuál es tu tarifa?”, se abre una grieta más en la ya fragmentada estructura de este gremio. Lo que parece una simple consulta es, en realidad, una confesión: no tenemos criterio común, no tenemos ética profesional compartida, no tenemos dignidad organizada.

    Porque esa pregunta –que debería ser innecesaria– revela el caos: cada quien cobra lo que se le ocurre, lo que le dejan, lo que puede o, peor aún, lo que necesita. Y mientras tanto, el patrón —la agencia, la productora, el cliente— se frota las manos: porque sabe que estamos divididos, atomizados, desesperados. Sabe que puede pescar al más barato, y con eso bajarle el piso al resto.

    No hay gremio donde hay competencia por quién cobra menos.

    Eso no es libertad, es hambre institucionalizada. Es autoexplotación disfrazada de “flexibilidad”. Es el culto al rebusque mientras el patrón se enriquece con tarifas miserables y trabajadores descartables.

    Y lo más triste: no es solo culpa de ellos, es culpa nuestra.

    Por aceptar. Por callar. Por normalizar. Por decir “bueno, algo es algo”. Por tener miedo de perder “el contacto”. Por no atrevernos a mirar al colega a los ojos y decirle: hermano, si vos cobrás menos, me jodés a mí también; nos jodemos todos.

    ¿Qué clase de gremio somos si no podemos acordar ni cuánto vale una jornada de trabajo?

    ¿Cómo pretendemos exigir condiciones laborales si ni siquiera sabemos cuánto cuesta nuestro tiempo, nuestro equipo, nuestro talento?

    El tarifario debe ser público, unificado, inamovible. Como un manifiesto. Como un contrato con la dignidad.

    No se trata de fijar precios desde la élite, sino de ponerle piso al abuso. De reconocer que si uno se vende barato, empobrece a todos.

    La tarifa no es un capricho. Es el reflejo de cuánto valora un gremio su oficio.

    Y hoy, lo que reflejamos con esta desorganización es esto: un colectivo roto, donde cada quien tira para su lado, y donde los únicos que ganan son los de siempre.

    Así que la próxima vez que alguien te escriba “¿cuál es tu tarifa?”, pensá bien lo que respondés. Porque en esa frase se resume todo lo que está podrido: la falta de organización, el miedo a decir no, la costumbre de regalarse, la falsa libertad de “cada quien cobra lo suyo” mientras el patrón pone el precio real.

    Ahora tenés dos opciones:

    Seguir subiendo historíes rodando negociado…

    O pensar en colectivo y levantar este gremio sin piso.

    Vos decidís.

    Pero después no te quejés del sueldo.

    Ni del cliente.

    Ni del trato.

    Porque lo permitiste vos.

    Porque lo seguimos permitiendo todos.

    Hasta que dejemos de hacerlo.

  • La guerra: negocio de pocos, tumba de muchos

    @elmandelacamara

    ¡La guerra no es un acto de valentía. Es una transacción!

    Una transacción millonaria que intercambia sangre por poder, territorios por contratos, y cuerpos jóvenes por discursos viejos. Nos la han vendido como heroísmo, patria, gloria… pero detrás de cada bandera ondeando hay una factura pagada con vidas que no eligieron ser parte del juego.

    ¿Quién declara las guerras? No son los que mueren. No son los que cargan fusiles ni los que entierran a sus amigos en silencio. Las declaran hombres en trajes finos, en oficinas limpias, con whisky caro en la mano y petróleo en el alma. Hablan de paz con la boca llena de bombas, y de libertad mientras encadenan pueblos enteros a la deuda, al hambre o al miedo.

    La guerra es un teatro. Un espectáculo montado por el 1% para que el 99% aplauda, odie, y mate.

    Mientras un soldado uniformado dispara a otro tan pobre como él, en una lengua que no entiende y por una causa que no siente, los dueños del conflicto cuentan ganancias. Venden armas, reconstruyen países que ellos mismos destruyeron, firman tratados que aseguran nuevos conflictos.

    Y entre tanto, los verdaderos muertos son invisibles. No salen en las noticias. No se escriben en los libros. Son madres sin hijos, niños sin escuelas, campesinos sin tierra, ciudades sin futuro.

    La guerra no es una aberración del sistema.

    Es su engranaje más rentable.

    Y hasta que no entendamos eso, seguiremos enterrando generaciones por las decisiones de unos pocos hombres ricos con complejo de dioses.

    Porque la guerra no la gana nadie. Solo la factura el que la ordena.

  • ✨MANIFIESTO DEL DESMARCAD@✨

    @elmandelacamara

    Para los que nunca han sido borregos de partido, ni apóstoles de politiquero alguno.

    Nunca he sido uribista, ni petrista, ni santista, ni de ningún -ista que rime con oportunista.

    Nunca me arrodillé ante mesías de tarima ni comí cuento de discursos bañados en promesas baratas.

    No soy parte de sus bandos,

    ni su peón en el tablero.

    Soy el que se bajó del juego,

    el que rompió el tablero y se fue a pensar.

    Nos dividieron para administrarnos.

    Nos etiquetaron para vendernos.

    Nos gritaron “patriotas” para convertirnos en carne de cañón.

    Nos dijeron “pueblo” mientras nos robaban como a idiotas.

    ¿Quién nos separó?

    Los mismos de siempre:

    los que necesitan enemigos para no darnos lo que es justo.

    Los que posan de salvadores mientras suben sus salarios y bajan los nuestros.

    Los que te piden lealtad mientras se reparten la patria como botín.

    Este manifiesto es para el que nunca se tragó el cuento.

    Para el que no idolatra al político, ni cree en el noticiero,

    ni se excita con encuestas ni se embriaga con marchas de domingo.

    Este manifiesto es para el desmarcado:

    el que nunca gritó consignas ajenas,

    el que entendió que ni el uno ni el otro,

    el que sabe que la verdadera revolución es no dejarse usar.

    No soy neutral. Soy despierto.

    No estoy en la mitad. Estoy por fuera.

    No me resigno. Me rehúso.

    No me adapto. Me desmarco.

    Y desde acá, desde este rincón sin bandera,

    declaro la independencia de mi conciencia.

    Firmado:

    Un bicho raro que nunca fue fanático,

    nunca Botó con babas,

    y nunca se dejó manipular por el color de una puta camiseta.

  • “Un trofeo manchado de sangre: Colombia y la traición del gol”

    Por @elmandelacamara

    Colombia no ha ganado una Copa del Mundo. Ni una Eurocopa, por razones obvias. Y aunque nos aferramos a esa Copa América del 2001 como si fuera el Santo Grial, lo cierto es que el único título mundial que el país grabó a fuego en la historia del fútbol fue el asesinato de uno de los suyos.

    Andrés Escobar. Defensa. Número 2. Autor del autogol que eliminó a la selección del Mundial de 1994. Días después, asesinado a tiros en Medellín. Trece disparos, según los testigos. Uno por cada letra de “autogol”, si quieren ponerse poéticos con la muerte. El fútbol, como el país, lo juzgó sin derecho a réplica.

    ¿Y qué levantamos entonces? ¿Qué quedó de ese mundial?

    Nada más que un cadáver.

    Ese fue nuestro trofeo.

    No lo alzamos en el estadio, no hubo fuegos artificiales, pero lo cargamos todos: en el hombro del silencio, en la nuca del olvido. Lo arrastramos como arrastramos tantas muertes: con desdén, con resignación, con la conciencia lavada por un gol.

    La pregunta no es por qué mataron a Escobar.

    La pregunta es por qué seguimos jugando como si nada.

    Por qué no se suspendió la liga, por qué no se vetó el himno en los estadios, por qué no nos miramos al espejo antes de vestirnos de amarillo para gritar goles huecos cada cuatro años.

    Porque en Colombia, el fútbol no es solo el opio del pueblo: es su circo romano.

    Y cuando los leones no comen, el pueblo lanza a uno de los suyos al ruedo.

    Ese asesinato fue un acto colectivo, aunque el dedo en el gatillo fuera uno solo. Fue la suma de la prensa amarilla, del narcotráfico infiltrado, de la cultura de “el que la caga, paga”, del machismo con camiseta. Fue el país que en vez de llorar a su defensa, prefirió convertirlo en chivo expiatorio.

    Y aún así, nos vestimos cada cuatro años, nos pintamos la cara, nos emborrachamos con la esperanza hueca de que ahora sí, cuando el verdadero grito que deberíamos dar es otro:

    “¡No más muertos por un juego!”

    Pero no lo gritamos. No lo ponemos en pancartas.

    Nos da vergüenza recordarlo. Nos da pereza.

    Porque la plaga no lee, no escucha, no cambia. Solo celebra.

    Y ahí vamos, con nuestra única estrella en la frente:

    la sangre de Andrés Escobar.

    Ese es el verdadero escudo de la selección.

    Y duele. Pero que duela es lo mínimo que se merece.

    HASTA AQUÍ LOS DEPORTES, PAÍS DE MIERDA

  • Hace un año Nestor Lorenzo era ídolo, casi estatua en Colombia… hoy el señalado, el juzgado, el HIJUEPUTA; así es el fútbol de una selección sin copas en sus vitrinas. 

    En este país, el banquillo de la Selección no es un cargo, es una hoguera con WiFi.

    Hace un año, Néstor Lorenzo era el nuevo mesías: el invicto, el que le ganó a Alemania, el que ilusionó hasta al más escéptico. Ya le estaban buscando esquina en el parque de los periodistas para la estatua, con la mano alzada y el marcador 2-0 tatuado en bronce.

    Pero el tiempo en el fútbol colombiano es cruel y acelerado: basta un empate tibio, una nómina mal leída, un cambio tarde, y el héroe se convierte en el culpable de todos los males de la nación. Sin copas, sin historia dorada, el hincha colombiano se aferra a lo que tiene: la ilusión y el derecho divino a putear.

    Porque aquí no ganamos títulos, pero ganamos discusiones en redes. Aquí no levantamos copas, pero levantamos la voz para pedir cabezas. Así es el fútbol cuando no hay historia que lo sostenga: cada partido es un juicio, y cada DT, un mártir en potencia.

    Y hoy, si “ganamos”… otra vez el ídolo. Otra vez la estatua. Pero que no se le ocurra empatarle a Bolivia.

  • ¡HIJUEPUTA me siento en el LIVE ACTION de @distritosalvaje!

    @elmandelacamara

    ¡JAJAJA! Marica, qué lineazo.

    Preciso como el noticiero de las 7 y más emocionante que el mismo “Distrito Salvaje”. Y sí, esto ya no parece Colombia, parece una miniserie escrita por un guionista cínico con exceso de tinto y trauma patriótico.

    Cada quien en su papel:

    Los políticos peleando como si fuera casting para villano de temporada.

    – La clase obrera convertida en politólogos exprés de redes.

    – El “atentado” convertido en true crime con narrador de TikTok y analistas en chanclas.

    – Y los medios… los medios desinformando con la misma pasión con la que ignoraron el paro nacional.

    Esto no es una república. Esto es una serie de Netflix mal dirigida pero muy bien actuada. Véanla, gonorreas. Se llama Colombia y ya va por la temporada 205.

    Y sí: @Distritosalvaje sigue ahí, esperándolos como un espejo sucio pero honesto; lastima que el problema del cine latino es que los latinos no ven cine.

  • Los que nunca lloran: tercera parte del ensayo sobre las lágrimas que no bajan.

    Hay quienes no lloran.

    No porque no quieran.

    Sino porque el mundo les robó el derecho al derrumbe.

    Los que siguen, aunque el cuerpo ya no dé.

    Los que no tienen tiempo para deprimirse porque el arriendo no se paga con tristeza.

    Los que trabajan con dolor de muela, con fiebre, con los zapatos rotos.

    Y nadie les aplaude.

    Nadie les dedica editoriales.

    Nadie les arma un trending topic.

    Esta sociedad aprendió a adorar el dolor… si es bello.

    Si es contado con buena iluminación y una voz que articule bien las eses.

    Pero el dolor de la calle, el que huele a sudor, a miedo, a callejón…

    Ese no se graba. Ese se ignora.

    Y la perramenta inmunda, como dijimos antes,

    sigue llorando por el político caído en desgracia,

    pero nunca por la mujer que cría sola tres hijos y vende chontaduros en el semáforo.

    Ahora, lo más trágico:

    Algunos de los nuestros ya no son nuestros.

    Se han convertido en eco del amo.

    Defienden al patrón con más rabia que el propio patrón.

    Salen de casa con el uniforme planchado, y regresan repitiendo los mismos discursos que los esclavizan.

    “El pobre es pobre porque quiere”, dicen…

    ¡Como si ellos hubieran nacido con las manos limpias de tierra!

    Les enseñaron a despreciarse.

    Les vendieron la mentira del mérito individual.

    Y ahora miran con asco al reciclador que un día fue su vecino.

    Ahora piden orden. Exigen silencio.

    Ya no quieren justicia. Quieren aire acondicionado.

    Pero este texto no es un duelo.

    Es una denuncia poética.

    Es el grito que no cabe en la noticia.

    Es la lágrima que no se ve, pero moja la historia.

    Porque cuando el país se caiga —y se va a caer—,

    no lo van a sostener los de cuello blanco,

    ni los de discursos bonitos,

    ni los iluminados de la clase obrera.

    Lo van a sostener, como siempre,

    los que nunca tuvieron derecho a llorar.

    Los que empujan, barren, cargan, limpian, reparten, construyen y resisten.

    Sin lágrimas.

    Con callos.

    Con dignidad.

    Me despido parafraseando a César Augusto Londoño:

    HASTA AQUÍ LOS DEPORTES; PAÍS DE MIERDA

  • La empatía gourmet: segunda parte del ensayo sobre las lágrimas que no bajan.

    @elmandelacamara

    Hay una nueva especie que florece en las ciudades:

    La clase obrera iluminada.

    La que salió del barrio, pero el barrio no salió de ella… y aún así lo niega.

    La que ahora almuerza quinoa, pero antes hacía fila en el comedor comunitario.

    La que se toma selfies en marchas, pero le fastidia que los vendedores ambulantes le tapen la entrada del centro comercial.

    Es la empatía gourmet: sensibilidad medida, empaquetada, certificada como “despierta”.

    No llora con la calle, llora con películas sobre la calle.

    No se indigna con el hambre, sino con el mal café en la reunión de la ONG.

    Los medios, claro, no ayudan. No informan, coreografían la emoción.

    Un reciclador aplastado por una volqueta: silencio.

    Pero si un político se desmaya, lo repiten en cámara lenta, con editorial, análisis, y mesa de opinión.

    La pantalla no refleja la realidad: la maquilla.

    Y si no hay lágrimas bellas que mostrar, cambian de tema.

    Y los curas…

    No los que dan misa en el barrio, no los que todavía caminan entre nosotros.

    Hablo de los otros:

    Los que hablan desde una tarima como si fueran gerentes del cielo.

    Los que predican paz, pero se indignan cuando la protesta les tapa el parqueadero.

    Cristo los vería y haría lo mismo de siempre:

    Voltearía la mesa. Y el altar.

    ¿Y mientras tanto, quién carga el país en la espalda?

    El que madruga a barrer lo que otros ensucian.

    La que vende dulces en la buseta y sobrevive entre gritos.

    El que alza concreto sin saber si vivirá para ver la ciudad que construye.

    Esos no lloran.

    O si lloran, nadie los graba.

    Este ensayo no busca héroes ni mártires.

    Busca sacudirte.

    Porque el peligro no está arriba: está en creer que, por haber subido un poco, ya no perteneces abajo.

    Porque la clase obrera iluminada es la más peligrosa: olvida que lo poco que tiene fue arrancado con uñas… y ahora se cree dueña de la lámpara.

    La revolución no se hace con discursos ni hashtags. Se hace cuando uno mira al que aún está barriendo el piso que tú ya pisas… y no se siente superior, sino responsable.

  • Perramenta inmunda y lágrimas selectivas: un ensayo sobre la hipocresía emocional de las masas.

    @elmandelacamara

    Lloran. Lloran con frenesí digital cuando cae un político, cuando el influencer sufre una injusticia, cuando la celebridad se quiebra en una entrevista. Lloran por los suyos, aunque los suyos jamás los miren. La plebe moderna —esa perramenta inmunda que se arrastra por likes y pertenencia— ha aprendido a sufrir en vitrina. Lloran, sí, pero jamás por el reciclador que duerme entre cartones, ni por el celador que lleva doce horas sin sentarse, ni por la mujer que vende dulces en el bus y recibe desprecio como vuelto.

    Vivimos en la era de la empatía curada con filtro. El dolor es válido si tiene audiencia. Si el que sufre no tiene seguidores, no hay drama que contar. Y así, la clase obrera sigue siendo carne de fondo: la ciudad avanza sobre sus espaldas, pero el ojo público no mira hacia abajo. Solo hacia el podio, la tarima, el escándalo de alguien con un apellido que sí importa.

    ¿Dónde estaban cuando se murió el obrero que cayó de un andamio sin arnés? ¿Quién escribió un post por la señora del TransMilenio a la que empujaron por vender chicles? Nadie. Porque ese dolor no da prestigio. Ese dolor no se convierte en historia viral. Es demasiado común. Demasiado real. Y lo real no vende.

    Hay una liturgia perversa en esta sociedad que reza por los poderosos y maldice al que limpia su mugre. Aplauden la falsa humildad del político, pero acusan de flojo al que barre las calles. Es la misa del clasismo camuflado, del alma colonizada, del pobre que defiende al rico con más fervor que a su vecino.

    Y sí, son lambericas de Cristo. Pero no del Cristo de los pobres y los olvidados. No del carpintero crucificado por enfrentarse al poder. Son devotas del Cristo de las campañas políticas, de los templos con pantallas LED, del que bendice al empresario y nunca al peón. Un Cristo que no camina en sandalias, sino en camioneta blindada.

    Este ensayo no es una súplica. Es una lanza. Porque estamos hartos de que el dolor verdadero —el que no tiene micrófono ni patrocinador— se quede en silencio. Porque mientras los medios lloran por los de arriba, los de abajo siguen muriendo sin que nadie derrame una lágrima.

    Y eso, eso es lo verdaderamente inmundo.

  • Reseña: La Primera Vez (Temporada 3)

    La historia que no pidió tercera ronda, pero igual llegó sin preguntar.

    Por elmandelacamara

    Sinopsis rápida (para despistados):

    Eva regresa al colegio José María Root. Los dramas adolescentes que alguna vez se sintieron auténticos, ahora parecen un refrito de sus propias cenizas. La serie intenta cerrar arcos emocionales, pero termina enredada en un laberinto de subtramas que nadie pidió ni nadie va a recordar.

    1. Guion: nostalgia sin nervio

    Esta temporada quiere seguir explorando los dilemas del primer amor, la identidad y el paso a la adultez. Pero el guion, en lugar de profundizar, da vueltas. Los diálogos parecen escritos con miedo, como si los personajes no pudieran decir lo que realmente piensan. Hay una falta de conflicto real: todo se resuelve con miradas intensas, cartas mal escritas o silencios eternos que no dicen nada.

    Diagnóstico: melodrama sin músculo dramático.

    Comparación: es como leer el diario de un adolescente que se está esforzando mucho por sonar profundo, pero no ha vivido lo suficiente.

    2. Actuaciones: de lo entrañable a lo plano

    En las primeras temporadas, el reparto logró transmitir ternura, vulnerabilidad y torpeza con autenticidad. Pero ahora, muchos actores se sienten desconectados de sus propios personajes. Da la impresión de que están interpretando versiones diluidas de lo que alguna vez funcionó.

    Especialmente Eva y Camilo: su química está desgastada. Ya no hay tensión, ni pasión, ni siquiera incomodidad. Solo dos personas actuando el recuerdo de una relación que ya no late.

    Diagnóstico: el corazón dejó de latir, pero nadie se lo dijo al reparto.

    3. Dirección: cómoda, pero sin propuesta

    La puesta en escena es funcional, pero olvidable. Todo está “bien hecho”, pero sin riesgo. Se siente una dirección que apuesta por lo seguro: planos medios, encuadres clásicos, y una estética noventera que ya no sorprende ni emociona.

    Las escenas que deberían ser clímax (peleas, revelaciones, reconciliaciones) se sienten frías. Como si las emociones estuvieran puestas en modo avión.

    Diagnóstico: ejecución correcta, alma ausente.

    4. Diseño de producción y arte: una piñata noventera vacía

    Lo que al principio fue una ambientación lograda, ahora parece un disfraz. Todo es muy noventas, sí, pero ya no cuenta nada. La ropa, la música, los afiches: están ahí por checklist, no por construcción de universo.

    Diagnóstico: mucho detalle visual, poca intención narrativa.

    5. Montaje y ritmo: lento, sin tensión

    El montaje se alarga sin necesidad. Hay capítulos enteros que podrían resumirse en una escena. Las pausas no generan suspenso, solo aburrimiento. La narrativa pierde su eje: se dispersa, divaga, bosteza.

    Diagnóstico: edición sin propósito. Ritmo de serie que ya no sabe a dónde va.

    Conclusión general:

    La tercera temporada de La Primera Vez es un epílogo innecesario. Un intento de estirar una historia que ya había dicho lo que tenía que decir. No hay evolución real, no hay clímax emocional, no hay riesgo artístico. Solo hay nostalgia, repetición y una sensación constante de déjà vu.

    Y lo más triste: parece hecha más por compromiso con la audiencia que por necesidad creativa.

    Puntuación final: 3/10

    “Una serie que fue sincera… hasta que empezó a repetirse a sí misma. Esta vez no es la primera, ni la mejor. Es solo la última.”

    Si esto te dejó frío, mejor ve…

    🎬 “Amar y vivir” (Colombia)

    Un melodrama que sí se la juega por la pasión, el peligro y los dilemas reales. No es perfecta, pero no te trata como tonto.

    📺 “I Am Not Okay With This” (EE.UU.)

    Una joyita adolescente con poderes, sexualidad confusa y una protagonista que sí tiene algo qué decir. Breve, directa y con estilo.

    🎞 “Las niñas” (España)

    Película. Coming-of-age noventero, femenino, profundo, y tan bien actuado que parece documental. Sutil, pero demoledor.

    🎥 “Somos.” (México)

    Aunque no es juvenil, es latinoamericana, poderosa y valiente. Retrato coral sobre vidas invisibles en un pueblo atrapado por la violencia. Mucho más real que cualquier amor de colegio.

    📚 Y si todo falla… releé “Aura” de Carlos Fuentes o “Crónica de una muerte anunciada”. Porque a veces, para sentir algo, hay que volver al texto.

  • Colombia no necesita más políticos corruptos, ya tiene al pueblo

    En Colombia no hace falta escarbar mucho para encontrar un explotador. No hay que ir al Congreso, ni mirar los titulares que se relamen con los audios de David Racero. Basta con levantar una baldosa en cualquier barrio y ahí está: el patrón criollo, el pequeño tirano, el hijo de vecino que se cree empresario porque contrata a alguien por un sueldo miserable y lo llama “aliado”.

    Lo de Racero es apenas un eco. Una versión “noticiable” de una enfermedad crónica. Un chisme con pretensión de escándalo, cuando lo verdaderamente escandaloso es que aquí la explotación es una institución, una cultura nacional, un deporte con reglas invisibles que todos conocen pero nadie reconoce.

    Aquí se explota en nombre del emprendimiento, del progreso, de la escasez, del “si no lo hace usted, hay otros diez que sí”.

    Y lo más repugnante no es el político corrupto, es el ciudadano promedio que se indigna en redes mientras exprime hasta la médula a la muchacha que le limpia la casa, al diseñador que le hace el logo, al actor que le trabaja por comida, al reciclador que carga el peso de la ciudad sin EPS, sin horario, sin rostro.

    Esta letrina disfrazada de país es un campo de concentración laboral. Aquí el “trabajo digno” es una utopía de PowerPoint. Aquí el contrato es una excepción y el abuso es norma. Aquí la frase favorita del empleador es: “por ahora no hay presupuesto, pero te vas a dar a conocer”.

    ¿Y quién tiene el espejo en la mano? Nadie.

    Porque el colombiano promedio se cree buena gente. Se cree empático, justo, decente. Pero a la hora de pagar, de cumplir, de tratar como humano al que trabaja para él… ahí se le sale el patrón de finca, el capataz disfrazado de emprendedor.

    Somos un país donde ser explotador no da vergüenza. Lo que da vergüenza es ser explotado. Porque aquí el pobre no es víctima, es culpable. Por no “echarle ganas”, por no “crear empresa”, por no saber “venderse mejor”.

    Y mientras tanto, los discursos se inflan. Los políticos se lanzan con slogans de cambio. Los medios simulan sorpresa. Y en la esquina, el repartidor espera tres horas para que le paguen lo justo por una entrega que ni siquiera fue para él, sino para un cliente que lo ve como un zancudo.

    Colombia no necesita más Raceros. Ya está llena de ellos.

    En cada pyme.

    En cada restaurante.

    En cada set de grabación.

    En cada oficina.

    En cada hogar.

    Racero no es la excepción.

    Es el espejo.

    Y ustedes, hijueputas, no quieren mirarse.

  • La Muerte Digital y las Tres Puertas del Retiro

    Por el usuario que se desconectó para reconectar

    Morí. Pero no en cuerpo, ni en alma: morí en la Matrix.

    Fui apagando, una por una, esas redes “sociales” que se disfrazaban de conexión, pero eran jaulas. Facebook, con su desfile eterno de cumpleaños ajenos; Twitter (o X, ese engendro), con su guerra de egos y opiniones al grito; TikTok, ese karaoke infernal donde todos bailan para no pensar. Todas esas redes… las maté en mí. Y no me dolió. Fue un acto quirúrgico, limpio, como arrancarse un parásito del alma.

    Pero no me quedé del todo huérfano. Me quedaron tres portales. Tres puertas por las que aún cruzo, con cautela y propósito:

    Instagram, WhatsApp y Telegram.

    Instagram es el último teatro. Ahí permanezco, no por vanidad, sino por estética. Porque aún creo en lo visual como forma de decir sin gritar. No me interesa mostrar mi desayuno, pero sí mirar una sombra bonita, un rostro en contraluz, un texto que no sea cliché. Instagram es mi ventana. Abierta, sí… pero con rejas de criterio.

    WhatsApp es la cueva donde susurro. Ahí están los cercanos. Los que saben que escribo lento porque pienso. No por descuido, sino por respeto. No tengo grupos que me llenen de stickers sin alma, ni cadenas apocalípticas. Lo uso como quien usa un diario compartido: con calma, con intención.

    Y Telegram… ah, Telegram. Ese refugio de los raros, los alternativos, los que aún creen en la lectura larga, en los canales que enseñan, en los archivos que importan. Telegram es mi biblioteca secreta. Mi escondite digital.

    Lo que hice no fue desaparecer, fue depurar. Me salí del ruido para quedarme con la música.

    No necesito saber qué piensa todo el mundo. Me basta con sentir lo que pienso yo.

    No necesito opinar de todo. Me basta con entender algo.

    No necesito estar en todas partes. Me basta con estar presente.

    Y en esa muerte digital descubrí algo curioso:

    vivir sin tanta pantalla es volver a mirar el cielo sin notificaciones.

    No me fui por moda. Me fui por salud mental. Me quedé donde la conexión aún tiene sentido, donde no todo es exposición, donde se puede hablar bajito, escribir sin prisa, mirar sin tener que competir.

    Y si algún día me voy también de estos tres rincones, que se sepa:

    no lo hice por cansancio, sino por haber encontrado algo mejor:

    el mundo real.

    elmandelacamara

    (operador de cámara, focuspuller, 2nd AC, filmmaker y sobreviviente de la era del scroll infinito)

    Mayo de 2025 – Desde algún rincón sin Wi-Fi público.

    Fediverse reactions
  • Volví, vi el fango y me fui

    Volví, vi el fango y me fui

    Crónica breve de una red podrida

    31/05/2025 recuperé dos cuentas suspendidas de X.

    No porque las extrañara.

    No por nostalgia.

    Lo hice porque me inquietaba la idea de mis datos flotando en esa cloaca digital, abiertos, disponibles, expuestos a la carroña de siempre.

    Prefería cerrar la puerta yo mismo.

    Y sorpresa: nada había cambiado.

    La misma guerra estéril entre desconocidos.

    La misma chusma peleando por políticos como si fueran parte de sus familias.

    La misma adicción al escándalo, a los likes, al retweet como falso sentido de identidad.

    X (antes Twitter) sigue siendo lo mismo:

    Un vertedero emocional donde el que más grita “gana”.

    Un club de egos rotos jugando a ser intelectuales de trinchera.

    Un algoritmo que se alimenta de odio y lo sirve tibio para el desayuno.

    Volví, vi el panorama, y sin pensarlo dos veces, programé la eliminación total.

    Cuentas autodestructivas.

    Sin anuncio.

    Sin dramatismo.

    Sin hilos de despedida.

    No quiero formar parte de un lugar que premia la histeria y castiga la pausa.

    No quiero ser un número en una plataforma donde pensar es un acto subversivo.

    X es ruido.

    Y yo ya tengo suficiente con mi cabeza.

    @elmandelacamara

    Cada día más desconectado de la matrix putrefacta.

  • ¿Quién fue el genio que separó a la perramenta inmunda en uribistas, petristas, gaviristas, duquistas, su madre la suya?

    La pregunta suena a rabia, pero también a lucidez. Porque esta fragmentación no es nueva, pero sí cada vez más efectiva. No nació en redes, aunque ahí floreció como maleza en tierra abonada con odio. La separación viene de más atrás. De las élites que entendieron que mientras el pueblo se grita “uribestia” y “mamerto”, ellos siguen firmando contratos, aprobando reformas, blindando sus privilegios con saliva de culebra y firmas de notario.

    El genio no tiene nombre, no es uno. Es un sistema. Es una maquinaria vieja, oxidada pero efectiva, que entendió que una nación confundida se gobierna más fácil que una despierta. Lo supieron los godos de siempre, los liberales de clóset, los tecnócratas disfrazados de progres, los caudillos con ínfulas de mesías. Supieron que si dividías al pueblo, lo podías usar. Como carne de cañón, como ejército de trolls, como Botantes enardecidos que defienden con los dientes al que jamás los mirará a los ojos.

    Y sí: qué fácil es adoctrinar a la plaga.

    No se necesita una gran estrategia. Solo repetir una mentira hasta que parezca consigna. Inyectar miedo, prometer el paraíso en nombre de la patria, del cambio, del orden. Adoctrinar con memes, con titulares, con noticieros vendidos y pastores gritones. Usar al pobre para que defienda al rico. Al excluido para que odie al que lucha por derechos que también le servirían. A la tía que nunca leyó un libro para que repita “el comunismo” como si fuera una plaga bíblica.

    Nos enseñaron a odiar al vecino que piensa distinto, pero no al político que nos roba igual.

    Nos hicieron pelear por ideologías mientras ellos cuentan los billetes.

    Nos separaron como perros callejeros lanzando un hueso envenenado al centro: un nombre, una bandera, una promesa vacía.

    Así que, ¿quién fue el genio?

    Fue el que entendió que dividir es reinar.

    Y que en este circo sin carpa, el pueblo sigue trapeando la sangre mientras los titiriteros se van en helicóptero privado.

    Y no te voy a explicar la analogía de votar con B; no entenderías.

  • Religión embudo: entra el pobre, sale el oro.

    @elmandelacamara

    La religión, en su forma más pura, es consuelo. Es fuego en el pecho del desesperado, palabra en el oído del solitario. Pero lo que hoy llamamos iglesia —esa institución de columnas de mármol, micrófonos inalámbricos y cuentas bancarias opacas— hace tiempo dejó de ser un hogar del alma. Ahora es un embudo. Un sistema diseñado para que entren muchos con poco… y salga poco para muchos.

    Los fieles llegan con el cuerpo doblado, la mirada hacia el suelo, cargando años de miseria, culpa y resignación. Se sientan en bancas de madera a mirar hacia un altar bañado en oro, donde un hombre en sotana les promete que el dolor es parte del plan divino. Que ser pobre aquí es ganarse el cielo allá. Que mientras más den, más cerca están del milagro.

    Y ellos dan. Porque la desesperación es combustible de la fe ciega.

    Pero lo curioso —lo cruel— es que mientras el feligrés camina descalzo, la institución eclesiástica pisa alfombras rojas. Las iglesias facturan como empresas, operan como multinacionales, invierten en bienes raíces, mueven influencias políticas, cubren abusos con el silencio de Dios como cómplice. Son dueñas de tierras, colegios, canales de televisión. ¿Qué tiene eso de espiritual?

    La religión embudo convierte la fe en mercancía. El perdón cuesta. La salvación se paga. Y si no alcanzas, tranquilo: puedes fiar tu diezmo mientras tu hijo estudia con hambre.

    La gran estafa bendecida

    Este sistema funciona porque está legitimado por la tradición, la culpa heredada y el miedo. ¿Quién se atreve a cuestionar al que “habla con Dios”? ¿Quién se levanta del banco y dice: “No me trago esta misa”? Muy pocos. Porque nos enseñaron desde pequeños que dudar es pecado, y el infierno está lleno de escépticos. Mejor arrodillarse, aunque duela.

    Mientras tanto, los verdaderos templos —los cuerpos de los oprimidos, las calles de los marginados, las casas donde no entra el pan ni el agua potable— siguen esperando la promesa incumplida del reino de los cielos.

    ¿Dónde está Dios en todo esto? Tal vez en una calle oscura, compartiendo pan con un reciclador. Lejos de la homilía dominical, más cerca del silencio que del incienso.

    La religión embudo no es una fe, es un mecanismo. Una arquitectura del poder que vive de la miseria ajena. No busca almas, busca ingresos. No abraza, administra. Y mientras el rebaño siga entrando con esperanza y saliendo más pobre, el negocio seguirá floreciendo… en nombre del Padre, del Hijo y del Dividendo Santo. Amén.

  • ENTRE MÁS CHICHIPATO… MÁS DEFIENDE AL PATRÓN

    Entre más chichipato,

    entre más amarrado,

    entre más arrastrado,

    entre más manteco,

    entre más endeudado…

    ¡más se opone a la reforma laboral!

    Tienen un HIJUEPUTA negocio lichigo en barrio popular —una “miscelánea”, una “papelería”, un “minimarket” o cuanta mierda que apenas les da pa’ sobrevivir—

    …y se creen multinacionales.

    ¡Se paran en la puerta como si fueran el gerente de Bavaria!

    Y para colmo, tienen un empleado, normalmente un amigo cercano o algún familiar que no tuvo más oportunidades,

    contratado por $30.000 al día sin salud, sin pensión, sin derechos…

    Y ya se creen que “están generando empleo”.

    ¡Por favor! Eso no es progreso, eso es neocolonialismo de barrio con disfraz de emprendimiento.

    ⚠️ No es pecado ser pobre. ⚠️

    Pero sí es pecado ser pobre y creerse burgués.

    El pueblo no necesita jefes con complejo de patrón,

    sino compañeros con conciencia de clase.

  • Carta abierta a las marcas, agencias y productoras que “inspiran”… pero no pagan

    En el mundo creativo, hay discursos bonitos que flotan como globos de feria: comunidad, sueños, trabajo en equipo, pasión. Pero cuando los globos revientan, muchos quedamos con las manos vacías y las cuentas por pagar.

    Esta carta es para todos esos nombres con logo, que predican inspiración pero operan con abuso.

    A ustedes,

    que hablan de comunidad, sueños y creatividad,

    que prometen oportunidades envueltas en sonrisas y briefings,

    pero olvidan lo más elemental: el respeto.

    A ustedes,

    que tienen a creativos, camarógrafos, editores, técnicos, asistentes y artistas

    rompiéndose el lomo para que su imagen brille,

    mientras ustedes desaparecen cuando llega el momento de pagar.

    ¿Inspiración?

    No.

    Eso es explotación disfrazada de colaboración,

    deuda maquillada de arte,

    impunidad con estética.

    Nosotros damos el cuerpo, la mente, el tiempo y la voz.

    Y no estamos pidiendo favores:

    estamos exigiendo lo que ya nos ganamos.

    Esta carta no es una queja.

    Es memoria.

    Es advertencia.

    Es la voz de quienes ya no aceptamos tragar entero.

    Porque ser creador no es un hobby.

    Es trabajo.

    Y el respeto no se da con aplausos:

    se demuestra con hechos.

    Que quede claro:

    lo que no se nombra, se repite.

    Y a nosotros no nos vuelven a repetir.

    — Por todos los que crean, trabajan y esperan lo justo.

    Una carta desde el lado invisible del set.

  • La verdad sin maquillaje sobre la reforma laboral de “Petro”:

    “La reforma va a acabar con las empresas y vas a quedar sin trabajo.”

    Mentira gigante. Nadie quiere destruir la economía, ni “Petro” ni nadie sensato. La reforma busca que trabajes menos y mejor, no que te boten a la calle. El verdadero riesgo es que los empresarios —acostumbrados a exprimir al trabajador— prefieran despedir antes que dignificar. Pero eso no es culpa de la reforma, es de la codicia histórica.

    “Vas a tener más desempleo porque las empresas no van a poder pagar.”

    Falso. Si la reforma se hace bien, se fomenta empleo decente. Pero si meten demasiadas concesiones para “no espantar al capital”, entonces sí, la precariedad y el desempleo crecen. El problema no es la reforma, es que algunos políticos y gremios hacen trampa en el medio. “La tercerización va a desaparecer y todo será un caos.”

    Exagerado. La tercerización abusiva es el cáncer que permite que te paguen mal y te exploten sin responsabilidad. Limitarla es poner reglas claras, no destruir el empleo. Si las empresas no se adaptan, el problema es la mentalidad, no la ley.

    “Van a subir los costos y las empresas van a cerrar.” Mentira vieja como el hilo negro. Las empresas pueden innovar, mejorar productividad, y ajustar sin cerrar. Los que cierran son los que viven de la explotación barata. Si solo viven de exprimir, inevitablemente caerán.

    ¿Qué hay detrás de tanta mentira?

    Intereses mezquinos, miedo a perder privilegios, y un aparato de desinformación que usa memes y titulares para sembrar terror barato. Eso no es debate, es guerra sucia.

    “Quieren que creas que defender tus derechos es destruir el país. Pero el país no se construye con miedo ni con mentiras, sino con justicia y verdad.”

  • La reforma laboral de Petro

    Es un intento de devolverle al trabajador

    lo que el mercado le quitó a punta de “flexibilidad”:

    horarios eternos, sueldos mínimos, contratos de papel.

    Busca que el día laboral termine a las 6,

    que la noche empiece cuando oscurece (como en todo el mundo),

    y que el dominical valga más que solo una sonrisa amarga.

    Se quiere acabar con la tercerización abusiva,

    donde muchos trabajan sin saber quién es su jefe.

    Y ahora, ¿dónde quedan las empresas?

    —pregunta el capital entre susurros de pánico—

    Dicen que en la ruina,

    que el empleo huirá como rata de barco hundido.

    Pero no hay pruebas, solo predicciones.

    Lo cierto es que cuando sube el costo de explotar,

    hay que innovar o pagar lo justo.

    ¿Más desempleo?

    Es posible, sí. A corto plazo.

    Porque el empresario criollo,

    acostumbrado al “todo vale”,

    prefiere despedir antes que dignificar.

    Pero la otra cara es esta:

    si se cumple y se fiscaliza,

    trabajar dejará de ser una condena,

    y tal vez el país se pare en los zapatos

    de quien madruga sin esperanza.

    ¿Conclusión sin vueltas?

    La reforma no mata empresas: mata privilegios.

    Si no hay transición inteligente, sí puede aumentar el desempleo.

    Pero si se ejecuta con cabeza y no con politiquería,

    puede ser el primer paso hacia un trabajo menos miserable.

    Lo que sí es de Petro en la reforma laboral:

    Reducción de la jornada laboral a máximo 6 p.m., para que no te exploten hasta medianoche. Protección real al trabajo dominical: que paguen como Dios manda y no con migajas. Eliminación o limitación fuerte de la tercerización laboral (subcontratación en cadena), para evitar la precarización disfrazada. Fortalecimiento de derechos sindicales y de negociación colectiva. Mejoras en seguridad social y salud para los trabajadores informales o contratados de manera irregular.

    Lo que NO es de Petro, pero metieron o se discute como parte del paquete (y aquí sí hay lío):

    Ideas que vienen de gremios empresariales o de la oposición, como flexibilidad en ciertos contratos para “no ahogar a la empresa”. Algunas medidas de “modernización” que van más para hacer el mercado laboral más competitivo, sin tocar la esencia de la precariedad. Promesas vagas de incentivos para la creación de empleo, sin mayor claridad ni garantías. Cambios parciales o retrocesos en ciertas protecciones para mujeres o trabajadores jóvenes, que nada tienen que ver con el discurso progresista.

    ¿Por qué es importante separar?

    Porque en medio del ruido político, meten la mano intereses que no quieren perder su tajada. Y cuando el pueblo ve que “la reforma” no mejora todo ni es pura justicia laboral, culpan a Petro. Pero el diablo está en los detalles y en las concesiones.

    Conclusión sin rodeos:

    La base dura y progresista es Petro. Lo blandito y hueco, no. Y ahí es donde se puede perder o ganar, porque si dejan entrar más concesiones para “no espantar al empresario”, la reforma se vuelve papel mojado y, sí, más desempleo y precariedad.

  • Primer error de los borolas en Bobombia:

    @elmandelacamara

    La reforma laboral “de Petro”.

    No, bastardo, la reforma no es “de Petro”.

    No la escribió él en un cuaderno con crayolas mientras hacía muecas en cadena nacional.

    La redactó el Ministerio de Trabajo.

    La trabajaron juristas, sindicalistas, técnicos y expertos.

    La presentó el Gobierno, sí.

    Pero se debate en el Congreso.

    Y si se aprueba, será ley de la República.

    Así funciona una democracia, en caso de que se te haya olvidado entre tanta espuma en la boca.

    No te gusta la reforma: discútela.

    ¿Pero decir que “es de Petro”?

    Eso es como decir que la Constitución del 91 es de Gaviria.

    Madura gonorrea.

    Igual no las van a aprobar.

    Y tú seguirás trabajando como mula,

    a precio barato,

    sobreviviendo en tu país de mierda.

  • “Me crearon un perfil falso en Facebook 😭”

    ¡A propósito de varios casos de conocidos que aún usan Fakebook en 2025!

    ¿ Falso?

    ¿Falso qué, reina del overshare?

    Si llevas años clasificando hasta tus deposiciones en álbumes de recuerdos,

    como si cagar en baño público fuera un evento histórico.

    Todo eso en una red social que es más fake news que tu filtro de perritos

    y tus frases de superación robadas a Paulo Coelho remix.

    ¿Te molesta que te hayan copiado…?

    Pero si tú ya te habías pirateado a ti mismx

    versión sin dignidad, sin misterio y con 40 likes de tías.

    Eso no es suplantación,

    es el karma digital replicando al monstruo

    que tú mismo alimentaste con selfies y ansiedad.

    No te quejes; llevas alimentando el algoritmo de Zucky Estafas hace décadas.

    Por eso eliminé Fakebook de mi vida: esa red es para estafadores e imbéciles.

  • “Trabajar, trabajar, y trabajar” decía un triple HIJUEPUTA presidente desde su burbuja donde miraba al trabajador como esclavo mal pago.

    ¡Y vaya burbuja blindada la de ese triple hijueputa!

    Donde el sudor ajeno le parecía lluvia lejana,

    y el hambre de un obrero era apenas una estadística en su Excel.

    “Trabajar, trabajar, trabajar”, decía,

    mientras otros cargaban el país en la espalda

    y él apenas levantaba el dedito para firmar su próxima pensión vitalicia.

    Ese mantra no era consigna,

    era látigo.

    Era el eco podrido de un poder que no madruga,

    pero exige que tú sí lo hagas.

    Porque claro, desde el balcón del privilegio,

    todo esfuerzo ajeno suena a aplauso.

    ¿Y nosotros?

    Quemando pestañas, pulmones, lomos y ganas…

    para que un “honorable” nos llame vagos por querer descansar.

    Pero tranquilo, que la historia guarda nombres.

    Y también facturas.

    Y a veces —solo a veces—

    el pueblo las cobra.

    ¡Sigan aplaudiendo políticos gonorreas!

    A ver si con los aplausos se les quita lo cínicos.

  • Andrés Calamaro

    Qué hermoso es cuando la dignidad se impone al espectáculo.

    Y qué triste cuando un artista que alguna vez supo cantar con el alma… termina ladrando con el ego.

    Andrés Calamaro —el que escribió versos que nos abrazaron en noches tristes— hoy se aferra a una “tradición” que apesta a sangre, privilegio y siglos de arrogancia disfrazada de arte.

    Y cuando la gente de Cali, con criterio y compasión, dice “no más”, él responde con berrinche. Se le cayó el disfraz de trovador y quedó solo el niño mimado, el que no soporta que le digan que no.

    Pero hay algo más poderoso que cualquier micrófono, más fuerte que cualquier aplauso vacío: la decisión colectiva de frenar la violencia que algunos llaman cultura.

    Porque no se trata de gustos, se trata de ética.

    Y tú, y los que piensan como tú, están del lado correcto de la historia:

    el que dice “no en mi nombre, no en mi ciudad, no en mi plaza”.

    En mi ciudad no.

    La tauromaquia no.

    Cali no quiere que payasos en trusa maten toros.

    Así que sí, que se largue.

    Que se lleve su nostalgia taurina al siglo equivocado del que nunca debió salir.

    Y que la música la hagan quienes saben que el arte nunca debería mancharse de sangre.

  • “Todos somos los mismos muertos de hambre”

    @elmandelacamara

    Nos vendieron el cuento del ascenso social como si fuera un ascensor: rápido, limpio, directo. Pero era una escalera rota en un edificio en llamas. Y mientras uno subía dos pisos creyéndose gerente, abajo ya estaban metiendo fuego por la portería.

    Hoy mercamos todos en el mismo infierno refrigerado.

    D1, ARA, ÍSIMO.

    La Santa Trinidad del colapso económico, del país que hace rato se fue a pique y ahora reparte salchichas de a 4 en bolsitas sucias.

    Antes de la plandemia, había una legión de farsantes con ínfulas de clase media-alta. Compraban en Carulla para sentirse “diferentes”, aunque su sueldo apenas alcanzaba para pagar la bolsa ecológica. Escupían hacia abajo desde su balcón de cerámica barata. Les molestaba que el reciclador tocara el timbre. Les daban monedas con asco, y solo si alguien los veía.

    Pero el virus no fue el castigo. El castigo fue abrir los ojos y ver la verdad: que el país era un circo de cartón, con elefantes flacos y payasos sin sueldo.

    Y entonces bajaron. Todos.

    Los “profesionales”, los “emprendedores”, los “estrato 4”, con sus títulos colgados en una pared húmeda. Bajaron del Uber Black al TransMilenio, del sushi al arroz con salchicha, del “yo pago todo” al “¿le hacemos vaquita?”.

    Hoy pelean por el mismo litro de aceite rancio. Se quejan del precio del huevo. Y se esconden en pasillos vacíos para que nadie los vea contando monedas en el celular.

    D1, ARA e ÍSIMO no es solo un supermercado.

    Es un espejo:

    —de la precariedad,

    —de la igualdad forzada,

    —de la farsa social que se vino abajo sin que nadie gritara “¡corten!”.

    ¿Dónde quedó la meritocracia? En una caja de cartón al lado de las salchichas.

    ¿Dónde quedó la dignidad? En el código de barras de una crema dental marca Pollito.

    ¿Dónde quedó el clasismo? Vivo, claro, pero con hambre. Porque incluso el más gomelo, hoy, se tapa la cara en la fila para que no lo vean mercando donde antes juraba que jamás pondría un pie.

    Y mientras tanto, los mismos de siempre, los que han tenido las tripas sonando desde hace generaciones, observan en silencio. Porque ellos ya sabían. Ellos siempre supieron.

    Lo que pasa es que algunos apenas se están tragando el mismo sancocho frío que otros llevan años rumiando.

    Bienvenido al país donde todos somos los mismos muertos de hambre… pero algunos apenas lo están notando.

    La plandemia sí los cambió.

    Les estalló la burbuja.

    Y los estrelló en seco contra esa realidad obrera que tanto despreciaban.

    ___________________________________________________________

    Y ahora, untémoslo.

    Untémoselo con rabia, con sarcasmo, con memoria de clase.

    Untémoselo a esos que aún caminan como si el mundo les debiera algo, cuando en realidad ya están pagando intereses por respirar.

    Que se lo unten en la cara mientras se cepillan con crema dental marca Pollito,

    que les arda en la lengua ese sabor a “yo no era de aquí”,

    que les chorree por el cuello esa mezcla de privilegio vencido y orgullo reciclado.

    Untémoslo en el espejo empañado de su baño arrendado,

    en el mostrador donde antes hubo Nutella y hoy hay “choco crema sabor a”.

    Untémoslo con fuerza, sin suavizante,

    como se unta el sudor del que madruga y el polvo del que aguanta.

    Porque este país no necesita más burbujas…

    necesita más gente que sepa en qué suelo tiene los pies.

    Y si toca embarrarnos,

    pues nos embarramos con dignidad.

    Untado pero despierto.

    Barato, pero consciente.

    Invisible, pero con filo.

    Imprímalo en recibo térmico, para que se borre pronto… como la memoria de este país.

  • 30.000.000.000 de hectáreas de caca

    @elmandelacamara

    Hay días en que uno se cansa de fingir que le importa.

    Y hoy, con el alma bien clarita, me nace decirlo:

    a mí Facebook me vale 30.000.000.000 de hectáreas de caca.

    Sí, con esa exactitud. Porque ya no hay metáfora que le quede cómoda a ese monstruo. Facebook es el centro comercial del alma muerta, el infierno con Wi-Fi, el salón comunal de los que ya no tienen nada que decir pero igual necesitan ser escuchados.

    Likes por compromiso, “me importa” por obligación, cumpleaños automáticos, vidas editadas… todo eso me da lo mismo. O menos.

    Me cansa la nostalgia enlatada.

    Me harta el “¿te acuerdas de este día?”, cuando ni siquiera quiero recordar lo que hice ayer.

    Me asquea ese desfile de opiniones que no cambiaron el mundo ni una vez, pero se repiten cada año como si el algoritmo fuera un oráculo.

    Facebook no es una red, es una vitrina sucia.

    Una gran pared donde todos pegan lo que quieren ser, pero nadie muestra lo que realmente es.

    Y yo, que he aprendido a mirar desde abajo, desde el anonimato de los que barren, venden, cuidan o reciclan… ya no puedo más con esa mentira colectiva.

    Estoy en otro bando.

    El de los que no aparecen en tu feed.

    El de los que no tienen “recuerdos que te pueden interesar”.

    El de los que no hacen lives porque tienen que vivir.

    Mi mundo no es perfecto, pero es real.

    Y si algún día se mide el valor de las cosas por hectáreas de mierda,

    ya sabemos qué aplicación tendría más tierras que ningún otro.

    ¡Llevo meses sin esa red de mierda!

    Y créeme: respiro mejor.

  • ¡Estoy mamado!

    Sí, quiero que se acabe la presidencia de Gustavo Petro y Francia Márquez.

    Pero no por lo que creen.

    No porque me moleste que un exguerrillero gobierne o que una mujer afro esté en el poder.

    Sino porque estoy harto—asqueado—de la plaga inmunda color lenteja

    que se cree aria,

    que se cree casta,

    y se revuelca en su propio racismo como si fuera virtud.

    Estoy mamado del odio que no discute, solo escupe.

    De la superioridad que se autoproclama desde el privilegio heredado,

    como si tener la piel clara diera argumentos.

    Como si hablar “bonito” fuera sinónimo de tener la razón.

    No me molesta el gobierno. Me molestan sus enemigos.

    Porque no les duele el hambre. Les duele el color.

    No les indigna el desempleo. Les indigna que una mujer negra se siente donde antes solo se sentaban los hijos del blanqueamiento.

    Critican a Francia, no por sus actos,

    sino por su acento, su ropa, su pelo, su historia.

    Y en cada burla, en cada meme disfrazado de sátira,

    hay siglos de esclavitud respirando con tranquilidad.

    Y uno se cansa.

    Se cansa no de la política, sino del veneno con rostro de opinión.

    Del clasismo con corbata.

    Del racismo con Wi-Fi.

    Así que sí: que se acabe la presidencia.

    Que ruede lo que tenga que rodar.

    Pero que se lleve con ella a todos esos jinetes del prejuicio.

    Que se extinga la peste que cree que gobernar es un privilegio de apellidos

    y no un derecho ganado en las urnas.

    Y si no se van, pues que al menos nos encuentren más vivos,

    más tercos,

    más dispuestos a no callarnos.

    Porque el problema no es Petro.

    Ni Francia.

    El problema es lo que ellos revelaron:

    la verdadera cara de muchos.

    Una cara que no aguanta el espejo.

    Pero que a punta de gritar,

    cree que está iluminada.

    Gracias por leer, arios jeta de artesanía Muisca.

  • ORGULLO A PESAR DEL MUNDO

    Monólogo escénico @elmandelacamara

    No.

    No estoy orgulloso de este mundo.

    Este mundo que devora, que margina,

    que fabrica jaulas con sonrisas y luego te culpa por no volar.

    Este mundo que aplaude al verdugo y le pide disculpas al miedo.

    ¡Pero carajo… sigo aquí!

    Sí. Aquí. De pie.

    Con el corazón como una herida abierta,

    con el alma remendada a punta de lágrimas que nadie vio.

    ¿Orgullo?

    El mío no es de arcoíris de catálogo ni de frases de afiche.

    Mi orgullo nació en la oscuridad.

    En las noches donde le recé al silencio para no delatarme.

    En los baños donde el amor era un susurro y el deseo un crimen.

    En cada vez que dije “estoy bien” con el alma hecha polvo.

    ¡Ese es mi orgullo!

    El de haber sobrevivido a un mundo que me quería muerto en vida.

    El de no haberme borrado.

    El de existir —aunque doliera—

    aunque a veces no quisiera.

    ¿Y los pecados?

    Sí, los tengo todos.

    Lujuria que me devuelve el cuerpo.

    Ira que me mantiene caliente cuando la esperanza tiembla.

    Gula de ternura, pereza de fingir, soberbia de amar como quiero.

    Soy humano. Completamente.

    Y me celebro con toda la rabia y toda la ternura.

    Porque no nací para encajar en la hipocresía de este mundo.

    Nací para resistir,

    para amar con furia,

    para vivir sin permiso.

    Y si este mundo no me quiere orgulloso…

    que se prepare.

    Porque lo seré.

    Con cada paso.

    Con cada beso.

    Con cada “sí” que le arranque al miedo.

  • “El día que no era el día”

    @elmandelacamara

    Hoy es el día de la madre, dicen.

    Y todos corren como si el amor viniera con moño y descuento.

    Pero ayer, cuando ella lloró en silencio,

    nadie apareció con flores.

    Hoy es el día del padre, gritan.

    Y suben fotos con frases recicladas

    de un tipo que nunca supo abrazar,

    porque a él nunca lo abrazaron.

    Mañana será el día del niño,

    y les regalarán juguetes caros

    para compensar las horas de ausencia,

    los gritos que aún duelen,

    las promesas vencidas.

    ¿Y el resto del año qué?

    ¿Quién se acuerda de amar un lunes sin motivo?

    ¿Quién se toma el tiempo de mirar a los ojos sin pretexto ni presión?

    El amor real no necesita calendario.

    No entra en una bolsa de regalo.

    No lo dicta un comercial con fondo de piano triste.

    El amor no se dice: se sostiene.

    A diario. A pulso. A conciencia.

    Así que no me digas “feliz día” hoy.

    Dímelo cuando no toque.

    Cuando no sea obligatorio.

    Cuando solo tú y yo sepamos

    que el amor —el verdadero—

    no tiene fecha.

    Ni rebaja.

    Ni final.

  • LOS PEONES MUEREN, LOS MULTIMILLONARIOS BRINDAN

    @elmandelacamara

    Toda guerra es una ópera trágica donde el telón se abre con aplausos de bancos y se cierra con cuerpos anónimos.

    No la comienzan los pueblos: la redactan ejecutivos en salas de junta. La firman presidentes que no saben cómo suena un disparo en el pecho.

    La ejecutan los pobres. Siempre los pobres.

    Porque los multimillonarios no pisan barro, pisan mármol.

    No disparan, invierten.

    No lloran a sus hijos, los mandan a Harvard.

    ¿Has visto tú a un heredero de emporio, a la hija de un ministro, al nieto de un banquero, arrastrarse por las selvas de nadie?

    ¿Has visto a los dueños del mundo dormir en trincheras?

    No. Ellos duermen bien. Siempre.

    El uniforme se vuelve escudo de los que no tienen futuro.

    La milicia es la beca del desesperado, la salida de emergencia del que nació en la esquina equivocada del planeta.

    Y así, el muchacho del barrio se alista con la promesa de un sueldo y el espejismo del honor.

    Lo enseñan a matar antes de enseñarle a entender por qué.

    Lo adoctrinan con banderas, lo premian con medallas baratas…

    y cuando cae, lo entierran con honores.

    Pero honores no abrazan.

    Honores no comen.

    Honores no devuelven al hijo que ya no está.

    Los multimillonarios miran la guerra como una gráfica:

    si sube el conflicto, suben sus ganancias.

    Para ellos, las balas son divisas, los muertos, cifras.

    No tienen patria, tienen acciones.

    No defienden ideales, defienden contratos.

    Y mientras los pobres de un país matan a los pobres del otro,

    los titiriteros del mundo se ríen entre copas de vino añejo.

    Negocian paz con las mismas manos con que firmaron la guerra.

    Y siguen intactos. Intocables. Impunes.

    El enemigo nunca fue el soldado al otro lado del río.

    Es el que lo puso ahí.

    El que fabricó el conflicto,

    el que le vendió el arma,

    el que calló las razones.

    La guerra no es entre pueblos.

    Es entre los que no tienen nada…

    y los que lo tienen todo y aún así exigen más.

    Los peones mueren.

    Los multimillonarios brindan.

    Y el mundo aplaude… como si no supiera el truco.

    Pero el truco ya no funciona.

    Porque ahora los peones despiertan.

    Y cuando un peón despierta, el tablero tiembla.

  • No encajar

    A veces pienso

    que no encajar es un privilegio sagrado,

    como si el alma llevara un lenguaje propio

    que el mundo aún no sabe traducir.

    Pero otras veces duele,

    como una espina que no se ve

    pero sangra cuando respiras.

    No encajo en este mundo de sonrisas forzadas,

    de domingos perfectos en Instagram,

    de familias enmarcadas con tres hijos,

    un perro, y una hipocresía bien maquillada.

    No encajo en los rezos que condenan,

    ni en las calles que exigen caminar recto,

    ni en los ojos que miran con lástima

    a quien no se amolda al molde.

    Soy señalado por no tener esposa,

    por no fabricar hijos como credenciales,

    por no cumplir el guion que otros escribieron

    sin preguntarme si quería actuarlo.

    Y sin embargo, hay belleza en esta soledad.

    Hay dignidad en resistir la forma.

    Hay amor —sí, amor—

    en seguir siendo

    aunque duela.

    Porque no encajar

    es también

    no traicionarse.

  • La realidad del “gurú” financiero y la burbuja de tus redes.

    @elmandelacamara

    ¿Gurús financieros? Sí, pero con papás que pagan todo.

    ¿Han visto un gurú financiero del estrato 1, 2 o 3?

    No, porque no existen.

    Los que hablan de “libertad financiera” viven en casas que no pagan, con comida que no compran y con tiempo libre que nunca tuvieron que ganarse.

    “Levántate a las 5 a. m.”

    Papi, la señora que limpia baños públicos se levanta a las 4.

    Y no para meditar. Para trabajar.

    “Invierte el 20% de tu sueldo.”

    ¿De cuál sueldo? ¿Del mínimo que ya se fue en arriendo, colegio, leche y pasajes?

    No es falta de educación financiera.

    Es que vivir con 3 bendiciones, un salario miserable y un sistema que te exprime… no deja espacio para ahorrar ni un peso.

    Menos consejos desde la cima.

    Más respeto por los que sobreviven desde abajo.

    Ellos no necesitan motivación.

    Necesitan justicia.

  • ¡Iglesias negocios para unos!

    @elmandelacamara

    Quisiera una iglesia pobre, para gente pobre.

    No una catedral blindada donde los de corbata negocian el cielo a cuotas.

    No un altar bañado en oro mientras el niño en la esquina come de la basura.

    No un pastor con chofer, ni una monja con iPhone,

    ni un sermón que suene más a amenaza que a consuelo.

    Quisiera una iglesia con el suelo sucio y las manos limpias.

    Donde el pan se reparta sin preguntar por el diezmo,

    donde la fe no se mida en billetes, ni el amor en obediencia ciega.

    Una iglesia sin miedo a oler a calle,

    sin miedo a sentarse al lado del loco, del adicto, del que no encaja.

    Una iglesia que no te quiera “curar” por ser distinto,

    que no te prometa el cielo si te niegas a ti mismo.

    Porque si Jesús caminó entre pescadores y prostitutas,

    ¿por qué hoy su nombre lo usan para humillar y enriquecerse?

    Yo no quiero una iglesia que me prometa milagros,

    quiero una que me mire a los ojos y se quede.

    Una que no huya del dolor, ni me use para inflar su ego espiritual.

    Una iglesia sin reyes, sin tronos, sin fronteras.

    Una iglesia de piso frío, corazón caliente y puertas siempre abiertas.

    Una iglesia que no venda salvación,

    porque el amor —el de verdad— nunca se vende.

    No quiero una iglesia que, cuando la iglesia esté mal, pida diezmo, y cuando el pobre esté mal, lo pongan a “orar”.

  • MANIFIESTO ÍNTIMO @elmandelacamara

    (o cómo me salí otra vez de Facebook)

    En 2016 decidí cerrar mi cuenta de Facebook.

    La había abierto en 2005. Tenía más de 4000 “amigos”.

    Y sin embargo, me sentía solo.

    Ruido, notificaciones, espejismos.

    La cerré porque algo en mí pedía silencio.

    Pero cuando llegó la plandemia, volví.

    Abrí una cuenta nueva, diciéndome que “la necesitaba”.

    La verdad es que necesitaba que me vieran.

    O creía que eso me iba a hacer sentir menos invisible.

    Hoy, 20 de abril de 2025, se cumple el plazo para arrepentirme de haberla eliminado de nuevo.

    No lo haré.

    No me voy a arrepentir.

    Otra vez me salgo.

    Otra vez elijo no estar ahí.

    No necesito ese muro para existir.

    No me interesa el eco, ni los likes, ni los cumpleaños que nadie recuerda en la vida real.

    No me interesa seguir en una red que se alimenta de lo que aparentamos.

    Prefiero el vacío sincero que la multitud falsa.

    Esto no es rebeldía.

    Es cuidado.

    Estoy afuera.

    Y respiro mejor.

  • ¡MORIR ES DE POBRES!

    ¡MORIR ES DE POBRES!

    O acaso ¿haz visto un multimillonario disparando un arma en una guerra?

    La observación de que es raro ver a multimillonarios participando activamente en combates durante una guerra resalta las desigualdades sociales y económicas inherentes a los conflictos armados. Las personas con grandes fortunas suelen tener recursos y conexiones que les permiten evitar el servicio militar o directamente financiar guerras sin participar en ellas.

    1. Poder y Privilegios: Los multimillonarios y sus familias tienen los medios para evitar el servicio militar, ya sea a través de exenciones legales, sobornos, o simplemente utilizando su influencia política y social.
    2. Acceso a Alternativas: Pueden financiar su seguridad personal y la de sus allegados, comprando propiedades en el extranjero, contratando seguridad privada o trasladándose a zonas seguras.
    3. Influencia Política: Las élites económicas a menudo tienen una influencia significativa en la política, lo que les permite moldear decisiones en su beneficio y protegerse de los peligros de la guerra.
    4. Guerra como Negocio: En muchos casos, los multimillonarios pueden beneficiarse económicamente de la guerra a través de contratos de defensa, reconstrucción y otros negocios relacionados con el conflicto, sin necesidad de exponerse al peligro directamente.

    Estos factores contribuyen a que las personas más pobres sean las que mayormente enfrentan el combate y las consecuencias directas de la guerra.

    Fediverse reactions
  • ¿Por qué Colombia no tiene dignidad laboral?

    ¿Por qué Colombia no tiene dignidad laboral?

    @elmandelacamara

    Colombia, al igual que muchos otros países tercermundistas, enfrenta desafíos en términos de dignidad laboral para muchos de sus trabajadores. Algunas de las razones por las cuales Colombia puede enfrentar problemas en este aspecto incluyen:

    Informalidad laboral: Una gran parte de la fuerza laboral en Colombia trabaja en el sector informal, donde los trabajadores no tienen acceso a beneficios laborales básicos como seguridad social, vacaciones pagadas, o protección contra el despido injustificado. Esta falta de formalización laboral contribuye a la precariedad laboral y la falta de dignidad en el trabajo.

    Baja tasa de sindicalización: A pesar de los esfuerzos para promover los sindicatos y la negociación colectiva, la tasa de sindicalización en Colombia sigue siendo relativamente baja. Esto puede dificultar la capacidad de los trabajadores para organizarse y exigir mejores condiciones laborales y salariales.

    Violencia laboral: Colombia ha enfrentado históricamente altos niveles de violencia y conflictos armados, lo que ha llevado a situaciones de intimidación, represión y violencia contra trabajadores y líderes sindicales que defienden los derechos laborales. Esta violencia puede obstaculizar la capacidad de los trabajadores para ejercer sus derechos y contribuir a un clima de temor y desconfianza en el lugar de trabajo.

    Desigualdad económica: La desigualdad económica en Colombia es un problema persistente que afecta negativamente a la dignidad laboral de muchos trabajadores. Las brechas salariales y de ingresos entre los sectores urbanos y rurales, así como entre diferentes grupos étnicos y sociales, contribuyen a la marginalización y explotación de ciertos segmentos de la población trabajadora.

    Falta de aplicación de la legislación laboral: A pesar de contar con una legislación laboral relativamente amplia, la falta de aplicación efectiva de estas leyes puede permitir que se violen los derechos laborales básicos, como el salario mínimo, las horas de trabajo y las condiciones de seguridad y salud en el trabajo.

    Abordar estos desafíos requiere un enfoque integral que incluya la promoción de la formalización laboral, el fortalecimiento de los derechos sindicales, la protección contra la violencia laboral, la reducción de la desigualdad económica y una aplicación efectiva de la legislación laboral. Esto es fundamental para garantizar que todos los trabajadores en Colombia puedan disfrutar de condiciones laborales justas, seguras y dignas.

    La Clase Obrera: Explotación y Corrupción

    La clase obrera, compuesta por trabajadores que realizan labores físicas o manuales en diversos sectores de la economía, ha sido históricamente una de las más vulnerables a la explotación y abuso por parte de aquellos que detentan el poder económico y político. En muchos casos, esta explotación se ve agravada por la corrupción, un fenómeno que perpetúa desigualdades y perpetúa el sufrimiento de los trabajadores.

    En primer lugar, es importante reconocer que la clase obrera a menudo se encuentra en una posición de desventaja en términos de poder y recursos. Muchos trabajadores enfrentan condiciones laborales precarias, salarios bajos, falta de protección social y limitado acceso a derechos laborales básicos. Esta situación de vulnerabilidad los hace susceptibles a la explotación por parte de empleadores y autoridades corruptas que buscan beneficiarse a expensas de su trabajo y bienestar.

    La corrupción en el ámbito laboral puede manifestarse de diversas formas. Por ejemplo, los empresarios corruptos pueden evadir impuestos, pagar salarios injustos por horas extras o no proporcionar condiciones de trabajo seguras y saludables para reducir costos y maximizar ganancias. Además, los funcionarios corruptos pueden recibir sobornos o favores para permitir la violación de leyes laborales y proteger los intereses de los empresarios explotadores.

    Esta explotación y corrupción tienen consecuencias devastadoras para la clase obrera. Los trabajadores se ven obligados a realizar jornadas extenuantes en condiciones peligrosas y sin recibir una remuneración justa por su esfuerzo. Muchas veces, esta situación se traduce en pobreza, enfermedad, lesiones laborales e incluso muerte prematura para ellos y sus familias.

    Además, la corrupción en el ámbito laboral contribuye a perpetuar un ciclo de desigualdad y exclusión social. La falta de oportunidades laborales dignas y la explotación constante socavan la movilidad social y el desarrollo económico de la clase obrera, perpetuando así la brecha entre ricos y pobres y alimentando la concentración de riqueza en manos de unos pocos.

    Para combatir la explotación y corrupción que afecta a la clase obrera, es necesario implementar medidas integrales que promuevan la transparencia, la rendición de cuentas y el respeto a los derechos laborales. Esto incluye fortalecer la regulación laboral, garantizar la participación activa de los trabajadores en la toma de decisiones y promover una cultura de integridad y ética en el mundo empresarial y político.

    La clase obrera sigue siendo una de las más afectadas por la explotación y corrupción en el ámbito laboral. La lucha contra esta injusticia requiere un compromiso colectivo para defender los derechos y dignidad de los trabajadores y construir una sociedad más justa y equitativa para todos.

    Fediverse reactions
  • ¿En qué momento el tercermundista levantado empezó a odiar al indígena?

    ¿En qué momento el tercermundista levantado empezó a odiar al indígena?

    ¿En qué momento el tercermundista levantado empezó a odiar al indígena?

    @elmandelacamara

    El resentimiento o la hostilidad hacia los pueblos indígenas por parte de algunas personas en países en desarrollo o del llamado «Tercer Mundo» no puede atribuirse a un momento específico o universal. La relación entre diferentes grupos étnicos y sociales dentro de una sociedad es compleja y está influenciada por una variedad de factores históricos, culturales, políticos y económicos.

    En muchos casos, la animosidad hacia los pueblos indígenas puede tener raíces en el legado colonial, donde las poblaciones indígenas fueron marginadas, discriminadas y explotadas por las élites coloniales y los colonos. Este legado de desigualdad y discriminación puede haber persistido incluso después de la independencia de los países colonizados, alimentando actitudes negativas hacia los pueblos indígenas por parte de ciertos segmentos de la población.

    Además, la competencia por recursos naturales, tierras y oportunidades económicas también puede desempeñar un papel en la animosidad hacia los pueblos indígenas. En muchos casos, los territorios ancestrales de los pueblos indígenas son ricos en recursos naturales, lo que puede generar conflictos con otros grupos que buscan explotar esos recursos para su beneficio económico.

    Otro factor importante es la construcción de narrativas y estereotipos negativos sobre los pueblos indígenas en los medios de comunicación, la educación y la cultura popular. Estas representaciones negativas pueden contribuir a la percepción de los indígenas como inferiores, primitivos o una amenaza para el progreso y el desarrollo.

    Es importante tener en cuenta que estas actitudes negativas no son universales ni representativas de todas las personas en los países en desarrollo. Muchas personas dentro de estas sociedades valoran y respetan la diversidad étnica y cultural, y trabajan para promover la inclusión y el respeto hacia los pueblos indígenas.

    En última instancia, el odio o la animosidad hacia los pueblos indígenas son manifestaciones de desigualdad, discriminación y falta de comprensión mutua dentro de una sociedad. Abordar estas cuestiones requiere un compromiso con la justicia social, la igualdad de derechos y la promoción de la diversidad cultural y étnica.

    Sacude tu árbol genealógico; te aseguro que van a caer demasiados indígenas que ocultabas por “preservar” tu linaje.

    Fediverse reactions
  • Periodismo vs propagandismo: La delgada línea entre ética y desinformación.

    Periodismo vs propagandismo: La delgada línea entre ética y desinformación.

    @elmandelacamara

    El periodismo y la propaganda son dos conceptos que a menudo se entrelazan, pero que representan dos enfoques distintos en la transmisión de información. Mientras que el periodismo se basa en la búsqueda de la verdad, la objetividad y la imparcialidad en la presentación de los hechos, la propaganda tiene como objetivo influir en las opiniones y percepciones de las personas, muchas veces distorsionando la realidad para promover una agenda específica. En este ensayo, exploraré cómo el periodismo puede ser utilizado como herramienta para informar de manera precisa y cómo la propaganda puede ser empleada como método para desinformar.

    El periodismo se fundamenta en principios éticos que buscan garantizar la veracidad de la información y la imparcialidad en su presentación. Los periodistas tienen la responsabilidad de investigar a fondo los acontecimientos, contrastar fuentes y presentar los hechos de manera objetiva para que el público pueda formarse una opinión informada. Además, el periodismo se sustenta en la independencia de los medios de comunicación, lo que implica que estos no deben estar sujetos a influencias externas que comprometan su integridad informativa.

    Sin embargo, en la práctica, el periodismo puede ser susceptible a sesgos, presiones políticas y económicas que pueden distorsionar la manera en que se presenta la información. Los intereses comerciales de los medios de comunicación, la afinidad ideológica de los periodistas y la competencia por la primicia informativa son factores que pueden influir en la objetividad del periodismo. Cuando estos factores prevalecen sobre los principios éticos, el periodismo corre el riesgo de convertirse en un vehículo para la propagación de desinformación.

    Por otro lado, la propaganda se define como la difusión deliberada de información, ideas o doctrinas, con el fin de promover una causa o influir en las opiniones y actitudes del público hacia determinados temas o personas. A diferencia del periodismo, la propaganda no busca la objetividad ni la veracidad de la información, sino que utiliza técnicas persuasivas para manipular la percepción de la realidad. Esto puede incluir la omisión de información relevante, la exageración de ciertos aspectos o la manipulación emocional del público.

    La propaganda puede adoptar diversas formas, desde la publicidad política hasta la manipulación de la información en los medios de comunicación. En regímenes autoritarios, la propaganda puede ser utilizada como herramienta de control social, suprimiendo la libertad de prensa y promoviendo una narrativa oficial que legitime el poder establecido. En contextos democráticos, la propaganda puede manifestarse a través de campañas políticas, discursos partidistas o la difusión de noticias falsas en las redes sociales.

    En resumen, tanto el periodismo como la propaganda son métodos de comunicación que pueden influir en la percepción pública de los acontecimientos. Mientras que el periodismo se basa en la búsqueda de la verdad y la imparcialidad, la propaganda se caracteriza por su intención manipuladora y su falta de objetividad. Si bien el periodismo desempeña un papel fundamental en la promoción de una sociedad informada y democrática, es importante estar alerta ante los intentos de manipulación informativa y defender la libertad de prensa como un pilar fundamental de la democracia.

    Fediverse reactions
  • En la lucha de clases ¿POR QUÉ EL POBRE DEFIENDE AL CORRUPTO?

    En la lucha de clases ¿POR QUÉ EL POBRE DEFIENDE AL CORRUPTO?

    elmandelacamara

    La dinámica por la cual un individuo de clase socioeconómica baja o media defiende a una figura corrupta puede ser multifacética y está influenciada por una variedad de factores sociales, psicológicos y económicos. Algunas posibles razones incluyen:

    Manipulación de la información: Los líderes corruptos a menudo utilizan estrategias de manipulación de la información para perpetuar su poder. Pueden controlar los medios de comunicación y difundir propaganda que distorsione la realidad y presente una imagen favorable de ellos mismos, ocultando sus actos de corrupción. Los individuos de bajos ingresos, que pueden tener un acceso limitado a fuentes de información alternativas, pueden ser más propensos a ser influenciados por esta manipulación.

    Promesas de beneficios económicos: Los líderes corruptos a menudo prometen beneficios económicos o mejoras en las condiciones de vida de las personas más desfavorecidas a cambio de su apoyo. Esto puede incluir la distribución de ayuda económica, empleo en el sector público o acceso preferencial a servicios básicos. Los individuos de bajos ingresos pueden verse tentados a respaldar a estas figuras corruptas en la esperanza de obtener algún beneficio personal.

    Clientelismo político: En algunos casos, los líderes políticos corruptos establecen relaciones clientelistas con comunidades marginadas, proporcionando asistencia selectiva a cambio de apoyo político. Esto crea una dependencia económica y social de las figuras corruptas, ya que las personas se sienten obligadas a respaldarlas para seguir recibiendo ayuda.

    Desconfianza en las alternativas: En contextos donde las opciones políticas son limitadas o donde los líderes alternativos también están implicados en actos de corrupción, los individuos de bajos ingresos pueden sentir que no tienen una alternativa viable y optan por apoyar al líder corrupto que consideran «el mal menor».

    Falta de conciencia o educación cívica: La falta de educación cívica y conciencia sobre los derechos democráticos puede llevar a personas de bajos ingresos a no reconocer los impactos negativos de la corrupción en la sociedad en su conjunto. Pueden estar menos informados sobre sus derechos y sobre cómo pueden contribuir al cambio político y social.

    En resumen, la defensa de un individuo de clase baja hacia un líder corrupto puede ser el resultado de una combinación de manipulación de la información, promesas de beneficios económicos, relaciones clientelistas, falta de alternativas políticas y falta de conciencia cívica. Estos factores interactúan de manera compleja para perpetuar el apoyo a la corrupción en algunos sectores de la sociedad.

    Fediverse reactions
  • Redes sociales entre copias y la casualidad de pertenecer a un lugar.

    Redes sociales entre copias y la casualidad de pertenecer a un lugar.

    Dentro de las muchas redes sociales hay unas que simplemente son una copia barata de otras y valen la pena que no tenerlas; pero la humanidad sufre de presión social y corre a abrir la “nueva red social” apenas sus “amigos” le cuentan del hallazgo.

    La moda de las redes sociales

    Alguna vez, el queridísimo Steve Jobs le dio un consejo por teléfono al CEO de Nike, Mark Parker. Básicamente, le dijo: «Nike hace algunos de los mejores productos del mundo. Productos deseables. Productos bellos e increíbles. Pero también hace mucha mierda». Y cerró con la frase: Deshazte de la mierda, céntrate sólo en lo mejor.

    No sé por qué hijueputas a todos nos da por abrir cuenta en cada maricadita sale; así sirva para hacer lo mismo que la anterior; pero como tiene nuevo nombre: metámonos.

    Ay, es que mis amigos entraron…

    Ay, es que todos están ahí…

    ¡Pura mierda; el pajazo mental de estar chill y en la tendencia correcta!

    Tenemos esa idea tonta de «Santas redes Batman, todo el planeta está abriendo cuenta en… menos yo». Y corren a abrir la hijueputa cuenta para postear la misma vaina que en Facebook.

    Recuerdo cuando estuvo MySpace que era la copia de Facebook pero enfocado a los músicos que nadie conocía; ahí encontré varios DJ y músicos nacionales que si los busca uno en la actualidad, están haciendo de todo menos esa música que posteaban en esa red.

    Aunque no tuve la ridiculez esa de Hi5, el Tinder pobre de las redes sociales que si me preguntan ¿Quién usaba esa red?; yo si les puedo asegurar que el 99.9% de usuarios de esa mierda eran los impopulares, porque si uno veía una publicación en esa red era para burlarse de la gente.

    En Facebook todo bien, al principio todos felices con esa ayuda de contactarse de nuevo con viejas amistades, con ese “contacto” de primaria, bachillerato, barrio anterior… pero con el paso de los años la red se saturo, llegaron los perfiles fake para estafar; o al menos en Colombia, como al parecer estafa es sinónimo de emprender…

    Y con las copias de Facebook y redes nuevas empiezan a llegar notificaciones de mil maricadas al correo: Que fulano «amigo» tuyo te está esperando en Sónico. Esa red que duro lo mismo que un pedo en un costal; pero que muchos conocidos corrieron como zombis a abrir porque “era la novedad” y “mi amiguito esta ahí”. Sumándose a esa moda de red copia llegaban notificaciones de “conoce nuevas personas pa’ hacerles la vuelta” en Badoo; el desesperante y frustrante método de cacería de cretinos que dejan datos en cuanta red les abren.

    Y llegó la cereza en el pastel de ñoña: Twitter llega para meterse en la politiquería barata o gratuita de la clase media endeudada que idolatra político por likes; aunque al principio nadie entendía para que carajos era y creo que en pleno 2024 aun no lo saben a ciencia cierta.

    Solo se la pasan escribiendo cuanta maricada “piensan”, pero resumida en 240 caracteres, la escriben y se creen la verga por hacerlo. Twitter era como tener amigo/novia/psicólogo/enemigos/fama/farsa todo en uno y gratis sin comprar boleta.

    Claro como olvidar cuando te llegaban notificación de una que sufrió el mismo fracaso de MySpace… Friendster: Volvió ALF, en forma de fichas; esa copia barata enviaba 30 y más mensajes diarios de “no se quien esta en Friendster”, inmamable como útil esa joda, menos mal se quemó sin esfuerzo.

    ¿Quién alcanzó a crear cuenta en Google Buzz, Google+ y cuanta vaina se inventaba Google?

    Llego una “nueva” abramos cuenta en Google Buzz porque es lo mismo, pero diferente, de un modo distinto, en sentido contrario, pero éste tiene fotos; como un cholao, pero sin sabor. Luego nos llega la “revolución” de las redes cuando algún genio saca LinkedIn dizque para conseguir vistas de empresas y porque no empleo; cosa que jamás paso, esa red solo envía posibles laburos de gente que busca todero a salario mínimo que les solucione los pedos de su empresa y no se queje tanto.

    Pasando rápido y dándole la importancia que se merecen las seis menos trending: Foursquare, Formspring, Diaspora, Quora, Tumblr, Blaving, qué gonorreas tan desocupados los creadores de esas; tan útiles como discutir con patriotas en Twitter.

    Desháganse de la mierda… YouTube, Facebook e Instagram son más que suficiente, Flickr aunque en Colombia paso de agache en el resto del mundo es un éxito para fotógrafos que muestran su trabajo de calidad, la red aun se mantiene y sigue a paso de elefante mostrando a fotógrafos del mundo aunque con un cobro anual por la edición pro, pero que si eres fotógrafo y tienes material de calidad que quieras mostrar al mundo no te incomoda en lo más mínimo pagar la suscripción.

    Y como olvidar el correo electrónico; como pasar por alto esa moda de abrir un mail en cada plataforma que conoces… correo que ni volteas a ver y en la mayoría de los casos; sentirse orgulloso de tener 99999 en el icono del móvil, alardeando que “soy un borolas muy ocupado para revisar el mail”.

    Hace unos días Iván Lalinde el de la farsandula creolla; puso unas historias de amigos o conocidos que acumulaban mails; y le salieron varios “gente ocupadísima” que no tiene tiempo de revisar el mail, entonces ¿para qué hijueputas abren un mail en cada plataforma que conocen?, se supone que el mail se usa para contacto PROFESIONAL entre empresas, freelos, clientes, negocios… que con el tiempo la plaga lo empezó a usar en cadenas ridículas es otro pedo aparte; pero la finalidad del mail es contacto PROFESIONAL.

    Yo por lo menos he conocido un sin numero de amigos, colegas, empresas; que tienen el mail en: Hotmail, Outlook, Gmail, Yahoo!, Uol, Aol, Starmedia y cuanta compañía de mail conocen, hasta correos en la compañía de internet que pagan, pero para contactarlos ni por WhatsApp; ¿Qué necesidad de tanto mail?, ¿Qué necesidad de tener esas notificaciones del mail a reventar?, ¿ocupados?; no, más bien absorbidos por el consumismo de tener mails, apps, redes y demás.

    Claro no lo niego; yo tuve 2 Gmail, 1 Hotmail y 1 Yahoo!… el Yahoo! no servía sino para el acceso a mi Flickr y ni podía acceder porque el genio desvinculo Yahoo! con Google y perdí el acceso a Flickr. (historia larga y obsoleta como internet en sus inicios) pero apenas recuperé el acceso a Yahoo!, cambié el acceso a Flickr y adiós mail viejo que no tenia sino spam y porno. Luego decidí dejar un solo Gmail con todo elmandelacamara@gmail.com donde llegan cotizaciones, cuentas por pagar, clientes potenciales, amigos, hasta la seguridad de mis redes sociales.

    Hice limpia y unificación de contactos; todos los contactos al Gmail, cosa que ayudo bastante para reencontrar empresas o colegas. El Hotmail nadie los tiene y solo lo uso para Microsoft; sì, Microsoft el gigante de los computadores tiene como prioridad guardar las licencias Windows compradas por el usuario; y dirás: ¿Cómo así, yo no compro licencias de Microsoft? Pues te lo explico: al tu comprar un laptop, computador de escritorio, todo en uno, adquieres una licencia Windows preinstalada en tu nueva maquina que si formateas o dañas la computadora pues pierdes la licencia, pero si usas Hotmail o Outlook para configurar tu maquina; la licencia Windows se guarda en el mail y cuando necesites formatear, cambiar o reparar la maquina la licencia se mantiene y se hereda. Lo mismo sucede con Office y las Apps de la tienda Windows. #Daticosconelmandelacamara

    Solo a modo informativo: las licencias de Windows, Office, Apps, Adobe son tan necesarias que ellos adoptaron medidas de seguridad que te obligan a pagar y a que dejes de piratear programas; y digamos que lo único que hicieron bueno en plandemia fue organizar sus programas y apps para cobrarnos por ellas y joder la piratería.

    Claro se le abona el beneficio de pagar por Adobe, por ejemplo; que no solo tienes los programas legales sino que tienes ayuda online 24/7 que te soluciona cualquier daño en tu App; sumándole la nube para compartir tus proyectos entre tu iPad, iPhone, laptop.

    Desháganse de tanta mierda; yo por lo menos ya solo uso: Facebook, Instagram, Flickr y Gmail, el resto es copia almacena datos que ni abres.

    Si te gusto el Blog o quieres ayudar; compártelo con tus amigos, conocidos; la lectura es sana y ayuda a abrir la mente.

    ¡ELMANDELACAMARA para los amigos!

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  • ELMANDELACAMARA y el mercado de las plantas en Bogotá.

    GUIA CULTURA POP BOGOTÁ

    ¿Sabe Ud. qué es un vivero?

     Según la RAE;

    Vivero 1: Vivero del latín VIVARIUM.

    1. M. Terreno adonde se trasplantan desde la almáciga los arboles pequeños, para trasponerlos, después de recriados, a su lugar definitivo.
    2. M. Lugar donde se mantienen y se crían dentro de agua peces. Moluscos u otros animales.
    3. M. Semillero (II origen de algunas cosas)
    4. M. Pantano pequeño.

    Vivero 2:

    1. M. Lienzo que se fabrica en Vivero, ciudad de la provincia de Lugo, en España.

    M: Masculino

    Almáciga: Del árabe hispánico. Almásqa, y este del árabe clásico. masqāh ´depósito de agua´.

    1.  F. lugar donde se siembran y crían las plantas que luego han de trasplantarse.

     F: Femenino

    ¿conoce el mercado nacional de plantas en Bogotá?

    Uno de los mercados más organizados que tenemos en Colombia, ubicado en Bogotá; un gremio asociado como cooperativa. Todos los agremiados son PRODUCTORES y se preocupan por la calidad de las plantas, abonos y productos decorativos.

    Donde cada vendedor y asociado se preocupa por la calidad más que por el precio y ofrece sus productos cultivados a los visitantes de este lugar.

    Ahora: ¿Dónde comprar plantas en Bogotá?

    A modo personal existen viveros que, si cultivan, cuidan y venden plantas de calidad y son PRODUCTORES.

    Lo que si no recomendaría para ti que eres novato o quizás no conoces el mercado de plantas en Bogotá; es ir a la zona de Paloquemao, ya sea la plaza directamente o alrededores, ellos son REVENDEDORES de los cultivadores y estarías apoyando una forma un poco “ilegal” de adquirir plantas, es casi lo mismo que ir a un estadio y no comprar la boleta en la taquilla sino a un revendedor que te infla el precio; te repito a modo personal, cada quien es libre de gastarse su dinero como quiere y como los Gasca “después no digas que no te avisamos”.

    Si de conseguir plantas buenas, de calidad y a buen precio se trata; te recomendaría el MERCADO NACIONAL DE PLANTAS que no solo llevas calidad a buen precio, sino que además ayudas a los CULTIVADORES y CAMPESINOS del país.

    En Bogotá tienes muchas opciones de compra de plantas e insumos para jardinería; incluso hay quienes se dedican al arte del bonsái y no solo te pueden ofrecer un bonsái elegante y lindo para tu hogar sino que te ofrecen enriquecer tu conocimiento con cursos prácticos sobre el arte del bonsái; por ejemplo @pacificobonsai es una experiencia de arte, creación y venta de estos ejemplares y en el ultimo mes el dueño decidió expandir la experiencia con @pacificocoffeeshop que mezcla todo lo anteriormente mencionado con un lugar especial para quizás una cita, una reunión o simplemente escapar del tedio de la rutina y tomarse un café en medio de un local lleno de plantas únicas; ubicado en  la calle 115 # 48-35 barrio la alhambra al norte de la ciudad.

    En la localidad de Chapinero también existe un lugar mágico donde se preservan y cuidan plantas para el hogar; el sitio se llama @jardinerosltda es uno de los viveros clásicos para conocedores de jardinería en la ciudad, está ubicado estratégicamente en una zona central de Bogotá justo a una cuadra del conocido Parque de los hippies calle 9 # 60-39. Es uno de los viveros más organizados de la zona central de Bogotá y quienes atienden tienen la disponibilidad y el carisma de hacer sentir al cliente como único y no solo están pensando en venderte la planta sino en que tengas la experiencia de aprender a cuidar el ser vivo que vas a llevar a casa.

    @jardinerosltda cuenta con bonsáis de todos los tamaños, plantas colgantes, macetas, insumos para el cuidado de las plantas, asesoría y servicio a domicilio.

    Por otro lado, teníamos en Bogotá un vivero llamado @margaplantas quedaba ubicado en la Carrera 13 # 55 – 28; era un poco más hípster, moderno y elegante donde su método de venta y atención al cliente era único donde funcionaba por citas en el showroom o compras por internet donde la experiencia era básicamente aprender del medio ambiente, botánica y plantas mientras adquirías las plantas para decorar tu hogar, Marga tenía un aire de estudio secreto hecho para especialistas que buscan rarezas y atención personalizada. Ahora @margaplantas cerro su showroom en abril de 2023; ellos dieron el paso hacia adelante y ahora dedican su tiempo y conocimiento en botánica con contenido valioso en su Instagram; por si eres amante de las plantas y quieres seguir una cuenta con demasiado talento.

    Ahora pasamos a @lasuculenteria ubicada en el barrio galerías Carrera 18 # 53-15; Caro y Jenny son las fundadoras de este local hermoso que se ha especializado en ofrecer plantas raras que se adaptan al clima capitalino.

    Este local tiene la particularidad de ser un santuario del conocimiento; donde brindan atención personalizada, venta y talleres de botánica para que los usuarios amantes de las plantas se conviertan en expertos; ideal para esas personas que quieren aprender a cultivar en la zona urbana; es un espacio diseñado y decorado para enaltecer las plantas creando una zona de relajación y aprendizaje.

    Viajando un poco más por Bogotá llegamos al barrio Morato al norte de la ciudad y nos encontramos con @plantacionesterranova calle 95 # 69C- 39 un espacio que se caracteriza no solo por la calidad y la cantidad de las plantas sino por su experiencia en jardines verticales, ideales para ese amante de las plantas con poco espacio en su hogar. @plantacionesterranova tiene como principal objetivo el ayudar al cliente final con todo lo que conlleva armar el diseño personalizado de la base, macetas, planta y el plus adicional es la asesoría permanente para sus cuidados; puntos a favor si eres novato y quieres iniciar con el cuidado de plantas en tu hogar.

     Y finalizando con @el_conservatorio_col conservatorio de plantas un poco más al noroccidente, ubicado en Alamos norte Bodega Calle 70D # 105a – 16 también nos encontramos con una tienda showroom; especializada en diseño de espacios y asesoría online. Así que si tienes un espacio en tu hogar que quieres llenar de plantas, pero no sabes como ubicarlas para que se vean armónicas y agradables, @el_conservatorio_col es el lugar ideal. Un lugar apto para aquellos que quieren diseños únicos llenos de plantas en sus hogares u oficinas.

    Se me olvidaba que las grande cadenas también son parte de ese mercado de plantas; estuve en HOMECENTER y me encontré con un surtido de plantas comunes y no tan comunes que no están mal; pero digamos que volvemos al mismo dilema de la zona de Paloquemao, no tienes una experiencia, ellos están solo a vender por vender, no hay una asesoría, no hay un showroom, no hay cursos, no tienes un plus para volver; quizás ellos tienen el mismo pensamiento de venta, venta, venta y no enseñar o darle algo mas al cliente.

    ¿te gusto el tour viveros de Bogotá?

    Si tienes algún vivero en Bogotá que quieras recomendar para visitar y escribir acerca de él, comenta; recuerda que en este planeta la gente buena es más y entre todos nos ayudamos.

    Diego Alexander Paez Rodriguez

    FILMMAKER – FOTÓGRAFO Y PROFESIONAL AUDIOVISUAL

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